América Latina en el mundo actual

El mundo internacional vive una etapa de incertidumbres en los más diversos campos. Las relaciones de poder sufren transformaciones, aunque hay continuidad y cambios. EE.UU. mantiene hegemonía militar desde el fin de la segunda guerra mundial. En la actualidad se van desvaneciendo los choques entre EE.UU. y Corea del Norte, aunque los líderes de ambos países son impredecibles. Se mantienen las declaraciones irracionales del presidente norteamericano, lo que profundiza las incertidumbres. En el campo comunicacional también hay hegemonía de los EE.UU., lo que le da gran influencia sobre la opinión pública, sobre los valores y le permite espacios políticos relevantes a determinados intereses.

En el campo económico hay cambios relevantes. Los EE.UU. mantienen cierto predominio, sobre todo en el campo financiero donde el dólar sigue siendo la moneda de reserva internacional. Es notorio, que frente a la crisis del 2008 en EE.UU. no había una moneda que la pudiera sustituir. Nueva York sigue siendo el centro financiero mundial más importante. El régimen capitalista vive una etapa de notorio predominio de lo financiero y de sus instituciones. Lo financiero domina sobre lo productivo y lo social. Grandes empresas productivas ganan más en sus inversiones financieras especulativas que por sus ganancias en sus productos normales. Hace tres décadas atrás los activos financieros eran un tercio del PBI mundial, pasando en la actualidad a representar más de 12 veces del mismo. El predominio de lo financiero en el campo internacional influye claramente en las políticas económicas de los países latinoamericanos. Además del predominio de lo financiero en el régimen capitalista, también sobresale la continuidad de los cambios tecnológicos y las innovaciones, donde EE.UU. mantiene cierto predominio, con fuerte competencia de China en los últimos tiempos, sobre todo en rubros nuevos como la digitalización, la inteligencia artificial, la automatización.

Uno de los cambios más importante de las últimas décadas lo constituye la pérdida de presencia y poder de la Unión Europea y Japón y el permanente ascenso de China en la economía mundial. En la actualidad China es el primer exportador de bienes y también de productos manufacturados. Con la llegada de Trump a la presidencia de los EE.UU. se profundizó la confrontación en el campo económico entre los EE.UU. y China. Una especie de guerra comercial, con aumentos de aranceles entre ambas potencias, hace muy difícil prever las consecuencias económicas, sociales y políticas de dicha confrontación. La cena en Buenos Aires de los líderes de EE.UU. y China, durante la reunión del G20, parecía una baja de la confrontación, pero con el presidente de los EE.UU. nunca es fácil prever las consecuencias de sus actos.

Una de las continuidades más claras de las últimas décadas surge del poder de las grandes empresas transnacionales que participan, como exportadores o importadores, del 75% del comercio mundial y están muy presentes en las cadenas globales de valor que representan alrededor del 80% de dicho comercio.

En el mundo político hay un descontento generalizado como consecuencia de las grandes desigualdades económicas y sociales que se siguen sucediendo en los países desarrollados. Las críticas se centralizan sobre la política, sus dirigentes, sobre los partidos políticos lo que sin ninguna duda, puede llegar a tener efectos muy negativos sobre las democracias occidentales. El triunfo de Donald Trump en los EE.UU. es un buen ejemplo de lo que estamos comentando, pero es sobre todo en Europa donde aparecen ejemplos significativos de extrema derecha, como en los gobiernos de Italia, Polonia, Hungría y Austria y fuerte presencia en Francia, Alemania, Holanda e inclusive en los últimos tiempos, en Suecia y en España con la presencia de Vox.

De este contexto internacional destacan la continuidad de los avances tecnológicos, el poder de las grandes empresas transnacionales, el predominio de lo financiero sobre lo productivo y lo social, algunas pérdidas de poder de los EE.UU. y la nueva presencia de China en el campo comercial, sus intentos de competir en el campo financiero con la creación de dos grandes bancos internacionales y sus relevantes avances tecnológicos.

Para el mundo internacional el conflicto y la competencia entre EE.UU. y China es muy relevante, pero adquiere una especial significación para la América Latina: EE.UU. tiene una privilegiada influencia política en la región, mientras que en el plano económico China es el principal comprador de los países de la América del Sur. Importa destacar que en las relaciones comerciales entre los principales países de la América del Sur y China se alcanza una nueva relación Centro- Periferia, donde China nos vende bienes y servicios de alta y media tecnología y los países de la región siguen exportando productos primarios con bajo valor agregado y bajo contenido tecnológico.

