Ed. Nº20: Los judíos ajudaicos

Por Gustavo Perednik

El famoso ensayo del historiador marxista Isaac Deutscher “El judío no-judaico”, que fue publicado en 1968 (un año después de su muerte), analiza la condición de hombres de nuestro pueblo que se mantuvieron, por diversos motivos y desde la perspectiva de Deutscher, alejados de nuestra tradición. Su caso particular cobra especial fuerza cuando comparte su desconcierto con el lector: “Si no es la raza, ¿qué me hace judío? ¿La religión? Soy ateo. ¿El nacionalismo judío? Soy internacionalista. Soy un judío, empero, por la fuerza de mi solidaridad incondicional con los perseguidos y exterminados”.1

Esa obvia generalización de lo judaico a tal punto de transformarlo en valores que no son exclusividad de los judíos, lleva en muchas ocasiones a la alienación del judío marginal. Este niega su vínculo con el pueblo judío y transforma su lealtad en “amor por la raza humana”, amor que en lugar de manifestarse desde lo específicamente judío, comienza a expresarse desde la incomodidad de la no-pertenencia. Las raíces específicamente judaicas empiezan siendo rechazadas y pasan a ser definitivamente extrañas.

El desarraigo del judío judaico se extiende con frecuencia a un desarraigo paralelo de la sociedad que lo circunda y se transforma en un revolucionarismo que lo rechaza todo2 y, a veces en el nombre del “universalismo” y de la no-responsabilidad hacia nada más concreto, está aún dispuesto a destruirlo todo. Odian la cultura que ha contribuido a forjar su marginalidad, y odian especialmente al judaísmo, cuya existencia y dinamismo amenazan sus propias posibilidades de “sacudirse estrecheces de encima y pasar a la humanidad”.

Los escritos políticos de Noam Chomsky, para citar un ejemplo actual, “muestran” cómo Israel es el país más diabólico que existe en la Tierra. En 1980 llegó a defender la publicación del libro del francés neonazi Faurisson, que negaba la veracidad del Holocausto. La “defensa de su derecho a publicarse” que realizó Chomsky, se transformó finalmente en la introducción del libro. Chomsky adujo que él meramente defendió la libertad académica de Faurisson, pero resultó muy elocuente el hecho de que cuando fue consultado por el “New York Times” acerca de qué opinión le merecían las apreciaciones del nazi, Chomsky respondió que no tenía nada que decir al respecto: “Sobre la pregunta de si seis millones de judíos fueron asesinados o no, Noam Chomsky es aparentemente un agnóstico”.3

El extremo del auto-odio

La actitud de Chomsky es repelente, pero no particularmente llamativa. El judío ajudaico puede también identificarse con los antisemitas de su sociedad. Su permanente crisis de identidad le hace por momentos suponer que, efectivamente, “no hay solución para el problema judío” y pasa a condonar a quienes pretenden destruirnos.

Max Naumann fundó en la Alemania de 1921 la Organización de Judíos Nacional-Alemanes, que aclamó “el despertar nacional” de 1933, culpó a los sionistas y a los “judíos del Este” de los males que padecía Alemania, procuró un lugar para los judíos en la construcción del nuevo Reich.

Por supuesto, encontraron su lugar en Auschwitz, después de que la agrupación fuera disuelta por los nazis en 1936, acusada de “hostilidad al Estado”.

Ellos tuvieron antecedentes intelectuales entre judíos de esa época que fueron estudiados por Theodor Lessing en su famoso tratado acerca del “autoodio judío”. El caso más conocido es el psiquiatra austríaco Otto Weininger, protagonista de la relativamente reciente obra de teatro del israelí Joshua Sobol, “El alma de un judío”. Esta fantasía acerca de su última noche, concluye con el suicidio de Weininger a los veintitrés años, como acto ejemplar de autoinmolación judía. Dejó un monumento a la misoginia y al antisemitismo, que dedica su penúltimo capítulo al judaísmo. Después de aseverar que “la mujer superior todavía se halla muy por debajo del hombre de condición más baja” y de negar a los judíos, ordenadamente, una por una todas las virtudes imaginables, termina por aclarar que por lo menos “las mujeres creen en los demás, en el hombre”, mientras que “el judío no cree en nada, ni en sí mismo ni en los otros”.4

