Las etapas del antisemitismo

A pocos les resulta desconocida, aún sin haberla leído, la obra El Mercader de Venecia, de William Shakespeare. Sabemos que en ella el autor diseña el personaje del usurero judío Shylock, descargando en él todas las características negativas con las que se podía describir en aquella época a una persona de nuestra religión, muchas de ellas tristemente vigentes aún en la actualidad.

Menos popular es el hecho de que Shakespeare no tuvo ninguna posibilidad de conocer a un judío ya que jamás salió de Gran Bretaña, y los judíos fueron expulsados de las islas casi trescientos años antes de que escribiera esa obra, permitiéndose su reingreso solo luego del fallecimiento del gran escritor.

En este ejemplo, triste y pintoresco a la vez, encontramos tal vez una de las más claras definiciones de la palabra prejuicio, factor recurrente en los orígenes no solo del antisemitismo sino de los discursos de odio en general. El mismo fue inculcado, inicialmente de forma deliberada, en personas que nunca tuvieron contacto con un judío y si lo tuvieron, es más que probable que esa relación no les diera motivo para sentir rechazo. Con el tiempo, el prejuicio se convirtió en relato, y el relato en leyenda popular, afianzando así una imagen caricaturesca de un ser casi mitológico: el judío.

Desde que el antisemitismo surgiera, allá por el siglo cuarto de nuestra era, ha mutado en forma permanente. Lo ha hecho tanto en las bases que lo sustentan, como en su intensidad y en sus denominaciones, que suelen intentar diferenciarse de otras modalidades, pero que en su esencia significan lo mismo: aversión hacia lo judío.

Como primer punto ya sea para elaborar cualquier estrategia como para rediscutir una existente, debemos definir el objeto de estudio y realizar un análisis de la situación, para no mantener tácticas que fueron útiles aquí en otras épocas, ni importar recetas necesarias en otros continentes. ¿Podemos definir hoy el antisemitismo en los mismos términos que en la Europa renacentista de Shakespeare? ¿O acaso son sus orígenes, argumentos y expresiones otras radicalmente distintas? Incluso sin viajar tan lejos en el tiempo, ¿el llamado “antisemitismo moderno” comparte cualidades en distintas latitudes del mundo, o es necesario realizar un recorte acorde a su realidad en América Latina?

Aunque no es el objetivo del presente artículo indagar en profundidad en la respuesta a estas preguntas retóricas, su mera enunciación deja en evidencia la necesidad de repensar el abordaje que actualmente existe en torno al fenómeno del antisemitismo. No discutiremos aquí acerca de su origen, ni cuál es el término que mejor lo define, sino que nos concentraremos en un análisis de las estrategias se están utilizando para combatirlo, a fines de comprender si son estas las más indicadas para el contexto de América Latina y la especificidad del antisemitismo en nuestro suelo.

Y aquí me detengo en otra salvedad. Como judíos, haríamos mal si, de la misma manera en que intentamos derribar los prejuicios que tanto nos molestan, no tomamos conciencia de nuestros propios preconceptos en torno a este fenómeno. Al primero de ellos lo hemos sugerido en la apertura de este artículo, a partir de la experiencia de William Shakespeare. No toda persona a la que tildamos de antisemita siente necesariamente odio hacia lo judío. Existen aquellos a quienes lo judío les resulta algo extraño, por desconocimiento, o simplemente porque no han tenido la oportunidad de conocer a una persona judía. Y, en términos freudianos, lo desconocido se vuelve ominoso, convirtiéndolo en causa de aversión.

 

En una línea similar, retomemos momentáneamente las preguntas retóricas de algunos párrafos atrás. Las mismas nos invitan a abstraernos de los lugares comunes, definiciones oxidadas y categorías demodé. De igual forma, debemos ampliar nuestra mirada en términos de qué constituye un acto antisemita. No podemos limitarnos a sus manifestaciones más violentas, aquellas tantas veces denunciadas, compartidas y repudiadas, sino que debemos abordar la problemática en su totalidad, incluyendo aquellas “micro agresiones” que tantas veces se quedan en el plano de la experiencia individual. El análisis de sus diferencias, su impacto y su penetración social serán el punto de partida para el desarrollo de una mirada crítica sobre el antisemitismo en la región, y argumento para la construcción de estrategias de combate efectivas.