La región vive una etapa de fuerte derechización donde destacan con nitidez las actuales situaciones que se viven en Brasil y en Argentina, países con influencias sobre el conjunto de la región. El siglo XXI amanecía con diversos gobiernos progresistas: Chile, Brasil desde el 2003 al igual que Argentina, Venezuela con Chávez, Bolivia con Evo Morales, Ecuador con Correa, Paraguay de Lugo, Nicaragua con el Frente Sandinista, Uruguay desde el 2005 y Cuba desde hace casi 60 años. Yo nací a la vida política bajo la influencia de la revolución cubana. Hoy tengo que aceptar que después de casi 6 décadas el modelo económico ha fracasado y las libertades políticas nunca estuvieron presentes. Trabajé dos años con el gobierno Sandinista en Nicaragua y es absolutamente inaceptable la represión del gobierno de Ortega a los manifestantes en los últimos meses. Todos mis viejos referentes nicaragüenses critican abiertamente el actual gobierno que es muy difícil de defender. Venezuela es otro fracaso de gobiernos progresistas por la profundidad de la crisis económica, social y política. En los tres casos puede jugar el imperialismo de los EE.UU., pero de ninguna manera como la causa exclusiva de los fracasos. Por el contrario, predominan nítidamente los factores internos y, por supuesto, los errores de los gobiernos progresistas correspondientes.

Los gobiernos progresistas de la América del Sur han realizado mejoras sustantivas a las condiciones de vida de los sectores sociales más vulnerables, a través del gasto público social, de mejoras en el empleo y en los salarios reales, en la fuerte caída de la pobreza e inclusive mejoras en la distribución del ingreso. Pero se han cometido errores que consideramos importante poner arriba de la mesa. El primero, sin duda, es de carácter ético. Siempre supusimos que la corrupción era un fenómeno propio de los gobiernos de derecha y que ello constituía una diferencia sustancial. Los gobiernos de derecha se caracterizaban por aprovecharse de la corrupción. En cambio, los principios éticos de la izquierda aseguraban que en sus gobiernos no podría de ninguna manera existir la corrupción. Estos fenómenos de corrupción se sucedieron en gobiernos progresistas de Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Ecuador. En estos cinco países hoy gobiernan representantes de la derecha económica y política. No debiera haber ningún tipo de corrupción en los gobiernos progresistas.

En materia económica llama la atención la presencia en los equipos económicos de economistas ortodoxos, donde los casos más notorios ocurren en Brasil con Meirelles como presidente del Banco Central de los gobiernos de Lula da Silva y en Chile, con Aninat y Velazco como ministros de Hacienda. Frente a situaciones de crisis los gobiernos progresistas se inclinaron, en muchas ocasiones, por políticas ortodoxas que afectaron al conjunto de la sociedad, pero especialmente a los más vulnerables. En etapas de crecimiento económico, con ayudas de altos precios internacionales de los rubros de exportación, se mantuvieron los productos de exportación primarizados, con muy bajo valor agregado y sin cambios esenciales en la estructura productiva. No se aprovecharon esos momentos para los cambios necesarios en la matriz productiva, ni se avanzaron en cadenas de valor regionales que hubiese permitido avanzar hacia exportaciones de alta y media tecnología. No se avanzó en estrategias de desarrollo que permitieran un horizonte de mediano y largo plazo y sobre todo, la elaboración de una estructura productiva que atendiera una inserción económica internacional colocando recursos naturales con más valor agregado y contenido tecnológico y sobre todo, no tuvimos avances en la integración económica, incluida el Mercosur, para generar cadenas de valor regionales y exportar, como el mundo desarrollado, rubros de alta y media tecnología.

Se concretaron mejoras significativas hacia el paradigma de la igualdad, objetivo central de todo gobierno de izquierda, con avances en el gasto social, el relevante descenso de la pobreza medida por ingresos, (en Brasil salieron de la pobreza 50 millones de personas y en Uruguay bajó de 39% en 2004 a 7,9% en 2018), aumentos del salario real (en Uruguay con cifras superiores al 50% en términos reales en 10 años) y mejoras en el empleo.

