Nos ponemos de pie y miramos hacia...Jerusalem(?)

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En varias sinagogas es costumbre que el rabino/a antes de comenzar la Amidá (la plegaria silenciosa central de la liturgia judía) diga algo así: “Y ahora nos ponemos de pie y miramos hacia Jerusalén” o “tornamos nuestros cuerpos hacia Ierushalaim”. La mayoría de los judíos, aunque no sean muy pracicantes, saben que al rezar siempre tornamos nuestros cuerpos y rostros hacia Jerusalén. Este año se cumplieron 50 años de la guerra de los Seis Días que le devolvió el dominio de Jerusalén al pueblo judío después de casi dos mil años. En el jubileo de este momento decisivo de la historia contemporanea de nuestro pueblo, los invito a hacernos una pregunta: ¿siempre rezamos mirando hacia Jerusalén?, ¿de dónde se originó esta tradición? Hagamos un poco de historia.

 

Época bíblica (-1000 a -100)

 

Si bien en los tiempos biblicos la devoción religiosa era principalmente traducida en sacrificios y obsequios en el Templo de Jerusalén, encontramos reminiscencias de rezos y plegarias dispersos en la Biblia. Y en unas pocas ocasiones las mismas hacen referencia al hecho de que en tiempos de necesidad uno debía tornar su mirada hacia el Templo de Jerusalén. Por ejemplo, cuando el rey Shelomó dedicó el Templo, dijo: Si el cielo se cerrare y no lloviere, por haber ellos pecado contra ti, y te rogaren hacia este lugar y confesaren tu nombre…” (I Reyes 8:35, ver también su paralelo en II Crónicas 6:34). En los Salmos también encontramos una idea similar cuando el salmista clama: Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, cuando alzo mis manos hacia tu santo templo.” (28:2) Sin embargo, la fuente bíblica más clara que hace referencia a esta práctica de rezar mirando hacia Jerusalén se encuentra en uno de los últimos libros del canon bíblico compuesto, según los académicos en el siglo II a.e.c., “Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (Daniel 6:11).

A ciencia cierta no podemos aseverar que en los tiempos biblícos las plegarias públicas se orientasen hacia Jerusalén; es más, la arqueología nos demuestra lo contrario. Varias sinagogas desenterradas de finales de la época del Segundo Templo no “apuntan” hacia Jerusalén e incluso el rezo, como institución religiosa que había comenzado con los exiliados a Babilonia durante el siglo VI a.e.c, no alcanzó su apogeo hasta la época rabínica. En la Biblia, cuando se hace referencia a la plegaria/rezo, estamos hablando de actos voluntarios y espontáneos de diversos individuos ante alguna adversidad y no de un sistema ritual establecido como sí lo eran los sacrificios. Ya en la época rabínica la historia será otra.

 

Época rabínica (- 100 a 500)

 

Ya para la época talmúdica encontramos claras referencias a la costumbre de rezar mirando hacia Jerusalén. La fuente central al respecto se encuentra en el Talmud Babliónico (Berajot 30a). El Talmud basa su discusión en una fuente previa de la época de los Tanaim (Tosefta Berajot 3:16), en la cual se dice que un ciego o una persona que no puede discernir los puntos cardinales debe dirigir su corazón y su plegaria hacia Dios. Sin embargo, si uno puede orientarse, debe dirigir su plegaria siempre hacia Israel en caso de encontrarse en la diáspora; si uno se encuentra en Israel, debe dirigir su cuerpo hacia Jerusalén; de estar en Jerusalén, debe uno orientarse hacia el Templo, y de estar en el Templo, uno debe dirigir su mirada hacia el Kodesh HaKodashim (el Sancto Sanctórum). ¿Y qué sucede si uno está frente al lugar más sagrado del interior del Templo? ¿Hacia dónde debe uno dirigir su plegaria? Según los sabios, uno debe pensar como si él/ella estuviera rezando frente al trono de Dios. Esta es la fuente principal que atestigua una costumbre de por lo menos 1800 años de rezar mirando hacia Jerusalén (o más precisamente hacia el Templo de Jerusalén). Varias sinagogas halladas por los arqueólogos de este período tanto en Israel como en la Diáspora sí se estructuran mirando hacia Jerusalén.

Una posición menos conocida que supone otra teoría se encuentra en otro tratado del Talmud Babilónico (Baba Batra 25a). Allí Jerusalén ni siquiera es mencionada. Algunos sabios (Rabi Oshaia, Rabi Ishmael y Rav Sheshet) sostienen que la Shejiná (la presencia divina) se encuentra en todo lugar y por dicho motivo uno podría suponer que uno puede rezar hacia cualquier dirección ya que Dios se encuentra en todos lados. Rabí Abahu (como así también Rabi Akiva y Rabi Ioshua ben Levi) sostiene, por el contrario, que la presencia divina se encuentra en el oeste. No importa dónde se encuentre uno, si uno gira hacia el oeste, allí encontrará a la Shejiná. Estos sabios se basan en el hecho de que quienes se encontraban en el Templo de Jerusalén solían rezar hacia el oeste. Finalmente, Rabi Itzjak sostiene que si uno quiere volverse rico, debe rezar mirando hacia el norte, mientras que si uno quiere volverse sabio, uno debe tornar su cuerpo hacia el sur. En toda esta Sugya talmúdica (unidad temática) que discute hacia qué lugar rezar, Jerusalén no es siquiera mencionada como opción. El único punto cardinal que no es mencionado es aquel al que todos los que estamos al oeste de Jerusalén giramos al rezar: ¡el este! Según algunos de nuestros maestros talmúdicos, uno podría rezar en dirección a cualquier punto cardinal, excepto el este, ya que hacia allí rezan los herejes (los cristianos).

