La guerra civil en Siria

N de E: El presente artículo fue presentado el 20 de agosto de 2013.

Al concluir el período otomano los territorios que hoy constituyen el Líbano, Siria, Israel, Jordania, Irak y Palestina, eran administrados desde distintas ciudades del Imperio dentro de un marco de relativa estabilidad. Por su parte, Egipto y Túnez también formaban parte del mismo, pero ya estaban controlados por Gran Bretaña y Francia, mientras que Arabia Saudita y las demás entidades del Golfo Pérsico mantenían vínculos con Londres de distinto carácter. Por su parte, Irán era un país independiente, pero el norte y el sur de su territorio estaban controlados por Rusia y Gran Bretaña.

Cuando el Imperio Otomano se desintegró como consecuencia de su derrota junto a las Potencias Centrales en la Primera Guerra Mundial, diplomáticos británicos y franceses diseñaron los límites de los nuevos Estados del Medio Oriente (Acuerdo Sykes-Picot), que fueron ratificados por el Sistema de Mandatos de la Sociedad de las Naciones, que implicó el control colonial de sus territorios por Londres y París. Estas Potencias tuvieron en cuenta sus propios intereses, y en menor grado las características étnicas, religiosas o geográficas de los territorios involucrados. Esta decisión acentuó su carácter artificial y la subsistencia de graves problemas políticos como, por ejemplo, se desconoció la identidad de los kurdos que fueron distribuidos entre cuatro países. Este proceso fue la causa original de muchos de los conflictos actuales, como lo demostraron las guerras civiles en Irak y ahora en Siria.

Este escenario se modificó sustancialmente a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a que los Estados árabes alcanzaran su independencia y se creara el Estado de Israel, lo cual originó las guerras con los países árabes en 1948, 1967 y 1973. Luego, Israel mediante la mediación norteamericana suscribió Tratados de Paz con Egipto en 1979 y con Jordania en 1994, respectivamente, pero no logró hacerlo con el Líbano y Siria. Desde la Guerra del Canal de Suez en 1956 la influencia británica en la región fue gradualmente sustituida por la de Estados Unidos, mientras la Guerra Fría dio lugar a su enfrentamiento político constante con Moscú en defensa de sus intereses estratégicos en la región. Además, Estados Unidos desarrolló desde los años 60 una estrecha relación política y militar con Israel, que mantiene hasta el presente, mientras se establecieron las bases de la entidad administrativa Palestina por impulso de Arafat, concretada en los Acuerdos de Oslo.

En 1979 la Revolución Islámica en Irán fue otro acontecimiento fundamental en el Medio Oriente, pero sus efectos no se extendieron a otros países debido a la Guerra que la enfrentó con Irak (1980-1988) y por la política de contención desarrollada por los Estados Unidos y por los países del Golfo, que vieron amenazadas sus bases religiosas sunitas por el intento iraní de crear una medialuna chiita desde el Líbano, pasando por Siria e Irak. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 protagonizados por Al-Qaeda, dieron lugar a la intervención militar estadounidense en Afganistán (que se extenderá hasta el 2014) y en Irak (que concluyó en 2011). En el Medio Oriente comenzó una nueva etapa política con la denominada “Primavera Árabe” a fines del 2010, actualmente en crisis por el golpe de Estado en Egipto.

Los levantamientos en Siria se inspiraron en los que tuvieron lugar en Túnez, Egipto, Libia y Yemen que superaron el estatus quo en el Medio Oriente en favor de Gobiernos autocráticos, pero con características propias que afectan sensiblemente a Israel por ser un Estado limítrofe y por sus consecuencias en el Líbano. En una primera etapa funcionarios israelitas especularon que la estabilidad del régimen de Al-Assad (a pesar de sus violaciones de los derechos humanos y de la democracia) era preferible a la alternativa de un Gobierno islamista extremista, debido a que a lo largo de los años existieron entendimientos con Siria que evitaron enfrentamientos militares de envergadura, pero esta posición fue evolucionando acorde con la posición adoptada por otros Estados occidentales.

