Coloquio

Edición Nº63 - Diciembre 2023

Golda Meir: Cólera divina

Por Silvia Plager

 

Escribo sobre una mujer cuya presencia física invoco a pesar de haber fallecido en 1978. Más viva que nunca, diría, dados los acontecimientos desatados el 7 de octubre de 2023, en un shabat que quedará tatuado eternamente en la memoria de los israelíes y de los judíos de la diáspora que poseen profundos lazos sionistas. Golda Meir, nacida Golda Mabovitch, es una parte esencial, fundacional, del Estado Judío. Cuando un olé ascendía o asciende a Israel experimenta la sensación de estar ascendiendo junto a todos los masacrados de su familia. Y si lo hace como turista, su sangre le dice que ha regresado por un corto tiempo pero que esas ansias por volver no son la de un viajero común ya que en cada paso encuentra sus propias raíces y la de todos los que han luchado en distintos momentos de la historia para que él sepa que está en casa. 

Quien besa suelo israelí, besa a Golda Meir y a todos los creadores de la patria refugio, la patria útero, el único país en el mundo que le quitará el miedo de ser considerado apátrida pero no otros miedos. ¿Cómo ignorar las guerras precedentes, la actual y las que acaecerán motivadas por el terrorismo musulmán y por los países árabes que alimentan ese fuego?  Y Golda lo habrá presentido, quizás, desde su infancia signada por pogromos y hambrunas. 

De Kiev a Palestina

Un 3 de mayo de 1898, nacía en Kiev, Ucrania, en aquel entonces anexada al Imperio Ruso, sitio de riesgo para la mayoría de las familias judías, una niña llamada Golda que, más adelante, se referiría a sus ocho años transcurridos en Europa del Este con las siguientes palabras: “Pequeñas comunidades miserables y asoladas por la pobreza en la que los judíos se ganaban la vida a duras penas, esperando que las cosas de alguna manera mejoren algún día”. Peregrinar entre carencias y persecuciones llevó a Moshe Mabovitch a emigrar a los Estados Unidos de América en 1906. Mientras tanto, su esposa Blume Neidicht y sus hijas Sheine, Golda y Tzipke esperarían en el hogar de la familia materna de Blume, el llamado de Moshé para reunirse con él e intentar una existencia mejor. 

Que Golda, ya en Wisconsin, se destacase en el estudio y que quisiera graduarse de maestra, era esperable. De gran fortaleza y metas claras, alternaba su dedicación a los libros con su trabajo en la tienda de comestibles que dirigía su madre en Milwaukee. La pequeña de ocho años quedaba al frente del comercio si la situación lo requería. Experimentada en sufrimientos y mudanzas, diplomada en ausencias irremediables, aunque no los nombrasen, estaban los cinco hermanos mayores que habían muerto por falta de comida suficiente y enfermedades antes del nacimiento de Sheine, cuya influencia sería fundamental en el compromiso sionista de Golda y en su defensa de los judíos perseguidos.  “Creía que, como judía, pertenecía a Palestina”, escribiría en 1975, refiriéndose al territorio entonces administrado por Reino Unido y que durante cuatro siglos había estado dominado por el Imperio Otomano. Su autobiografía está ligada de modo indivisible con la creación del Estado de Israel. En sus recuerdos también evocaba a su padre, carpintero, tratando de defender su vivienda con tablas de madera. Los linchamientos antisemitas, moneda corriente, los obligaba a despertar cada día con el temor de que fuera el último. Sobrevivir en medio de hostilidades y matanzas, forjaría el carácter de una adolescente que cuando su autoritaria madre pretendió que abandonara sus estudios para casase con un hombre mayor, se compró un billete de tren rumbo a Denver, Colorado.

Fue en la cocina de su hermana Sheine Mabovitch, casada con Shamai Korngold, que Golda escuchó hablar por primera vez del proyecto que se convertiría en su obsesión: el retorno del pueblo judío a la antigua tierra de Israel. En ese instante de iluminación, ¿cómo iba a sospechar que ella, en ese ansiado y pequeño territorio se destacaría como diplomática, estadista y que arribaría a lo alto de la cúpula política? En Eretz Israel, la precedieron tres primeros ministros pero ella, la cuarta, sería la primera mujer en ocupar ese cargo y la tercera en el mundo. La muerte sorpresiva del Primer Ministro Levi Eshkol en 1969 le abrió las puertas a una responsabilidad que ella siempre honró. Durante su mandato tuvo que afrontar los ataques palestinos de 1972 y el asesinato de once atletas israelíes en los juegos olímpicos de Múnich. Tras la masacre, la Primera Ministra Golda Meir ordenó a los servicios de inteligencia la operación “Cólera divina”.  Y casi todos los terroristas fueron abatidos. No puedo evitar preguntarles y preguntarme cómo habría reaccionado la madre y abuela del Estado Judío si lograra contemplar, otra vez, escenas propias del infierno nazi. Ancianos, adultos, jóvenes, niños, bebés, torturados, mutilados, asesinados; personas de todas las edades secuestradas, y una multitud de adolescentes que asistían a un festival de música, violados, acribillados, acuchillados, y exhibidos como piezas de caza. Nuevamente los judíos reducidos a objetos a eliminar. Nuevamente negada nuestra categoría de seres humanos, igual que en las horas más oscuras de la historia. Y, para colmo, el infame accionar de los antisemitas del mundo que le niegan a Israel el derecho de hacer justicia, recuperar a sus rehenes y aniquilar a Hamas. “Cólera divina”: ¿la habría ordenado nuevamente Golda a los Servicios de Seguridad después de la masacre del 7 de octubre de 2023? Supongo que sí, al leer estas palabras expresadas por ella: “Nuestra generación reclamó la tierra, nuestros hijos lucharon en las guerras y nuestros nietos deberían disfrutar de la paz”. ¿Qué paz, querida Golda?   