Para la misma época, Arthur Trebitsch (1880-1927), fue también un notorio judío antisemita. En “Espíritu y judaísmo” atribuyó a maquinaciones judías la derrota en la Primera Guerra Mundial, y en su segundo libro, “Espíritu alemán o judaísmo” utilizó “Los Protocolos de los Sabios de Sión” para probar la existencia de una conspiración judía para dominar el mundo. Desarrolló las teorías racistas de su admirado Houston Chamberlain y ofreció sus servicios a los nazis de Austria. Leámoslo: “Me fuerzo a no pensarlo, pero no lo consigo. Se piensa dentro de mí. Me es penoso, horrible y mortal. Está allí, todo el tiempo, dentro de mí: el conocimiento de mi ascendencia. Tal como un leproso carga su repulsiva enfermedad escondida bajo su ropa y sin embargo es consciente de ella constantemente, así cargo yo la vergüenza y la desgracia, la culpa metafísica de ser judío. ¿Qué son todos los sufrimientos que nos vienen desde afuera comparados con este infierno que llevo dentro? Me es ahora, cruelmente claro: el ser judío se halla en la existencia misma. No hay forma de sacudírselo de encima. Tal como un perro o un cerdo no pueden evitar ser lo que son, tampoco puedo yo desprenderme de los lazos eternos de la existencia que me mantienen en el escalón intermedio entre el hombre y el animal: los judíos. Yo me siento como si cargase sobre mis hombros toda la culpa acumulada de esa casta maldita de hombres cuya sangre ponzoñosa se ha convertido en el virus que me contamina. Siento como si yo, yo solo, tuviera que hacer penitencia por cada crimen que está gente está cometiendo contra el germanismo… Y a los alemanes quisiera gritarles: ¡Permanezcan inflexibles! Cerrad vuestros corazones y oídos a quienes desde afuera aún clamamos por ser admitidos. En ello les va el honor. ¡Que permanezca fuerte y segura Alemania, la última y pequeña fortaleza del arianismo! ¡Barred a esos pobres pestilentes, quemad ese nido de avispas! Aun cuando con los injustos cien justos sean destruidos. ¿Qué importan ellos, qué importamos nosotros, qué importo yo? ¡No tengan piedad! Se lo ruego”.5

El caso de Ernst Toller

El 21 de mayo de 1989 se cumplieron cincuenta años del deceso de otro judío víctima de su desarraigo. Se trata del dramaturgo Ernst Toller, quien con mortal ardid, supo evadirse de la Europa que perpetraba el nazismo. Faltaban tres meses para la guerra, el mundo de Toller ya se había desmoronado, y seguramente ironizaba acerca de su niñez, cuando, frente a los polacos que los rodeaban, su familia se había enorgullecido de pertenecer a la estirpe germánica que ahora lo perseguía por judío. Todos aceptaron la versión oficial del suicidio, salvo el periodista Robert Payne, el único en sostener que en ese quinto atentado contra Toller, los nazis habían logrado su cometido.

Toller había huido con el ascenso de Hitler al poder, y buscó refugio en Inglaterra, Francia y España. En Londres, lo conoció Victoria Ocampo quien gracias a él supo de la figura del pastor Martín Niemoller6. Este líder de los protestantes antinazis, permaneció en la cárcel hasta 1945, y cuando las tropas norteamericanas lo liberaron volvió a administrar una iglesia berlinesa. Había sido de los pocos en resistirse a la Alemania violenta y fanática, y al “obispo del Reich”, el deplorable capellán Kurt Müller.

En Niemsller se inspira la última obra de Toller, “El pastor Hall”, que Victoria Ocampo llevó a las páginas de “Sur”. Cuando se tuvo noticias de la repentina muerte del autor, el número que lo incluía estaba en prensa, y la obra a punto de estrenarse en Londres. Allí se había escrito este dramático homenaje a la conciencia de un sacerdote que condena toda crueldad y terror en nombre de la misericordia. Debutó apenas días después del suicidio y se mantuvo seis meses en cartel.

Toller dedica su drama “al día que pueda representarse en Alemania”, ése al que él ya se resignaba a no ver jamás. Había ido desengañándose de cada una de sus filiaciones ideológicas y puso fin a su vida no sólo en la miseria, sino también, y lo que es peor, en la radical desesperanza. En su juventud, la Gran Guerra lo sorprendió pangermanista a ultranza, y se ofreció como voluntario. Un año en las trincheras de Verdún le sirvió para reformarse y para dar a conocer, al final de la contienda, versos sobre los sufrimientos de las tropas. Su poema dramática “La danza de los muertos”, estrenada en 1920, muestra en diez cuadros las peripecias del desmovilizado para readaptarse a la sociedad.

