La no anexión

Y el primero de julio vino y se fue; para satisfacción de muchos y la frustración de otros tantos, no ha pasado nada.

El tema no es reciente. Desde la conquista de Cisjordania en la Guerra de los Seis Días en 1967 se discute en Israel que hacer con los territorios y como administrarlos. Por muchos años, prevaleció la idea de que se podría mantener una ocupación blanda, en la cual la población palestina se beneficiaba de una mejora en su nivel de vida, encontrando trabajo y sueldos más altos en territorio israelí. Esa percepción se validó especialmente después de septiembre del 1970, con el liderazgo palestino exiliado, primero en Líbano y después en Túnez. 

La Guerra de Yom Kippur sirvió para convencer a los líderes palestinos de que no se podría eliminar al estado de Israel y que habría que encontrar una alternativa aceptando a su existencia. Y como consecuencia de la Guerra del Líbano en el 1982 y de la Primer Intifada en el 1987 quedó claro que había una nueva realidad, que ponía en campos distintos a los países árabes y los palestinos. Esos ahora estaban definitivamente solos.

En un primer momento los israelíes vieron a los territorios tomados en la guerra del 1967 como un elemento de canje: los palestinos no eran un actor presente y en acuerdos con Jordania y Egipto se les devolvería la Cisjordania y la Franja de Gaza, así como el Golán a Siria. Pero los árabes rechazaron a las negociaciones con los “tres no” de Khartoum y el valor estratégico del Valle del Jordán se confirmó con la formulación del Plan Allon. Empezaba a consolidarse la idea de mantener el control sobre el territorio, aunque formalmente se hiciera una devolución, a cualquiera.

A lo largo de las últimas cinco décadas también han ocurrido cambios estructurales en la percepción estratégica israelí: primero, los blindados iraquíes han desaparecido después de la invasión norteamericana del 2003; y después del 2005 se ha consolidado la amenaza balística triple, representada por Hamas, Hizballah e Irán. Así, si en un primer momento baja la percepción de importancia del Valle del Jordán, ya que no habría que impedir la invasión de los tanques iraquíes, a lo largo de los años se consolida el peligro de una tomada del poder en Cisjordania, o mismo en Jordania, por un grupo radical como el Hamas o Hizballah.

Esos son básicamente los aspectos geopolíticos que pautan la discusión sobre la anexión, o la aplicación de la ley israelí, dependiendo de quien lo nombra.

Los que son a favor dicen que el plan propuesto por el presidente Trump representa una oportunidad única: por primera vez en la historia un gobierno norteamericano ha apoyado la idea de anexión de territorios conquistados en la guerra de 1967. Por un lado, Trump puede perder las elecciones de noviembre, por lo tanto, hay que actuar ahora; por otro, si las gana, puede tratar de vengarse si su plan no es implementado ahora, ayudando así en su campaña junto al electorado evangélico. Defienden también la idea de que la mayoría absoluta de los expertos militares reconoce la importancia de mantener el control sobre el valle y, aun con la creación de un estado palestino independiente, Israel tendría que seguir controlándolo. Y que, aunque se extendiera los derechos a los palestinos que viven en las áreas anexadas, (para evitar las acusaciones de apartheid) los números son tolerables y no cambian la matriz demográfica. 

El plan Trump rompe el consenso creado por los llamados “Parámetros de Clinton”, que establecían que, con un acuerdo de paz, la mayoría de la población judía en la Cisjordania, ubicada en los grandes bloques alrededor de Jerusalem, en Gush Etzion, Ariel y Maale Adumim se incorporarían a Israel, a cambio de áreas transferidas al nuevo estado palestino. Con el plan, un área mucho más amplia puede ser anexado a Israel, pero con la garantía de creación del estado palestino. Puede ser que una proposición tan proisraelí sea solamente una tratativa de los norteamericanos de obligar a los palestinos a volver a la mesa de negociaciones.

Del punto de vista legal, la anexión crearía un hecho muy difícil de revertir, exigiendo una mayoría absoluta de votos en el parlamento israelí. Quizás sea este el legado que quiere dejar Netanyahu, especialmente si sale condenado del juicio a que está sometido.

No faltan argumentos a los que se oponen a la anexión. Los palestinos han rechazado por ahora cualquier discusión sobre el tema y uno de los efectos colaterales del proceso ha sido una aproximación, por lo menos pública, entre el Hamas y la Autoridad Palestina. Ambos ven cualquier anexión como una amenaza a la viabilidad del futuro estado palestino. Pero como se sabe que las diferencias entre ellos son fundamentales, especialmente en el rechazo del Hamas al derecho de existencia de Israel (para no hablar de su reconocimiento como el hogar nacional del pueblo judío), a nadie le importa mucho las escenas de sus liderazgos destinadas a la prensa.

Desde el exterior, la mayoría de las reacciones son negativas. La mayoría de los miembros de la Comunidad Europea se opone a cualquier acción unilateral de Israel, aunque el gobierno israelí cuente con sus aliados conservadores para bloquear cualquier retaliación. Y el gobierno Trump va a proteger a Israel en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aunque un gobierno Biden pudiera no hacerlo, como pasó al final del gobierno Obama. Por eso la presión de los que hablan de la “ventana de oportunidad”.

Otros argumentos se refieren principalmente a la población palestina. Aunque se estime en 100.000 el total de palestinos que vivan en el área “anexable” del Valle del Jordán, esos tendrían que recibir la ciudadanía israelí para evitar acusaciones de apartheid. Aun así, si también las colonias judías desparramadas por Cisjordania fueran anexadas, eso crearía un complejo mosaico de territorios israelíes en el medio de los grandes centros palestinos, con rutas de conexión que complicarían la comunicación palestina. Y a cada evento terrorista las barreras se harían más difíciles de administrar.

Curiosamente, parte de los colonos y políticos más radicales se oponen al plan, principalmente porque este incluye el congelamiento de las construcciones por cuatro años e incluye la creación del estado palestino. Esos elementos radicales creen que pueden mantener el control sobre el territorio e incluso ampliarlo, sin pagar un precio demasiado alto, y para probarlo hablan de lo que ha pasado en los últimos cincuenta años. 

Por fin, los que se oponen dicen también que los liderazgos de los países árabes sunitas, que se han aproximado a Israel en los últimos años, unidos por el temor a Irán, volverán a alejarse porque deben tener en cuenta la opinión pública en sus países. Jordania, especialmente, está en una posición vulnerable con una mayoría palestina en su territorio y cientos de miles de refugiados de la guerra civil en Siria. 

Ambos lados tienen argumentos válidos y apoyo para sostenerlos. Si Netanyahu cree que puede mejorar su situación política, al mismo tiempo que le da a Trump un empujón en su campaña por la reelección guiñándoles a los evangélicos, puede ser que veamos alguna anexión en Cisjordania, aunque sea simbólica. 

Samuel Feldberg, Ph.D.
Research Fellow at the Dayan Center - Tel Aviv University
Member of GACINT and Diversitas Graduation Program
University of São Paulo - São Paulo - Brazil
Brandeis University research fellow in Israel Studies - 2004
email: samuelfeldberg@gmail.com

ISSN: 1022-9833

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