Fraternidad humana: una reflexión judía sobre la convivencia común

Su eminencia, cardenal Ayuso.

Cardenales, obispos, rabinos, sacerdotes y personas de fe de todas las religiones. Queridos amigos de la Pontificia Universidad Gregoriana.

Gracias a todos por estar aquí con nosotros para esta favorable ocasión, y en esta institución única y prestigiosa.

¡Buenos días!

Como presidente del Congreso Judío Mundial, estoy orgulloso y me siento honrado de unirme hoy a ustedes en un lugar no muy lejos del Vaticano, el centro del mundo católico.

Como judío, estoy encantado de participar en este sublime esfuerzo por profundizar en la comprensión y favorecer el acercamiento entre dos religiones antiguas que surgieron del mismo árbol antiguo. Como persona, me complace ser un humilde colaborador en el esfuerzo por fomentar la armonía entre las principales religiones monoteístas del mundo y, por ende, entre todos los seres humanos que viven en este buen planeta.

Damas y caballeros, el siglo XXI ha bendecido a la humanidad de una manera sin precedentes. En todo el mundo, estamos asistiendo a un progreso económico y tecnológico que ha dado paso a una época de menos guerras y menos pobreza, hambre y enfermedades que en cualquier otro período de la historia. En las últimas décadas, miles de millones de personas han salido de la pobreza extrema. Por primera vez en sus vidas, tienen acceso a agua no contaminada, alimentos nutritivos, atención sanitaria básica y alguna forma de vivienda permanente. El camino es largo. Muchos todavía sufren de vergonzosa escasez. Muchos todavía no tienen hogar ni trabajo, y algunos aún deben soportar el hambre. Con todo, por la gracia de Dios, los hombres y mujeres modernos han logrado crear un entorno humano que cubre una parte importante de las necesidades básicas de la humanidad.

Por desgracia, el siglo XXI también presenta a la humanidad un desafío abrumador. El desarrollo económico va de la mano de una espiritualidad en declive.

Los avances tecnológicos han acelerado la profunda crisis espiritual. Si bien podemos satisfacer mejor las necesidades físicas básicas de muchos, no estamos atendiendo a sus profundas necesidades existenciales y emocionales. El declive de la religión, así como el hecho de que no se ha encontrado ningún sustituto de la religión, deja al alma de los hombres y mujeres modernos hambrienta y sedienta.

Al mismo tiempo, frente a nuestros propios ojos, la máquina amenaza con sustituir al hombre. El desarrollo está devastando el planeta y amenaza el futuro del mundo. El extremismo está reemplazando la moderación y el odio está reemplazando al amor. Vemos menos comprensión, menos tolerancia, menos sensibilidad y menos empatía. El terror hace estragos y también provoca la persecución de las minorías. De hecho, en un momento en que la humanidad debería, y puede, unirse en pos del bien, a menudo se fragmenta, discute y se expone a las tentaciones del mal.

Afortunadamente, el rayo de luz que es el documento sobre la fraternidad humana ha traspasado esta oscuridad. Firmado el 4 de febrero de este año en Abu Dabi, por Su Santidad el Papa Francisco y el Gran Imam de Al-Azhar, Sheikh Ahmed El-Tayeb.

Este documento inspirador, presentado al mundo por los líderes indiscutibles de la Iglesia católica y el islam sunita, puede compararse con una fuente de agua en el desierto. Anuncia la adopción de una cultura de «diálogo como vía; cooperación mutua como código de conducta; comprensión recíproca como método y norma». Hace un llamamiento a los líderes mundiales «para trabajar denodadamente por difundir la cultura de la tolerancia y la convivencia en paz». Hace hincapié en los valores de «paz, justicia, bondad, belleza, fraternidad humana y convivencia, como anclas de salvación para todos». Rechaza el terrorismo y lo define como un fenómeno deplorable no religioso que «amenaza la seguridad de todas las personas y difunde el pánico».

Queridos amigos, en nombre de los judíos del mundo, puedo afirmar que la declaración de Abu Dabi es un documento internacional definitorio que los judíos respetamos profundamente. Compartimos sus valores básicos y respaldamos sus principios básicos. Permítanme repetirlo de nuevo. Compartimos sus valores básicos y respaldamos sus principios básicos. Admiramos la visión inspiradora que encarna y refleja. Para nosotros también, la declaración sobre la fraternidad humana es una guía para un futuro mejor, que nutre el espíritu humano, protege el medio ambiente humano y promete que el futuro de la humanidad será moral y humano.

Damas y caballeros, en el libro del Levítico podemos leer: «No busquéis venganza ni guardéis rencor contra nadie entre su gente, sino amad al prójimo como a vosotros mismos». Amar al prójimo como a vosotros mismos. Este noble mandato bíblico establece un vínculo tripartito entre Dios, uno mismo y el prójimo. Ante Dios, todos debemos tratar a los demás como nos trataríamos a nosotros mismos.

