Vivir de acuerdo a estructuras mentales y sociales compartidas confiere sosiego y reduce ciertos riesgos. Pero no prepara para encarar los cambios inevitables ni para disfrutar la inspiradora incertidumbre que nos impulsa a navegar en procura de horizontes desconocidos. La quietud cae imperiosamente en el quietismo. El quietismo genera desgaste. El desgaste, tedio. El tedio, vacío existencial y parálisis. La parálisis, frustración. La frustración, resentimiento. El resentimiento, envidia. La envidia, resistencia al cambio y a quienes lo promueven. No cambiar, embota la capacidad creativa. Donde no hay creación, se degrada la vocación humana de soñar, imaginar, tener visión, proyectar, arriesgarse, y añadir vivencias profundas e insospechadas al pasaje del hombre por el mundo.