Sesenta y tres años de una historia sin fin

De la verdad temporal al mito permanente

Antes de nuestra era. Siglo XII: primera referencia a Israel. Una estela egipcia celebra la devastación de un grupo con ese nombre. Siglo VII: se consolida un estado hebreo alrededor de la tribu de Judá y la dinastía de un fundador, David, y su capital, Jerusalem. Esa tribu y ese linaje derrotaron al benjaminita Saúl. De sus competidores, tribus también hebreas, en el norte, se encargaron los asirios. El pequeño poder regional duró poco, suficiente para burocratizar un culto monolátrico, y justificar su predominio a través de textos que realzaban la figura de David. Siglo V: los babilonios conquistan el territorio, destruyen el santuario oficial y exilian a su élite en la ciudad de los jardines colgantes. En el curso de ese siglo se inventa el monoteísmo y se trata de explicar las razones que llevaron al fin del Estado. También se produce el retorno, bajo supervisión persa, de una parte de los desterrados, a Judá, desde entonces Judea. Éstos encontraron un pueblo poco conectado con la historia que habían reescrito en el exilio y una religiosidad distinta a la que habían elaborado.

La caída del Estado y el retorno de algunos de sus antiguos conductores y sus hijos; y la reconstrucción del templo y la interacción con el pueblo mimetizado con el entorno cananeo, constituyen el contexto de la Biblia hebrea, cuyo texto se va tejiendo y enlazando: promesa divina a los patriarcas; regreso de la esclavitud a la Tierra Prometida y su reconquista; unificación de las tribus; feliz cumplimiento de la promesa en los reinos de David y Salomón; desgracia del norte y desastre del sur. Se completa, más adelante: paréntesis macabeo -una dinastía provinciana y anti helénica de sacerdotes guerreros, que controló partes del antiguo Estado-, tutela romana y, sobre todo, la destrucción del segundo templo, en el año 70 de nuestra era.

La Biblia exuda tensión permanente entre independencia nacional y cumplimiento de preceptos, religiosidad popular y monoteísmo ideológico, razón de Estado y justicia social, al tratar de explicar debacle, destino incumplido, promesa rota. Es el relato de una historia como La Historia, de un destino común a la mayoría de los pueblos como destino único, de hechos ordinarios como extraordinarios.

¿Pueblo elegido? Sí, para representar frustración de sueños, colapso de omnipotencia, espejismo de permanencia garantizada, que hechizaron a todas las identidades perecidas y que acechan a todos los pueblos existentes, a la humanidad toda.

Lo formidable es que esa ficción terminó generando verdad duradera, identidad permanente, una reinvención que resistió todos los embates, una comunidad que en sus manifestaciones brutalmente diversas -raciales y culturales, contrariamente a lo que muchos creen-, se ha renovado sobreviviendo, persistiendo, quedando.

Del mito permanente a la verdad temporal

El pueblo que se articuló alrededor del texto, su interpretación, y las interpretaciones de las interpretaciones, hasta el infinito, y que entextó a Dios, acompañó lo excelente, lo peor y lo horrible de la historia humana. Representó al otro por excelencia y fue tratado como tal, a veces tolerado, requerido o poderoso, pero siempre, al final, perseguido y expulsado.

Revolución industrial, racionalismo científico, ilustración política, secularización y proyectos de Estados nacionales, condujeron a algunos judíos a buscar la igualdad con el resto, a querer dejar de ser otro: a través del ejercicio de las ciencias, el compromiso con la política revolucionaria, la actividad económica, y el logro de un Estado nacional. Los menos optaron por lo último.

Muchos judíos siguieron viviendo alrededor del texto original y sus comentarios. Entre ellos, la mayoría veía con escepticismo, cuando no abierta hostilidad, los caminos del igualamiento, especialmente el último de ellos, y persistían en ser otro.

Los pocos que escogieron la lucha por la nacionalidad, en nombre del mito, de alguna forma repitiéndolo, pero con una ideología secular y esencialmente socialista, fueron creando el embrión de un Estado en Palestina, en medio de tensión y violencia con las poblaciones árabes que vivían en ella.