Siria, se caracteriza por su gran complejidad étnica y religiosa. Este país fue la cuna del nacionalismo árabe que enfrentó al colonialismo francés que se expandió en el Levante, apoyándose en los cristianos libaneses y sirios. Francia optó por crear un “Gran Líbano” en perjuicio de territorios y comunidades que estaban vinculadas con una Siria histórica. Este país se independizó en el año 1945 como un Estado débil con reclamaciones territoriales sobre Palestina, Turquía y el Líbano, fundadas en el concepto de una “Gran Siria”, que no llegó a concretarse. El resultado fue una entidad teóricamente laica pero muy dividida demográficamente, donde predominan los suníes (60-65 %), pero también existen minorías chiitas, cristianas, drusas y kurdas. Resultado del Panarabismo fue la fracasada unión con Egipto (febrero 1958- septiembre de 1961). Con el apoyo del Partido Baath, Hafiz Al-Assad desde 1970 gobernó en forma dictatorial logrando mantener la estabilidad política, creando un régimen robusto que se transformó en una potencia regional que controló el Líbano, y llevó adelante una serie de negociaciones de paz con Israel que fracasaron, la última de las cuales contó con la mediación del ex Presidente Clinton. El actual Presidente de Siria, Basar Al-Assad, heredó el poder de su padre cuando falleció en junio de 2000. Los Al-Assad pertenecen a una minoría alauí, -o seguidores de Ali-, vinculada con los chiitas, y han logrado gobernar Siria, pese a ser solo el 12 % de una población estimada en 21 millones de habitantes. En el año 2009 Al-Assad prometió un proceso de democratización que no cumplió. Sin embargo, superó el aislamiento occidental que se le impuso a consecuencia de su intervención en el Líbano, su vinculación con el asesinato del ex Primer Ministro Rafiq Hariri (que dio lugar a un movimiento popular que lo obligó a retirarse del Líbano) y su alianza con Irán.

En marzo de 2011, comenzaron manifestaciones masivas de los sunitas que protestaron por la discriminación y represión que sufrieron durante décadas. Fueron extendiéndose a todo el territorio, primero pacíficas y después violentas debido a que el régimen las enfrentó con mano de hierro, acciones que Al-Assad justificó en el hecho que no se debían a una cuestión interna, sino a una conspiración externa organizada por los Estados Unidos e Israel. A mediados del 2013 existe una parálisis internacional sobre la manera de encontrar una solución al conflicto que parece distante y se ha transformado en una crisis intercomunal con bases religiosas y étnicas, donde en más de dos años las acciones militares causaron más de 100.000 víctimas y daños físicos incalculables. Actualmente, la situación humanitaria es dramática y los refugiados cruzan las fronteras huyendo hacia el Líbano, Irak, Turquía y Jordania. En este último país hay medio millón de refugiados (130.000 en el campamento de Zaatari) y sus autoridades han solicitado a los Estados Unidos cooperación militar y aviones de reconocimiento e inteligencia, para controlar sus fronteras que también son utilizadas para el contrabando de armas a los rebeldes sirios provenientes de los Estados del Golfo.