 

La codificación halájica

 

Uno podría presuponer, sin temor a equivocarse, que luego de la época talmúdica las opiniones del tratado de Baba Batra (25a) fueron olvidadas y que todo el pueblo judío adoptó la costumbre de girar el cuerpo hacia Jerusalén al momento de rezar. Para sopresa de muchos esto no fue así. En el Shuljan Aruj, el código de ley judía más autoritativo de todos, Yosef Caro, su autor, nos dice que al rezar debemos girar nuestros rostros hacia Jerusalén, y si estamos en Jerusalén, hacia donde estaba ubicado el templo. Sin embargo, Moshe Isserlers, el glosista ashkenazí agrega lo siguiente: “Nosotros giramos nuestro cuerpo hacia el este porque nos encontramos al oeste de la tierra de Israel… Y aquellos que quieren cumplir con las palabras de los sabios que dijeron que quien quiere hacerse rico debe mirar hacia al norte y quien quiera hacerse sabio debe mirar hacia el sur pueden hacerlo, pero deben girar sus cabezas hacia el este” (Oraj Jaim 94:2). En otras palabras, Isserles da testimonio de que incluso en el siglo XVI había quienes rezaban mirando hacia el norte o hacia el sur y no hacia Jerusalén, pero él aconseja que, de querer hacerlo, deben apuntar sus cuerpos en dirección norte o sur, pero deben girar sus cabezas hacia Jerusalén: una suerte de acuerdo halájico entre las dos posiciones encontradas en el Talmud.

Eso era el siglo XVI. Uno imaginaría, nuevamente, sin temor a equivocarse, que en la modernidad esa costumbre desapareció totalmente, pero no. La Mishná Brurá (Ad. Loc. 12), en los albores del siglo XX, comenta nuestro pasaje y dice, siguiendo una interpretación de Rashí, que lo correcto es que toda la gente se pare mirando hacia Jerusalén y que solamente la cabeza mire al norte si quieren hacerse ricos o hacia el sur si quieren aumentar su sabiduría. “Y esta es la opinión correcta para evitar diferencias en la forma que la gente se para”, concluye Israel Meir Kagan. Imaginen una sinagoga con toda la gente mirando hacia diversos lados: unos hacia Jerusalén, otros hacia el norte y otros hacia el sur. El autor de la Mishná Brurá sugiere que todo el mundo, para “ordenar” la plegaria pública, debe poner su cuerpo mirando a Jerusalén y lo único que debe rotar es la cabeza. El Talmud presenta dos (o múltiples posibilidades) y ambas, de alguna manera, encontraron lugar en los códigos legales hasta nuestros días.

 

¿Por qué Jerusalén?       

 

Más allá de la curiosidad histórica, hoy en día todo judío reza mirando hacia Jerusalén. La pregunta es por qué. Si la presencia divina se encuentra en cada rincón de la tierra, ¿por qué rezamos mirando hacia Jerusalén? Nuestros maestros de bendita memoria nos explican que si bien rezamos mirando al templo (o al lugar donde antiguamente se ubicaba el templo), en realidad este es solo un canal terrenal para conectarnos con Dios. Cuando Iaakov llega a la ciudad de Bet-El al caer la noche, tiene un sueño maravilloso en el que ve “una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba el cielo” (Gén. 28:12) en donde los ángeles de Dios subían y bajaban. Al despertar del sueño, nuestro patriarca dijo: “«Ciertamente Hashem está en este lugar, y yo no lo sabía.» Entonces tuvo miedo y exclamó: «¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo»” (Ibid. 16-17). Iaakov descubre que la ciudad de Bet-El (lit. “Casa de Dios”) es una puerta hacia el cielo.

Insipirados quizás en esta imagen, los antiguos proto-místicos judíos enseñaron que la Jerusalén terrenal se encuentra ubicada debajo de la Jerusalén celestial. El trono de la Jerusalén celestial se encuentra alineado al trono de la Jerusalén terrenal (Mejiltá deRabi Ishmael, Beshalaj, Masejta deShira 10), de la misma forma en que el Sanco Sanctórum terrenal se encuentra alineado con el Sancto Sanctórum celestial (TJ, Berajot 4:5, 8b-c). Al mirar hacia la Jerusalén terrenal, estamos en realidad conectando con la Jerusalén celestial. Y es por eso que el Talmud jerosolimitano (Berajot 4:5, 8b-c) nos dice que debemos rezar de la siguiente manera: “Con la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos y nuestros corazones hacia abajo”. Intepretando el versículo bíblico: «He oído tu oración y el ruego que has hecho en mi presencia. He santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días (I Reyes 9:3). Nuestros maestros nos enseñan que debemos rezar con nuestras caras inclinadas hacia el cielo, apuntando a la Jerusalén celestial, pero nuestros ojos y corazones deben apuntar hacia la Jerusalén terrenal: una forma poética de unir el cielo y la tierra.