La frustración como trayectoria Su frustración lo llevó del nacionalismo al comunismo y participó en la aventura de la república soviética de Baviera, fundada justo al concluir la guerra y liderada por su amigo Kurt Eisner, que se había sublevado en Munich. Toller presidía el consejo de soldados y obreros del gobierno, y sucedió a Eisner cuando éste fue asesinado en febrero de 1919. Luego de cuatro meses más de caos e improvisaciones, la rebelión fue sofocada y Toller condenado por traición. En los años de cárcel escribió sus mejores obras, de menor valor literario que testimonial. Con Bertolt Brecht había compartido edad, país, destierro, circunstancias, e inclinación por la revolución y por la dramaturgia, pero ni suerte ni fama.

Publicó “El libro de las golondrinitas”, melancolías en verso inspiradas por dos golondrinas que habitaban su celda y que las autoridades se apresuraron en expulsar al conocerse el libro, y fundamentalmente dramas, que reflejan la decepción por la inevitable alienación social. “Hombre masa” muestra una revolución que fracasa y en cuyo final el individuo es víctima inevitable de la sociedad; y en “El mutilado”, en un obrero robusto, pero impotente, representa la Alemania derrotada que se resigna a la desdicha.

En 1926, ya libre por una amnistía, Toller abandona su previa actividad política y milita en el pacifismo, que se expresa en las obras “¡Nosotros vivimos!”, en la que crítica a los jefes revolucionarios que al llegar al poder someten a las masas, y “Fuego en las calderas”, la última representada en Alemania, que describe la sublevación de los marineros que precedió al desmoronamiento del ejército alemán en la Primera Guerra.

A partir de entonces comenzaron su exilio y sus dramas, celebrados por los expresionistas como un hito en la literatura por una sociedad más humana y menos alienada. Su educación familiar, totalmente ajena a sus raíces judías, le había impedido encontrar paz para su espíritu en el judaísmo, al que siempre sintió, al mejor estilo del judío, ajudaico, como un peso en su vida. Debió buscar esa paz en diversos ideales que terminó por abandonar. Las frustradas esperanzas de su época son descriptas en la autobiografía.7

Cuando en el último drama de Toller, el jefe nazi Gerte le pregunta al pastor Hall “por qué se complica usted la vida, si podría vivir con honores”, el pastor responde: “Sé que debo callarme, pero sería el mayor delito”. Al respecto comenta Victoria Ocampo que hacia 1939 “la gente empezaba a avergonzarse de no estar presa”.8

Ernst Toller en ese sentido nunca tuvo vergüenza, pero sí la certeza de que su viaje a América no era huida suficiente del atroz mundo que debía protagonizar, del que se escapó definitivamente ahorcándose hace medio siglo en el Hotel Mayflower de Nueva York. El detonante de su decisión había sido el final de la Guerra Civil en España, que pareció indicarle la inminencia de una guerra total en Europa, en la que las fuerzas más brutales no podrían ser detenidas. En ese mundo que acechaba, no cabrían ni golondrinas ni pastores Hall, y Toller tampoco previó lugar para sí mismo.

 
 
Notas
 
1 «The Non-Jewish Jew», I.D., Oxford University Press, pág. 61.
2 Un esclarecedor análisis de este tipo de judío aparece en «Why the Jews? «, de Prager y Tolushkin, Simón & Schuster, Nueva York, 1983, págs. 59-70. Es una verdadera lástima que este libro aún no sea traducido al castellano, puesto que ofrece un original estudio del antisemitismo y sus causas.
Ver «El Representante» Victoria Ocampo, en Revista Davar No. 100, págs. 316-317.
3 Así lo definió Martin Peretz, editor de «The New Republic», en su edición de enero 3-10,1981, pág 38, según lo citan Prager y Telushkin, op. cit., pág. 67.
4 «Sexo y carácter», Otto Weininger, Editorial Losada, Buenos Aires, págs. 401- 442, especialmente 403 y 42b.
5 Theodor Lessing: «El autoodio judío» (sólo en alemán), Berlín, 1930, págs. 238-246.
6 Ver «El Representante» Victoria Ocampo, en Revista Davar No. 100, págs. 316-317.
7 «Un joven en Alemania», 1933, que se tradujo al inglés bajo un título más apropiado: «Yo fui un alemán».
8 Victoria Ocampo, op. cit.

 

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ISSN: 1022-9833