El hecho de que en varios casos los levantamientos contra los Gobiernos autocráticos árabes fueron exitosos, hicieron suponer que el mismo resultado se concretaría en poco tiempo en Siria, lo cual fue anunciado por el propio Presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, pero todavía no existen signos de un colapso y los combates convencionales y de guerrillas continúan con intensidad sobre todo en una zona central de unos 50 kilómetros de ancho que va de norte al sur y comprende a las ciudades de Alepo, Idlib, Hama, Homs y Damasco. Al-Assad (en lo que se denomina “el régimen”) cuenta con el apoyo del Partido oficialista Baath, del ejército, de las fuerzas de seguridad y de las irregulares denominadas “Shabiha” (100.000 hombres), -donde los alauí son mayoría-, y de las instituciones gubernamentales, pero también con el asentimiento de diversos grupos sociales y de otras minorías (además de los alauí, de los cristianos, de los drusos, de los turcomanos e incluso de sunitas de las clases altas y medias) que temen que el triunfo de la oposición pueda dar lugar a una limpieza étnica, y especulan que su caída pude llevar a la desintegración del Estado y desconfían de los propósitos fundamentalistas de los rebeldes. El poder de Al-Assad depende de la coerción que ejerce utilizando aviones, helicópteros, misiles balísticos y artillería, que hacen estragos en la indefensa población civil. Por su parte, la situación siguió agravándose y la economía es precaria debido a la hiperinflación, la disminución de las reservas y las sanciones internacionales.

La oposición mayoritaria a Al-Assad, está representada por un sector moderado sunita que integra el denominado “Ejercito Libre de Siria”, compuesto por desertores y por civiles rebeldes, (entre 100.000 y 150.000 hombres, con el inconveniente que en su mayor parte actúan en la proximidad de sus zonas de asentamiento y no en operaciones de mayor envergadura) donde los “Hermanos Musulmanes” tienen una participación significativa, -ahora afectados por la caída de Presidente Morsi, en Egipto-. Sin embargo, a sugerencia de Arabia Saudita y Qatar, a fines del año 2012 en El Cairo, se estableció un Consejo Militar a cargo del General Salim Idriss, buscando unificar, mejorar su efectividad, controlar a las fuerzas rebeldes y disminuir la relevancia política de dicha organización. Además de los grupos rebeldes moderados, va en aumento la intervención de grupos extremistas que buscan instalar un Estado Islámico (que no favorece el pluralismo o la democracia), representados en un principio por el denominado “Jabhat al-Nusra”, que responde al líder global de Al-Qaeda Ayman al-Zawahiri, y ahora también por el llamado “ Estado Islámico de Irak y al Sham”, (que es un viejo nombre de la Gran Siria) que también es una extensión de la organización Al-Qaeda iraquí, cuyo lema es “De la Provincia de Diyala -en Irak- a Beirut”, con gran experiencia militar adquirida en su intervención anterior en Afganistán e Irak, y notables por su entusiasmo y por sus acciones agresivas y crueles. Ambos grupos tienen entre sí una alianza muy inestable e incluso han tenido enfrentamientos graves. Los jihadistas llegan cada vez en mayor número desplazando a los grupos más seculares. Los servicios de inteligencia occidentales temen que Al-Qaeda encuentre allí el escenario de su resurrección a un nivel superior a la que alcanzó en Afganistán en el período anterior al 2001, pues según algunas fuentes incluyen más de 10000 extranjeros, (más de los que llegaron a Irak durante la ocupación norteamericana, y provienen en su mayor parte de Arabia Saudita y Túnez).

Esta situación limita la posibilidad de que los Estados Unidos y otras potencias occidentales suministren armas letales a los opositores sirios para tratar de definir el conflicto. La guerra civil dividió a Siria en tres regiones cuyos límites son fluidos: el Gobierno domina el territorio desde Jordania (pero no la frontera con ese país), pasando por Damasco y a lo largo de la costa mediterránea y la frontera libanesa, que es la de mayor densidad demográfica y con características geográficas y alturas que facilitan su defensa. Las fuerzas opositoras dominan las provincias del norte y partes de las zonas vecinas al río Éufrates, y controlan las áreas fronterizas con Turquía e Irak (60 % del territorio), mientras los kurdos son la fuerza fundamental en la región nordeste del país, donde buscan lograr su autonomía. Los efectos de los enfrentamientos se están extendiendo al Líbano, Jordania e Irak y, para algunos analistas, se trata de una guerra regional con su centro en Siria, en lo que se define como “un arco de crisis transnacional”.