Para nuestros antiguos místicos mirar hacia Jerusalén era una puerta de entrada hacia el cielo. Y hasta con sutilieza y creatividad llegaron a afirmar que el nombre de la ciudad provenía de la costumbre de girar los rostros hacia allí a la hora de rezar. El Cantar de los Cantares exclama: Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería…” (4:4). Nuestros maestros toman la palabra armería (“talpiot”, hoy en día nombre de un barrio de Jerusalén) y la dividen en dos: Tal-Piot. Tel en hebreo es monte, y Piot son bocas, y con creatividad nos dicen que el monte del Templo, ubicado en el centro de Jerusalén, es aquel monte al cual todas las bocas apuntan (TJ, Berajot 4:5, 8b-c y TB, Berajot 30a). Jerusalén no solo era una puerta hacia el cielo sino el centro de union símbolico de las plegarias de todo el pueblo judío desde los cuatro rincones de su dispersión.

 

Una reflexión para nuestros días

 

Las iglesias cristianas se orientan hacia el este (lugar por el cual sale el sol que simbólicamente representa a Jesús). Los fieles musulmanes al rezar se dirigen a la Meca (¡aunque originariamente la práctica instituida por Mahoma era rezar mirando a Jerusalén!). El pueblo judío dirige sus plegarias hacia Jerusalén. El lugar hacia donde cada religión institucionalizada decide orientar sus plegarias dice mucho de sí misma. Es cierto que Dios está en cada rincón, pero para nuestra fe Su presencia se hace más intensa y presente en la Tierra de Israel, y dentro de la tierra de Israel en Jerusalén, y dentro de Jerusalén en donde antiguamente se hallaba el Templo.

Allí transcurrieron algunos de los episodios centrales de la historia de nuestro pueblo: de allí “salió la palabra de Dios”, allí Salomón construyó el Templo, allí Ezrá comenzó a enseñar la Torá públicamente, allí los sabios consagraban el nuevo mes para todo el pueblo judío, de allí salió Rabi Iojanan ben Zakai para reconfigurar el judaísmo, hacia allí volvieron en cada generación judíos piadosos de todo el mundo, allí se consagraban año tras año nuestros antepasados cada 9 de Av para recordar la destrucción del Templo, hacia allí comenzaron a volver en masa nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos en la segunda mitad del siglo XIX. Jerusalén es aquel lugar que recordamos a diario en la Amidá al pedir por su reconstrucción, así como en cada Birkat HaMazon (bendición para después de las comidas), en nuestros casamientos y al finalizar cada Seder de Pesaj.

Jerusalén es el corazón del pueblo judío y la capital del Estado de Israel. El sueño de Ajad Haam no era que todo el pueblo judío viviese en el Estado Judío, sino que aquel Estado se conviertiera en el faro para todo el pueblo judío. Y es por ese motivo que al rezar cada día giro mi cuerpo hacia Jerusalén. No solo busco inspiración en la Jerusalén celestial sino también en la Jerusalén terrenal. Busco inspiración en las batallas que se gestan a diario en la capital del pueblo judío y en la ciudad consagrada por las tres religiones monoteístas. Busco inspiración en la ciudad de la diversidad, en la ciudad de árabes y judíos, de ateos y religiosos, de pacifistas y beligerantes, de ricos y pobres. Jerusalén no es solo el monte al cual todas las bocas apuntan sino también la ciudad que lo tiene todo. Y hacia allí, hacia la Jerusalén dorada llena de conflictos y contradicciones, giro mi cuerpo diariamente para buscar inspiración.

Para concluir los invito a todos no solamente a rezar mirando a Jerusalén sino a rezar por Jerusalén recordando las hermosas palabras de los salmos:

Pedid por la paz de Jerusalén;
Sean prosperados los que te aman.

Sea la paz dentro de tus muros,
Y el descanso dentro de tus palacios.

Por amor de mis hermanos y mis compañeros
Diré yo: La paz sea contigo.

Por amor a la casa de Hashem nuestro Dios
Buscaré tu bien. (122:6-9)

 

Rezar por una Jerusalén de oro donde su brillo se refleje en la cara de cada uno de sus habitantes. Rezar por una Jerusalén que pueda ser una ciudad de paz para árabes y para judíos. Rezar por una Jerusalén que pueda ser finalmente llamada una ciudad de paz. Hacia esta Jerusalén y por esta Jerusalén rezo yo.

ISSN: 1022-9833
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