Cuando seis millones de judíos, tanto los que querían ser iguales como los que querían seguir siendo diferentes, fueron asesinados por los nazis, muchos sobrevivientes optaron por ser iguales, la mayoría, o diferentes, en Palestina. El mundo, incluyendo el Perú, a través de las Naciones Unidas, definió la partición de la tierra bíblica en 1947. En mayo de 1948 el mito permanente volvió a la verdad temporal y nació el estado de Israel.

1947

En 1938, después del Kristall Nacht, Yehuda, de 17 años, tuvo que ir, durante 3 semanas, de estación en estación de tren para evitar ser apresado. En 1939 salió de Berlín hacia Chile, con una maleta y 50 marcos. 9 años más tarde, luego de haberse preparado en una granja del movimiento izquierdista Hashomer Hatzair, partió a Israel: Buenos Aires, Puerto Alegre, Río de Janeiro, Recife, Dakkar, Lisboa, París, Ginebra. Llegó a su destino el 29 de julio de 1947. Fue enviado al Kibutz Negba, en ese momento uno de los puntos más septentrionales del país, atacado antes de la declaración de independencia.

"Nos bombardearon y hacia la mañana entraron con tanques. Después de 4 horas se retiraron, hasta ahora no sé por qué. La segunda vez empezaron igual, pero la fuerza de tanques fue mayor y el primero de ellos llegó hasta la cerca. Teníamos un arma que lanzaba bombas que se adherían al blindaje del tanque y explotaban. La primera no explotó, la segunda no salió y la última dio en el blanco y el tanque se incendió. El resto emprendió la retirada. No teníamos más municiones" me dice este hombre sencillo -se jubiló de camionero-, intenso y terco.

"Después de la guerra todo estaba racionado. Había un dicho: se come pollo, cuando el pollo está enfermo o la persona está enferma. Comíamos a veces carne de camello, un pedazo de pan y una albóndiga. Yehuda estuvo 14 años en otro Kibutz, Maabarot. "Salí porque sus miembros justificaban a Stalin. Comencé a discutir demasiado en las reuniones. La educación de los chicos estaba en manos del colectivo y no siempre podía verlos cuando quería. Hubo una rigidez ideológica no muy distinta de lo que pasa ahora con los religiosos. Me fui a una granja cooperativa donde lo único privado es la casa. Todo el resto es común".

Yehuda ayudó a fundar un país igualitario, libertario, democrático. Peleó su primera guerra a los 25 años y la última a los 51. Para que sus hijos no tuvieran que hacerlo. Rafi, el menor, fue comando, pero por su juventud lo sacaron de la operación Entebbe. Sus padres se pusieron felices, pero él lloró varios días. Después peleó en Líbano. Sus nietos pertenecen, actualmente, a unidades de combate.

1968 y algunos años más

3 peruanos y dos bolivianos escuchamos las sirenas y seguimos mudos el silencio que marca el final de la tristeza y el comienzo de la celebración. Nos lanzamos a las calles de Jersusalem. La alegría era indescriptible. En cada esquina la gente bailaba y todas las casas estaban abiertas para quien quisiera entrar y descansar, o tomar un refresco.

Era el vigésimo aniversario de Israel, uno muy especial. La guerra de los 6 días regeneró el orgullo que flaqueaba. Los fundadores no estaban seguros de la siguiente generación. Para sus hijos el país era dato, no conquista de la voluntad. La victoria fue extraordinaria y devolvió sentido de misión y unidad.

Recorrimos las calles de la ciudad inundada por un mar de gente. Llevábamos una suerte de martillo de plástico que sonaba cada vez que se golpeaba contra la cabeza de alguno de los que recorrían Jerusalem sin rumbo fijo. El golpe se acompañaba de alguna expresión de buenos deseos. Terminamos en el Auditorio de la Nación, situado frente a la Estación Central, donde la noche llegó a su clímax cuando Shuli Nátan cantó Jerusalem de Oro.