Un factor fundamental a favor de Al-Assad, es su alianza con Irán y el Hezbollah. La situación de su aliado sirio, es un tema principal para Irán, quien lo apoya militarmente mediante el envío de contingentes de su Guardia Revolucionaria Islámica (GRI). Esta situación fue reconocida expresamente por su comandante, el General Ali Jafari, en una conferencia de prensa el 15 de septiembre de 2012. Irán es el único país que tiene sus tropas especiales (y no grupos masivos de soldados) peleando en territorio sirio. Algunos analistas destacan que, en realidad, está luchando su propia guerra a expensas del pueblo sirio. Entre tanto prosigue con su programa nuclear, la polarización sectaria de los chiitas en la región beneficia a Irán. Sin embargo, su nuevo Presidente Hassan Rouhani después de su victoria electoral frente a sus oponentes conservadores, pareció anunciar una nueva opinión en la posición iraní, cuando en una conferencia de prensa al inaugurar su mandato afirmó que el pueblo sirio era el responsable de encontrar una solución a los problemas sirios.

Pero debe tenerse en cuenta que Siria e Irán poseen políticas basadas en elementos comunes. En el Líbano, han apoyado a las fuerzas chiitas, como el Hezbollah, pero también cooperaron en múltiples sucesos vinculados con la presencia norteamericana en Irak. Actualmente, tropas de Hezbollah (3000 o 4000 hombres) combaten con gran efectividad asistiendo al gobierno sirio junto a la GRI, frente a fuerzas rebeldes de menor organización. En el caso de un cambio de régimen, Teherán tendría menos posibilidades de concretar represalias contra Israel, debido a que el Ejército sirio no podrá actuar como su “proxis”, ni Damasco sería el camino apropiado para aprovisionar al Hezbollah. Por ello es que su líder Nasrrallah, otorga apoyo militar y político al régimen sirio pues, como chiitas, se consideran una minoría regional y quieren preservar el régimen de resistencia que conforman con Irán optando por enfrentar a los sunitas en Siria creando una profundidad estratégica que les evite ser vulnerables en su propio país, dado que la caída de Al-Assad provocaría un cambio significativo en el Líbano. Para ellos, no es una cuestión de interés político sino influye en su propia existencia, pero la extensión de su participación en la guerra civil siria está de todas maneras debilitando su legitimidad política en el Líbano. Por otro lado, la Unión Europea declaró al ala militar del Hezbollah como una organización terrorista para lo cual, entre otras razones, tuvo en cuenta su creciente papel en la guerra civil en Siria.

Un nuevo desarrollo tuvo lugar en enero de 2013, debido al bombardeo por Israel a un convoy portador de armamentos (misiles anti-aéreos SA-17 de procedencia rusa, capaces de neutralizar a su aviación), que se repitieron en mayo y julio. Esta acción refleja su preocupación de que hayan cruzado “líneas rojas” establecidas por Israel y que la organización chiita pueda obtener armas sofisticadas que podrían ser utilizadas en su contra, y también los israelíes tienen en cuenta que los enfrentamientos sirios pueden lesionar su control sobre las Alturas del Golán, cuyas posiciones han sido bombardeadas por tropas sirias.