Hilel el Anciano fue presidente del Sanedrín y un notable erudito judío que predicaba la paciencia, el compromiso y la amabilidad. Cuando una persona no judía que deseaba convertirse le preguntó que era el judaísmo, aquel le respondió de inmediato: «No le hagas al prójimo lo que sea odioso para ti; esto es toda la Torá». Amar al prójimo como a ti mismo es la esencia del mandamiento universal. No le hagas al prójimo lo que sea odioso para ti es el mandamiento universal en concreto. Se complementan el uno con el otro. Su esencia es una: todos somos hijos e hijas de Dios. Y puesto que somos hijos e hijas de Dios, somos hermanos y hermanas.

La fraternidad humana es el centro de nuestra existencia. La fraternidad humana siempre debe guiar nuestras acciones. El concepto de fraternidad humana tiene implicaciones inmediatas para nuestro mundo y nuestro tiempo.

En primer lugar, debemos contrarrestar el odio. El racismo es absolutamente inaceptable. Debemos erradicarlo. El antisemitismo es absolutamente inaceptable. Debemos eliminarlo. La islamofobia es absolutamente inaceptable. Debemos borrarla. Los ataques contra comunidades cristianas y contra personas de fe cristiana son absolutamente inaceptables. Debemos detenerlos y evitar que se repitan.

Sin embargo, la campaña contra el racismo, el antisemitismo, la islamofobia y los ataques anticristianos será infinitamente más eficaz si estamos unidos. Los cristianos deben liderar la defensa de judíos y musulmanes. Los musulmanes deben liderar la defensa de cristianos y judíos. Los judíos deben liderar la defensa de musulmanes y cristianos. Y todos debemos unirnos contra el racismo. 
Los horribles sucesos de Christchurch, en Nueva Zelanda, Sri Lanka y Pittsburgh deberían servir como señales de alarma. Nos exigen a todos que estemos a la altura del desafío: unirnos en un esfuerzo universal contra el odio.

En segundo lugar, debemos proteger la libertad de culto. Cada persona tiene derecho a elegir su fe y a vivir de acuerdo con esta fe. En un mundo de globalización, inmigración y sociedades multiculturales, la fe de una persona a menudo se practica junto con la de otra. Por ello, debemos hacer todo lo posible para respetar la práctica religiosa de los demás y permitir que todos los hombres y mujeres cumplan con su fe, y se presenten ante Dios como hayan elegido hacerlo.

Cada una de las religiones monoteístas debe respetar profundamente a las demás. Cada una de las religiones monoteístas debe proteger los lugares de oración de las demás. Y en aquellas zonas donde los lugares sagrados se encuentran uno al lado del otro, o al otro lado, debemos mostrar tolerancia, prudencia y comprensión. No debemos permitir que una fe dañe o pisotee a las demás. Las personas de fe de todas las religiones deben unirse y dejar bien claro que la libertad de culto es universal y absoluta, y que puede ejercerse en todas partes, en cualquier momento, para el bien de todos los hombres y mujeres.

En tercer lugar, debemos luchar por la paz. En hebreo, no hay palabra más sagrada que shalom. Salam, pax, pais, frieden, mir, amani. La profecía de los antiguos profetas es la paz. La profecía de Jesús es la paz. La profecía de Mahoma es la paz. El anhelo más ferviente de la humanidad es el anhelo por la paz. Y en nuestra época interconectada, que ha convertido el mundo en una pequeña aldea, la paz es posible. Y es posible lograrla, pero, para avanzar hacia la paz, todos debemos ser valientes y generosos. Todos debemos cerrar las heridas del pasado y hacer todo lo posible para curarlas. Todos debemos reconocer los sentimientos de dolor, sufrimiento, injusticia y rabia, e intentar apaciguarlos. Debemos hacer todo lo posible para abordar la terrible miseria de tantas personas en Asia, África y Oriente Medio, ampliando el círculo de prosperidad y libertad. Y debemos esforzarnos por poner fin al conflicto en Tierra Santa con una solución de dos estados. Debemos dejar de lado el egocentrismo, la condición social y el nacionalismo, y mostrar solidaridad con aquellos que no son bendecidos con todo lo que otros hemos sido bendecidos. Debemos tratar de construir un nuevo orden mundial basado en la colaboración, la humildad y la dignidad. No debemos permitir que nuestras nuevas cualidades nos lleven a construir una nueva Torre de Babel. No debemos permitirnos traer a la humanidad un nuevo diluvio. Debemos recordarnos a nosotros mismos que, en el fondo, somos Adán y Eva. Los hijos e hijas de Adán y Eva. Y como hijos e hijas de Adán y Eva, debemos utilizar toda la riqueza que se nos ha otorgado para crear un mundo de paz y justicia. Un mundo de fraternidad humana.

Muchas gracias y que Dios esté con todos nosotros.

CATEGORÍAS: Interreligioso
ISSN: 1022-9833

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