Retratos

Contemplar las fotos de Golda en su apogeo político e ir hacia atrás es un paseo revelador, vital.  Su figura compacta, hecha de una sola pieza, masculinizada quizás por auto exigencia laboral -setenta cigarrillos diarios y una agenda que impedía gastar tiempo en coqueterías- escondía aquella lejana fragilidad de la niñez, pura cabellera oscura en un rostro tan afilado como su mirada. Golda usaba desde chica una raya al medio para que las dos bandas de pelo rizado no se atrevieran a desafiarla. Ella vencía dolencias físicas y se privaba de permisos personales, entregada a su causa. Dónde la sinuosa silueta juvenil, las ojeras melancólicas, la melena alborotada y ese hoyuelo discreto en el discreto mentón. Lejos de aquella muchacha que había cautivado a Morris Meyerson, calva incipiente, anteojos redondos, de profesión pintor de carteles, admirador de poetas y músicos. Golda Mabovitch, miembro activo de Poalei Zion, movimiento juvenil laborista sionista “joven, lleno de esperanza y celo, listo para cualquier cosa” no iba a dejarse convencer por su enamorado. El novio hubiese elegido permanecer en los Estados Unidos, pero finalmente comprendió que era imposible torcer los deseos de quien lograba convocar y transmitir a otros su convicción de instalarse en la patria ya anunciada por Theodor Herzl. 

Golda y Morris se casaron en Wisconsin, al final de la Primera Guerra Mundial. Un año después, emigraron a Palestina. Corría el año 1918 y aún faltaba para que se incorporaran al kibutz Merhavia, situado en el norte del país, sitio vulnerable y desolado. Al comienzo, los miembros del kibutz se negaron a aceptar a un matrimonio apegado a los hábitos de las grandes ciudades y con escasos o nulos conocimientos para desempeñarse en una zona rural. Se suele repetir la anécdota del tocadiscos, propiedad de los Meyerson, y su colección de música clásica que sedujo a los que trabajaban duro y carecían de esparcimiento cultural. Por las noches, sentarse a escuchar conciertos de Schumann, Mendelsshon, y otros grandes compositores fue decisivo. “No podemos perdernos este placer”, habrán pensado. Y los Meyerson se quedaron. Muy pronto reconocieron el liderazgo de Golda y, además de las tareas propias de la granja colectiva, le encomendaron responsabilidades que la obligaban a viajar a Tel Aviv y a otros destinos: ya apuntaba quien sería considerada por el Primer Ministro Ben Gurión como el mejor hombre de su gabinete, en un espacio eminentemente masculino. Morris Meyerson no compartía el entusiasmo de su mujer y pensaba que la actividad ruda de un campesino afectaba su salud y el lugar no era compatible con la crianza de niños.  El deseo de formar una familia fue determinante, y se mudaron a Jerusalén.  Allí nacerían sus hijos Menájem Meyerson (1924) y Sarah Meyerson (1926). En Jerusalén, las fatigas propias de una madre con dos niños de corta edad, sumadas a la falta de dinero, hicieron que Golda experimentara la miseria y la humillación que creía haber enterrado en su pasado, allá en Europa del Este.    

En 1926, Moshé y Blume, padres de Golda, arribaron a Palestina, tal vez esa proximidad habrá posibilitado que la futura estadista dispusiera de cierta libertad para retomar su carrera política. Y, en 1928, Golda se trasladó a Tel Aviv a pesar de la negativa de su esposo y comenzó a trabajar en la Histadrut, quizás recordando a su admirada hermana mayor que, en la Kiev natal, se había afiliado a círculos sionistas socialistas clandestinos, castigados cruelmente por las autoridades del zar, y que cuando ella quiso imitarla, se lo impidieron por su escasa edad. Finalmente, los Mabovitch habrán interpretado que la antorcha de Sheina había sido tomada por Golda y que ese fuego la conduciría hasta lo más alto que una mujer sionista podría ambicionar.