Actualmente existe un ofensiva militar de las fuerzas de Al Assad, que están operando en forma más cohesiva debido a su superioridad de armamento pesado y sus unidades especiales. El 5 de junio obtuvieron una victoria significativa al tomar la ciudad de Qusair, -estratégicamente importante por facilitar el acceso de suministros desde el Líbano- y se están extendiendo al corazón de la zona alauí del noroeste, buscando transformar la ciudad de Homs, en un centro de su accionar militar desde donde atacar otras zonas dominadas por los rebeldes. A principios de agosto el Presidente sirio felicitó a sus tropas en Damasco por los éxitos militares obtenidos al recuperar territorios que habían estado dominado por los rebeldes. Estas acciones demuestran que el régimen sirio está lejos de ser vencido, mientras su grave situación económica cuenta con el apoyo financiero de Irán, Rusia y en menor grado de China. Debido a la falta de unidad de la oposición, de objetivos estratégicos claros y de una alternativa política viable, la situación militar es cambiante y la violencia sectaria se extiende y agrava. La falta de un control adecuado de los depósitos de armas puede dar lugar que sus numerosas armas químicas caigan en poder de Al- Qaeda, Hezbollah u otros actores no estatales. A principios de 2013, el régimen y las fuerzas de oposición se acusaron unos a otros de utilizar gas sarín, pero recién en agosto un grupo de investigación de las Naciones Unidas pudo ingresar en territorio sirio para implementar su mandato de verificar lo sucedido.

La resistencia siria está muy fracturada, tanto política como militarmente, lo que limita las posibilidades de apoyo externo y el establecimiento de un Gobierno alternativo. En noviembre de 2012, se creó la “Coalición Nacional de las Fuerzas Revolucionarias y de Oposición de Siria”, como organización “paraguas”, que reemplazó al denominado “Consejo Nacional Sirio”, que no pudo unificar a un frente opositor efectivo. A fines de marzo de 2013, la Liga Árabe, la autorizó a tomar el puesto de Siria en esta Organización en una decisión que no tiene precedentes, y es reconocida por más de 100 países como la legítima representante del pueblo sirio. Para estar en condiciones de gobernar y administrar el país en la era post Al-Assad, se puso en marcha un Gobierno Provisional y se nombró a Ghassan Hitto como su titular. Esta decisión motivo la renuncia de su Presidente el Sheik Ahmad Moaz al-Khatib (un clérigo moderado) y desde julio este cargo lo desempeña Ahmad Barba, que es apoyado por Arabia Saudita. No obstante, esta organización no es tan relevante ni funcional como lo son las fuerzas que luchan en el terreno.

La posibilidad de alcanzar una solución política mediante una acción decidida del Consejo de Seguridad, chocó con la posición rusa y china las cuales vetaron varios proyectos de resolución. Los Estados Unidos han buscado un acuerdo con Rusia para intentar ponerle fin a la violencia pero, Moscú se ha opuesto a una solución que desplace a Al-Assad del poder, argumentando que el conflicto debe resolverse a través de negociaciones y que se lo debería incluir en cualquier arreglo. Los intereses rusos pasan por sus antiguos lazos políticos y económicos con Siria, por su base naval en Tartus, y sobre todo, por impedir el colapso del Gobierno, que interpretan como una lucha entre un régimen secular y grupos islamistas sunitas, que podría extenderse al Cáucaso ruso, de una manera similar a lo ocurrido en Chechenia. En síntesis, Rusia considera a la guerra civil en Siria, como un acontecimiento significativo en su política para mantener su influencia en la región. Lakhdar Brahimi, quien es un diplomático veterano de origen argelino, reemplazó a Kofi Annan como Representante Especial de las Naciones Unidas y de la Liga Árabe, y apoya el denominado Plan de Ginebra acordado en 2012, basado en un cese de fuego, la formación de un Gobierno de transición, resultado de elecciones fiscalizadas por la Organización.
 
La opinión contraria al régimen, está representada, entre otros, por los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido (que han impuesto sanciones graves al Gobierno Sirio), pero también por Turquía, Jordania, Arabia Saudita y los demás países petroleros del Golfo. Washington, ha sido reacio a una opción militar (como el envío de tropas y zonas de interdicción de vuelos), entre otras razones, por sus propias experiencias en Irak y Afganistán y su interés prioritario en la agenda interna, pero la extrema prudencia del Presidente Obama, que se funda también en el convencimiento de que los acontecimientos en Siria están fuera de su control, es criticada por políticos y medios de prensa de su país que la interpretan como una falta de liderazgo en el Medio Oriente y, en cambio, favorecen una intervención por razones humanitarias y estratégicas. Este cuestionamiento se ha acentuado por la falta de reacciones apropiadas de Estados Unidos ante el derrocamiento por los militares del Presidente Morsi en Egipto, cuyo desarrollo además está afectando la prioridad que la comunidad internacional otorga a la crisis siria.