El último paso para desprendernos de los peligros de una mirada sesgada, es aspirar a la objetividad. Las denuncias que recibimos (y compartimos) en redes sociales, las agresiones o comentarios antisemitas sobre los que nos indignamos con conocidos y amigos una y otra vez, no constituyen de manera alguna una mirada absoluta de la realidad, sino que representan un recorte de la misma que alimenta la percepción y las sensaciones. Por ello, debemos valernos también de herramientas que, con cierta validación científica, se acerquen un poco más a la realidad del asunto. Y para ello, contamos con métricas.

Sin embargo, tampoco ellas son infalibles. Es crucial aquí comprender cómo se construyen, qué datos contemplan y cuáles excluyen -ya sea de manera deliberada o casual- para evaluar su efectividad. Las métricas que se utilizan en la actualidad para definir el grado de antisemitismo instaurado en una sociedad se basan en dos herramientas. En primer lugar, en encuestas que reflejan agresiones que sufrieron los sujetos indagados, o gente de su entorno, por el solo hecho de ser judíos, pero que no alcanzan entidad suficiente como para transformarse en una denuncia formal. Ese “antisemitismo cultural” se trata por lo general, de manifestaciones de aquella aversión hacia lo judío basada en prejuicios de la que hablábamos. El otro método que se utiliza es la contabilización de conductas antisemitas convertidas en denuncias ante las instituciones competentes.

¿Reflejan esas mediciones, hoy en Latinoamérica, el grado de antisemitismo con el que convivimos? Aventuramos a responder que no, ya que, por un lado, no todos los hechos que configuran conductas antisemitas son denunciados, mientras que, por el otro, resulta difícil, a pesar de la profesionalidad con que se diseñan las encuestas, detectar y medir en forma precisa el caudal del sentimiento antijudío subyacente en una sociedad, especialmente aquél basado en prejuicios o ignorancia. Esta dificultad se produce tanto por no ser captado por el encuestado como una manifestación de antisemitismo, como por excesivo celo en aquellos que ven un acto antisemita en donde no lo hay. Juegan acá muchas emociones.

Por ende, los índices que se toman en cuenta y se publican en la actualidad se basan más en las denuncias que en las sensaciones. Estas últimas, como mencionamos, no son suficientes en sí mismas como forma de medición, pero sí constituyen un conocimiento, aún si subjetivo, de la realidad. Y como tal, debemos trabajar en maneras de cuantificarlas. De lo contrario, solo se visibiliza una parte del problema, impidiendo por ello tener una fotografía del panorama completo del espectro antisemita, para poder elaborar, en forma inteligente y planificada, una estrategia idónea y quirúrgica para disminuir los niveles de odio.

 

Esta problemática, evidenciada al momento de evaluar la exactitud y veracidad de las mediciones, resulta el puntapié para identificar dos claros estadíos del antisemitismo. El primero es aquel que, como dijimos forjado por desconocimiento y prejuicios instaurados, no sale a la luz “por el momento”, por lo que no aparece en las mediciones. El segundo, en cambio, es posible de visualizar en hechos de diferente magnitud -desde pintadas en la vía pública hasta agresiones físicas- que, dependiendo de su gravedad y de la decisión de la víctima, son denunciados pasando a formar parte del registro numérico. 

En el segundo grupo, al que denominaremos antisemitismo “conductual”, se destaca como una de sus más habituales modalidades aquella expresada a través de Internet y de las redes sociales. La incluimos en esta categoría de conductual, ya no por sus efectos tangibles sino por el sembradío que realiza sobre aquellas personas que, con o sin prejuicios, son campos fértiles para esas simientes. Es sin dudas el tipo de agresiones que se pueden realizar con menor esfuerzo por parte de quienes las cometen, y que no les significa demasiado riesgo ya que o bien son aparentemente anónimas -pues aunque existen maneras de rastrear sus orígenes normalmente no se justifica esa tarea- o son “firmadas” por personas u organizaciones que conocen la impunidad de dichos actos, a pesar de le existencia de leyes que en teoría castigan esas violaciones. En próximas publicaciones ahondaremos sobre este tipo de agresiones virtuales.