Después de la euforia, que no duró mucho, Israel lidió con las difíciles realidades externas e internas de una nueva imagen. Los que hicieron florecer desiertos y concretaron granjas colectivas; produjeron una sociedad, al mismo tiempo socialista y democrática; formaron ciudadanos seguros y solidarios; crearon una base educativa, cultural, científica e industrial respetable, debieron resistir la defección del bloque socialista, ser vistos como poder expansionista y aceptar que otros, los palestinos, les disputaran el monopolio de la diáspora.

"Fue una victoria que nadie pensaba que podía ocurrir. Llegamos a lugares como Hebrón, Belén, la ciudad vieja. Creo que perdimos perspectiva, nos emborrachamos, no supimos qué hacer. Izquierda y derecha por igual. Los árabes también quedaron perdidos y confundidos", afirma Yehuda.

Israel no cesó de reinventarse: vivió desgarramientos inevitables y un proceso de búsqueda que fue haciéndose cada vez más intenso, entre el mito permanente y la verdad temporal. Quedó el espíritu de acercamientos audaces: el viaje de Sadat, los acuerdos de Camp David, los de Oslo, la firma de la paz con Jordania, las negociaciones con los palestinos. Una sociedad cada vez más moderna y pujante, convencida de que la paz era posible, se preparó para vivir en ella y de ella.

1998

"Los primeros 30 años nos ocupamos de cómo no morir y los siguientes 20, de cómo vivir" dijo Ezer Weizman, una figura muy querida, en el discurso que ofreció durante la ceremonia oficial por los 50 años de Israel.

En esa ocasión, conversé con Shimon Peres, una figura central en la historia política de Israel. Se le atribuye una inteligencia portentosa, poca empatía, y escaso carisma. En efecto, Peres no es una persona especialmente cordial, mejor dicho, no hace esfuerzos por ser simpático. Su cortesía es poco expresiva y cortante, su tono, imperativo. Da la impresión de estar apurado. Nunca pudo ganar una elección. Fue primer ministro cuando reemplazó a Rabin, asesinado por un fanático de derecha. El 2007, fue resarsido con la protocolar función de Presidente de la Nación.

Colaborador cercano de Ben Gurión, ha estado en el centro de la gesta israelí desde el principio. No fue general, cosa que, me dijo, rechazó para ser un soldado más, pero el país le debe parte de la organización de un ejército moderno, una industria militar pujante y una infraestructura atómica. Quisiera ser recordado como el hombre que fue, en sus propias palabras, "de Dimona a Oslo". De la planta que pone a Israel en el club nuclear, al proceso que permitió acuerdos históricos con los palestinos.

Hace 10 años pensaba que el futuro no es de las mayorías que aplauden sino de las minorías que piensan. ¿Los logros más importantes de Israel? revitalización del pueblo judío, regreso a la tierra, recuperación del hebreo, desarrollo industrial, kibutzim, sistema judicial independiente, democracia sólida, desarrollo tecnológico y proceso de paz. Me dijo: "acá las personas prefieren recordar a pensar. No tiene sentido ganar una elección si no se sabe para qué". Peres tenía claro que para la paz y que la existencia de un estado palestino es una condición para la continuidad del estado judío. Y también que los religiosos han convertido todo en culto. "La tierra puede ser sagrada, los que la habitan, no", sentenció.

2011

Israel acaba de cumplir 63 años. El esfuerzo por crear una pertenencia que comienza con el inicio de los tiempos, se basa en el pacto de Dios con su pueblo y se concreta con el cumplimiento de la promesa de retorno, está presente todos los días. Pero coexiste con la creación de una cultura contemporánea que, paradójicamente, no tiene precedentes. Yemenitas, rusos decimonónicos, rusos post muro, rumanos, búlgaros, españoles, marroquíes, tunecinos, iraquíes, iraníes, kurdos, sudafricanos, egipcios, argelinos, argentinos, norteamericanos, mexicanos, etíopes, húngaros, franceses, nacidos en Palestina, nacidos en Israel de padres o abuelos de cualquiera de los lugares mencionados. Llegados en distintos periodos, por razones distintas y, a veces, contradictorias. En cantidades variadas: desde el cuentagotas anual, hasta el torrente como el que, en los 2 primeros años, dobló la población de 800,000 a 1 millón y medio, e introdujo a los judíos de los países árabes. O, más reciente, el que trajo 1 millón de personas provenientes de la ex Unión Soviética, en 10 años.