Por primera vez, a mediados de junio, la Administración norteamericana, argumentó que la utilización de armas químicas por el régimen sirio contra su propio pueblo dio lugar a que cruzara una línea roja establecida por el Presidente Obama en agosto de 2012 -hechos no reconocidos por el gobierno ruso- y eligió una opción intermedia y limitada, al expandir su ayuda y enviar armas livianas y municiones a los rebeldes sirios (evitando incluir equipos más sofisticados, que pudieran caer en manos de las fuerzas jihadistas). Por su parte, los demás Estados mencionados brindan ayuda humanitaria, inteligencia y otros implementos militares a los rebeldes moderados, destacándose entre ellos Arabia Saudita que está tratando de anular el arco chiita, intentando organizar en Siria un Gobierno sunita que fortalezca su propia seguridad. En el campo militar los opositores árabes y occidentales que integran el Grupo de Amigos de Siria, acordaron a mediados de junio en Doha, entregar ayuda militar urgente, con el propósito de contener la contraofensiva de las fuerzas de Al-Assad, pero también para compensar el creciente poder de los combatientes jihadistas.

En cuanto a las iniciativas diplomáticas, el desarrollo más reciente estuvo a cargo de los líderes del G-8, quienes acordaron el 18 de junio en la Cumbre de Irlanda del Norte, impulsar la conferencia de paz propuesta por Estados Unidos y Rusia, que se celebraría en una fecha a determinar (quizás en octubre, en Ginebra) a fin de debatir la formación de un gobierno de transición con plenos poderes ejecutivos, donde deberían participar todas aquellas fuerzas que tengan influencia sobre la situación en el terreno, pero existen criterios opuestos entre los países convocantes con relación a la estrategia para que las partes en conflicto acepten concurrir a la conferencia. El presidente ruso, Vladimir Putin logró bloquear la petición occidental de exigir la salida de Al Assad, el punto más discutido en esta agenda política debido a que los rebeldes lo consideran esencial. La opinión del “The International Crisis Group”, es que conflicto continúa escalando y que no existe una salida para ninguna de las partes, pues mientras ambas apoyan una solución política, cada una la concibe como la capitulación de la otra.

Podemos concluir que hasta ahora la comunidad internacional ha fracasado en encontrar una solución política, la que no se podría alcanzar hasta que no exista una solución militar. Por ello, Siria está en caída libre debido a que los acontecimientos están dominados por esa dimensión militar, por lo cual existe una crisis irreversible y compleja con la participación de una insurgencia internacional por ambos bandos, lo cual se agrava por su posición geográfica central y la situación endeble de algunos de sus vecinos. No se puede predecir cuál será el resultado final y se puede desembocar en una anarquía total, con el peligro de que las armas químicas y otras de gran poder ofensivo, caigan en poder de grupos alineados con Al-Qaeda, mientras continúan los combates donde un gobierno frágil coexiste con milicias armadas, en un marco de inestabilidad y luchas por el poder, que va a mantenerse debido a la ayuda que ambas partes reciben de sus aliados. Además, el reciente golpe de estado en Egipto, con sus centenares de muertos y la represión a los “Hermanos Musulmanes” favorece a los Gobiernos partidarios de una mano dura, como es el caso de Al-Assad. Después de una década de guerras el Medio Oriente parece prometer una década de desorden, alimentada por innumerables enfrentamientos, pero sobre todo por el que existe entre los sunitas y los chiitas.

ISSN: 1022-9833

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