Otro universo, también ligado a la conducta o comportamiento del individuo, es el de las “micro agresiones”. Aquí, no debemos engañarnos con el prefijo “micro”. Aunque menores, no dejan de ser incidentes visibles, a los que tendemos a naturalizar. Cuando un profesor tomando lista en una clase se detiene más de lo necesario luego de pronunciar un apellido que percibe de origen judío, cuando dos transeúntes sonríen con sorna al ver pasar a una persona con kipá, cuando una persona que nos presentan para algún negocio desvía su mirada al decirle nuestro apellido, se están produciendo esas pequeñas agresiones que, de tan frecuentes, no se registran ni en la mente del agredido.

En otro nivel de este subconjunto se encuentran las agresiones deliberadas sin violencia inmediata. Si bien no poseen violencia física, si la tienen, y así son percibidas por la comunidad, a nivel emocional. Hablamos de una cruz esvástica grabada en un pupitre de aquella clase en la que el profesor hizo su pausa ante un apellido, en alguien que saliva al suelo ante el paso de la persona con kipá, de aquel a quien nos presentaron, no nos devolvió nunca los llamados que le hicimos para concretar el negocio.

Finalmente encontramos las agresiones violentas, tal vez la máxima expresión del odio antisemita. No son necesarias demasiadas palabras para definirlas, pero continuando con nuestros ejemplos, se dan cuando un grupo de compañeros del niño menospreciado por el profesor, y a quien le grabaron una esvástica, es emboscado a la salida del colegio para pegarle una golpiza, cuando al judío observante, aquellos que sonrieron con sorna al principio, y al que demostraron su desprecio luego salivando al piso, esos dos bravucones le quitan los libros de oración y luego de tirárselos entre ellos sin que logre recuperarlos, los desparramen por la calle o cuando el que no quiso hacer el negocio nos responde por fin el llamado, para insultarnos con los clásicos epítetos antisemitas.

 

Comentamos al principio que no era aquí nuestro objetivo arribar a una definición acabada del término antisemitismo. Debemos comprender que se trata de un fenómeno vivo y en constante cambio y evolución, apuntando a comprender -como lo hemos intentado en los párrafos precedentes- sus formas y manifestaciones actuales. Y con ese conocimiento en mano, idear y aplicar las herramientas adecuadas para combatir cada una de ellas.

Como hemos visto, aunque no se trata de expresiones de carácter lineal, y las formas coexisten incontables veces sin mutar en manifestaciones más violentas, existe un potencial evolutivo cuando el germen del odio encuentra un ecosistema óptimo para desarrollarse. Por ello, mientras actuemos solo ante las agresiones de mayor entidad, estaremos permitiendo que las anteriores etapas se desarrollen y, eventualmente, encuentren donde crecer. Estaremos preocupados por la “fruta podrida”, sin resolver el problema de raíz.

¿Pero, cómo podemos hacerlo? No se trata, sin duda, de una tarea sencilla y de aplicación inmediata. En los párrafos previos nos animamos a delinear apenas una porción de este camino: será necesario abstraernos de nuestros preconceptos, no limitarnos a nuestra subjetividad, evaluar la eficacia de nuestras herramientas, contrastarlas con la realidad y, con humildad, realizar los ajustes pertinentes en nuestras formas de acción en función de ello.

Si logramos esto, si comprendemos que el antisemitismo tiene diferentes formas de manifestarse y que necesitamos trabajar sobre cada una de ellas con diferentes estrategias, estaremos dando el paso inicial imprescindible. A partir de allí, podremos analizar el “cómo” combatirlo.