No obstante el mito permanente, más allá de él, la verdad temporal enmarca referencias a hechos que tienen testigos presenciales. Pero, como ocurre en otros países, los jóvenes no tienen mucha paciencia con la nostalgia de sus mayores. Arieh, un chico que terminó hace 3 años del ejército y recorrió Asia, mochileando, dice: "este es un país como cualquier otro. A mí me interesa hacer plata y pasarla bien". Los que, como Noam, de 26 años, quieren un compromiso más idealista y hacen lo imposible por servir en unidades de elite del ejército, no se engañan: "amo mi país, pero soy consciente de que muchos de los sueños originales no se han concretado".

Lo complicado en Israel es que los fundadores observan el producto de sus sueños, lo escrutan con espíritu crítico, lo comentan y juzgan. No es fácil. Es como si los firmantes de la la constitución norteamericana o la independencia del Perú, estuvieran presentes para comentar lo que ocurre en Estados Unidos o nuestro país. Lo que hubieran pensado Jefferson o San Martín es una adivinanza que podemos resolver según nuestra conveniencia. Total, los actores de entonces no pueden desmentir a nadie. Menajem Beguin, Golda Meier y David Ben Gurión no están, pero sí sus hijos y nietos, algunos de los cuales tienen papeles activos en la política israelí. Y todavía hay fundadores, como Yehuda, de 86 años, que pueden hablar.

Ya lo señaló Amos Oz, el escritor israelí más reconocido: hay algo perverso en que cada aniversario parece contener, implícita, la pregunta: ¿valió la pena? Aunque no es la única nación que celebra 63 años, sí es la única cuyo onomástico viene envuelto en varias capas de dilemas morales.

Una generación secular vive cada vez más inmersa en una vida cotidiana marcada por regulaciones religiosas; una cultura europea no se reconoce en las formas cada vez más levantinas de sus correligionarios sefarditas; inmigrantes o descendientes de inmigrantes de África del Norte no se ven representados en un establishment político, cultural y jurídico dominado por los judíos de Europa Occidental y Oriental; marxistas, socialistas y sindicalistas ven diluirse las instituciones que fundaron, ellos o sus padres, en el neoliberalismo y deseo de gratificación inmediata de los jóvenes; éstos se preguntan si el sacrifico de varios años de sus vidas y, eventualmente, de sus vidas mismas, por emergencias y peligros mal definidos, se condice con la búsqueda de felicidad y logros económicos; paladines de la justicia social y política se sienten confundidos frente a las funciones policiales inevitables en toda ocupación de territorios y al surgimiento de otras legitimidades, como la palestina; restauradores del pacto davídico entre el Señor y el Israel bíblico se sienten traicionados con cualquier acuerdo que signifique concesiones territoriales; maximalistas religiosos ven en las manifestaciones de una sociedad abierta y liberal ofensa contra la palabra de Dios; creyentes en la paz han dejado de creer que los palestinos son interlocutores confiables.

Demasiados soñadores conviven con sus sueños y una realidad intensamente compleja, que tiene mucho para contradecirlos a todos.

El pueblo de Israel se creó y recreó a través de un nudo complejo: hecho alrededor de una obra literaria que contiene la historia de una promesa y la promesa de una historia, por un lado; y, por el otro, un compromiso teológico y la teología de un compromiso. "Te haré dueño de una tierra y tendrás un lugar entre las naciones" y "Yo, el único Dios, soy tu Dios". Realidad teológica y nacional quedaron, de esa manera, indisolublemente ligadas. Promesa geopolítica y ejercicio de la religiosidad, quedaron amarrados, y todas las tensiones que señalé en los caminos que fueron de la realidad temporal pretérita al mito eterno que mantuvo la identidad de un pueblo, y los que fueron en camino inverso y terminaron con la creación del estado de Israel, se vuelven a jugar en una sociedad apasionante, que se sigue reinventando.

¿Valió la pena? En mi opinión, sí, mil veces sí.

ISSN: 1022-9833

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