En el año 1939 Golda asistió a la conferencia de Evian como observadora judía de la Palestina del mandato británico, convocada por Estados Unidos para auxiliar a las víctimas judías del nazismo. Su conclusión fue la siguiente: “Solo hay una cosa que espero ver antes de morir, y es que mi pueblo no necesite de manifestaciones de compasión nunca más”. La hipocresía británica y la de otros países, fue como revivir los pogromos de su infancia. Miradas piadosas sobre los judíos muertos pero ninguna resolución para rescatar a los judíos vivos. ¿Ha cambiado algo, querida Golda? 

En 1946 los ingleses detuvieron a la cúpula dirigente del Consejo de pobladores judíos en territorios del Mandato británico. Ben Gurión, que se hallaba en el extranjero, nombró a Golda Meir canciller virtual del Estado en construcción. En mayo de 1948, David Ben Gurión declaró la Independencia de Israel. Golda Meir, una de las firmantes de la Declaración de Independencia, dijo: “Después de firmar, lloré… Y allí estaba yo, sentada y firmando una Declaración de Independencia”.

Cuando se refería a su ajetreada existencia, ella se sinceraba: “En el trabajo piensas en los hijos que dejaste en casa, y en casa piensas en tu trabajo. La lucha está en ti, tu corazón está rentado”. Frase que ningún hombre de aquella época se atrevería a escribir o expresar en voz alta, razono sin olvidar lo dicho por Ben Gurión: “Golda es el mejor hombre de mi gabinete.”                                                      

De Meyerson a Meir    

En 1956, Golda Meyerson, por sugerencia de David Ben Gurión, cambió su apellido por el hebreo Meir, más acorde a quien iba a representar al Estado judío en ámbitos internacionales. Para la apodada “Dama de Hierro” israelí, el período 1949 a 1956 fue “sus hermosos siete años”, debido a su exitosa gestión en el fomento de la viabilidad interna de Israel, incluidas las infraestructuras y el apoyo social a los residentes.

Golda fue nombrada ministra de Asuntos exteriores de Israel, entre 1956 y 1966, cargo que la ubicó en el centro de la crisis del Canal de Suez en 1956.  En ese lapso consiguió que Estados Unidos le vendiera armas. De trajecito sastre, blusa, prendedor en la solapa, collar de perlas, fatigando sus piernas y pies hinchados en zapatos de los que rebasaban sus empeines, caminó aeropuertos, salones presidenciales y monárquicos, aulas de escuelas, universidades…, aún soportando las secuelas de una herida sufrida en un bombardeo en 1957 y un linfoma diagnosticado en 1965. Como Ministra de Asuntos exteriores fortaleció las relaciones con Estados Unidos y los países sudamericanos. Sus problemas de salud contribuyeron a que se apartara de ese Ministerio pero sin abandonar su cargo en el Parlamento israelí (Knesset).

Su retiro fue escaso. La vida, como la muerte, suelen atacar por sorpresa y, cuando el Primer Ministro Levi Eshkol murió, le pidieron que se presentara: aunque una abuela de setenta años no resultara la candidata ideal, Golda Meir ganó el cargo de Primera Ministra de Israel el 17 de marzo de 1969   

La guerra de Iom Kipur

En octubre de 1973, las fuerzas sirias se movilizaron para expulsar a Israel de los Altos del Golán. En simultáneo, tropas egipcias intentaban hacer lo mismo en la península del Sinaí. Meir movilizó al ejército pero no ordenó un ataque preventivo porque ella sabía que Henry Kissinger, Secretario de Estado norteamericano, habría retirado la ayuda de Estados Unidos si Israel hubiese sido el primero en atacar.

Israel, como consecuencia, tras repeler las invasiones firmó un alto el fuego con Egipto y Siria. Quizás, de no haber sufrido esa presión, la determinación de la “dama de hierro” hubiese sido otra y las bajas, mucho menores. La Guerra de Iom Kipur tuvo consecuencias globales ya que se la considera como una de las causas de la crisis del petróleo global de 1973. La Primera Ministra decidió dimitir. Pero nunca se retiró de la política. En 1976 se reunió con Kissinger para lo que ella definió: “Una conversación amistosa”.

Golda Meir falleció de linfoma en Jerusalén. Era un 8 de diciembre de 1978. La sepultaron en el cementerio de Monte Herzl. Bendita sea su memoria.

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Escritora, autora de 27 libros. Los últimos, en editorial Penguin Random House son: La rabina, Las mujeres ocultas del Greco, Complacer, Pequeña Viena en Shanghái. Su próxima novela saldrá en marzo de 2024 por la editorial Yenny-El Ateneo. Ha recibido numerosos premios y distinciones, colaborado con diarios y revistas nacionales y del extranjero, y formado parte de antologías. Entre ellas, The Silver Candelabra & other stories (Cien años de literatura judeo-argentina).