PENSAMOS LA COMUNIDAD POST COVID: PARTE 1

"Fin de la crisis... ¿Comienzo de la normalidad?" es la primera de la serie de reflexiones

Fin de la crisis... ¿Comienzo de la normalidad?

Por Claudio Epelman, director ejecutivo del CJL

Si una crisis se define como cualquier hecho extraordinario que irrumpe en un momento determinado y nos saca de nuestra rutina, el fin de la misma debería implicar la vuelta a la normalidad, a las prácticas habituales. Sin embargo, aquello que asumimos como medidas extraordinarias, en este caso establece un nuevo status quo. ¿Hacia dónde vamos, entonces?

Durante siglos, la vida judía se caracterizó por su aspecto social. La capacidad de encontrarnos, reconocernos en el otro y compartir costumbres milenarias es uno de los pilares que nos constituyeron y aún hoy nos mantienen como una comunidad. Muchos de nuestros hábitos religiosos requieren de un minián, una cantidad mínima de diez personas para poder llevarse adelante. Pertenezcamos a la corriente del judaísmo que pertenezcamos, disfrutamos hasta hace no mucho la tradición del encuentro, de los besos y los abrazos.

El COVID-19 obligó a ciudades y países enteros a cerrar sus fronteras y frenó innumerables industrias y comercios. Sin embargo, lo que nunca lograron los enemigos de nuestro pueblo, tampoco lo pudo la pandemia. Como hace más de cinco mil años, utilizamos toda la tecnología a nuestro alcance e hicimos que la continuidad de la vida comunitaria sea un hecho. Hoy las comidas, los bailes y el estudio son virtuales, las costumbres y rituales se celebran en casa y a puertas cerradas. La vida judía continúa de manera “on-line” y hasta las bobes y los zeides se adaptaron al vertiginoso progreso. Aquello que antes de la última celebración de Pesaj dudábamos fuera posible, hoy es nuestra realidad.

Lo cierto es que vivimos y viviremos durante un período de tiempo aún difícil de definir en una suerte de “crisis normalizada”, algo que en la teoría no suena muy atractivo. No es necesario remontarse muchos años atrás en la historia, para comprobar que el acostumbramiento a situaciones “anormales” permitió que sucedieran las peores tragedias colectivas. “Esto es malo, pero ya nos acostumbraremos, ya pasará”, seguramente resuena en la mente de todos.
Pero en este caso no es una cuestión de dejadez o costumbre, sino de supervivencia activa. La distancia se ha vuelto la norma, la salud, la prioridad. Hace dos meses activamos nuestros planes de crisis, entendiendo a esta pandemia como una contingencia. La urgencia de la situación requirió cuidado, precisión y atención absoluta. La comunidad como tal, con los individuos que la componen como protagonistas, actuaron con el cuidado, la precisión y la atención que correspondía. Ante algo nuevo, inimaginable, se utilizaron recursos pensados con otros fines.

Hoy debemos ampliar nuestra visión, adelantarnos mentalmente algunos fases y pensar en el después. No podemos imaginar cuánto faltará para que las sinagogas vuelvan a estar repletas, para que nos empujemos alrededor de la mesa dulce de una fiesta de Bar Mitzvá, para que bailemos y transpiremos el scher de un casamiento abrazados rodeando a los novios, o para que un mifkad reúna a todos los janijim. Estas hermosas escenas de la vida en comunidad, demorarán en llegar. No solamente porque la respeto de la ley, sino también por respeto del otro, por la responsabilidad de cuidarnos entre todos.

Es difícil asumirlo, pero nuestra realidad, ya no es tal y como la conocíamos. Existe la posibilidad de que las vivencias que nos marcaron, el día de mañana solo recuerdos de otra época.

Mientras los gobiernos y los actores de la actividad económica planifican lo que será un largo proceso de reactivación, puertas adentro de la comunidad, debemos hacer lo propio. Si el gran interrogante es cómo volver a nuestros hábitos comunitarios y sociales, la respuesta es tan sencilla como poco amigable: esas costumbres no regresarán en el corto plazo. Pero esto no es nuevo en el judaísmo. ¿Acaso cuando Moshé Raveinu nos hizo libres de Mitzraim, no hubo voces de quienes, habiendo nacido esclavos, deseaban el regreso de sus costumbres? Sin embargo, esas costumbres que no volvieron, dieron lugar a otras, infinitamente más gloriosas, no sin esfuerzos o sacrificios en el medio. Si pudimos seguir siendo judíos durante dos mil años sin el beit hamikdash, vamos a poder adaptarnos ahora también.

Ya vivimos el Pesaj en casa. ¿Será tan terrible escuchar el “shofar en casa”? Hasta que aparezca la vacuna, debemos amoldarnos, pero no nos resignemos a pensar que eso será para siempre. Tomaremos lo bueno de estas experiencias, incorporaremos el Zoom para compartir más seguido momentos con nuestros parientes lejanos, mientras nos abrazaremos y cantaremos el Avinu Malkeinu alrededor de la mesa y frente a la pantalla.

Me pregunto una vez más: ¿Hacia dónde vamos, entonces? Hacia un cambio de paradigma, hacia una nueva normalidad. Una realidad que será distinta de la que dejamos cuando comenzamos las cuarentenas. Y, si sabemos adaptarnos a este nuevo mundo, hacia una nueva forma de nuestra continuidad que combine aquello que tanto disfrutamos hasta hace tan solo tres meses, con las maravillas que descubrimos que somos capaces de hacer ante la emergencia, podemos aprender de estos meses e incluso salir mejores.