Es posible que la distribución de la riqueza no haya sufrido modificaciones, en la medida que no hay grandes cambios de propiedad ni impuestos directos a los sectores más ricos. En estos gobiernos progresistas de la región no se efectivizaron importantes reformas tributarias, salvo excepciones, lo que marca las dificultades de transformaciones en las relaciones de poder. Los sectores financieros, con mucho poder en el campo internacional y los grandes medios de comunicación mantuvieron su poder y fueron aliados importantes en los procesos de derechizaciones posteriores.
En 2018 predominan los gobiernos de derecha en la América del Sur. En Colombia ganó la derecha uribista con Duque, Perú con gobiernos de derecha sufre un profundo proceso de corrupción. En Ecuador el presidente Lenin Moreno, aliado de Rafael Correa, se transformó en su principal enemigo. En Chile volvió a ganar Pinera, en Brasil Bolsonaro, en Argentina Macri y Paraguay continúa con gobiernos de derecha. Se mantienen gobiernos progresistas en Uruguay y Bolivia. Venezuela es más difícil de clasificar por su profunda crisis económica, social y política.

Con los gobiernos de derecha retorna el neoliberalismo, del Consenso de Washington de la década del 90 del siglo pasado. Vuelven principios que profundizaron las crisis económicas en el mundo desarrollado, de la última década. Sus principios básicos se basan en minimizar las acciones del Estado, porque se considera que el libre juego del mercado y el sector privado están en condiciones de resolver todos los problemas económicos y sociales. Pero la crisis del 2008 mostró que el mercado profundizaba la crisis generada por la propia desregulación financiera y tuvo que intervenir el Estado y el Congreso de los EE.UU. para mejorar la situación. En la misma crisis se demostró que no todo lo que hace el sector privado es virtuoso, como ocurrió con las acciones especulativas de diversas instituciones financieras. Las medidas centrales del neoliberalismo pasan por la liberalización económica, rebajando aranceles de protección productiva o eliminándolos. Se sigue promoviendo la desregulación financiera pese a la profunda crisis de hace una década, por el gran poder de las grandes instituciones financieras privadas y el predominio de lo financiero. No se aceptan empresas públicas y se plantean procesos de privatización de las mismas. Se plantea también la flexibilidad en las relaciones laborales para aumentar el poder del capital y afectar los intereses de los trabajadores. En el corto plazo el objetivo central es de carácter financiero y es garantizar el pago de los servicios de la deuda externa. Consiste en plantear ajustes de balanza de pagos para garantizar este objetivo. Si hay entrada de capitales el instrumento central utilizado es el déficit fiscal, que para esta concepción pasa a ser el origen de la mayoría de los males económicos existentes en un país. El ajuste clásico consiste en un descenso de la demanda interna por la vía de menor gasto público, menores salarios y menor disponibilidad de créditos. Lógicamente estos ajustes originan caída de la producción, mayor desempleo, menores salarios reales, mayores niveles de pobreza y de desigualdades. Si no hay problemas de deuda el objetivo central pasa a ser la contención de la inflación por la vía de ajustes derivados de recetas, como las que aplica el FMI, que no siempre se adecúan a las causas específicas de las subas de los precios internos. Es interesante señalar que para enfrentar problemas de deuda externa, y en menor medida de inflación, la intervención del Estado se vuelve imprescindible.

Brasil y Argentina son dos casos paradigmáticos para tener la fuerza y el poder de lo financiero y la capacidad de gobiernos de derecha para la estricta aplicación de ajustes fiscales. A las medidas del presidente Temer, como por ejemplo, la reforma laboral contra los intereses de los trabajadores y la congelación por 20 años del gasto público, se van a agregar las medidas más duras del gobierno de Bolsonaro que tomará posesión el 1 de enero. Adquieren mucho poder los militares, la iglesia evangélica y sectores conservadores rurales. Pueden perderse conquistas relevantes de los gobiernos del Partido de los Trabajadores que aumentaría tensiones y conflictos sociales y políticos, poniendo en juego nada más ni nada menos que los principios básicos de la democracia. Brasil es la primera potencia de la América Latina y estos acontecimientos derivados de la entrada de un nuevo gobierno de extrema derecha, pueden tener influencia relevante en el resto de los países de la región.

En Argentina ganó la derecha con Macri pero su gobierno, y especialmente su equipo económico, no ganó la confianza necesaria del empresariado ni del sector financiero. Esta es una de las principales causas de la profunda crisis financiera que generó aumentos de tres dígitos en el tipo de cambio, con la lógica influencia sobre la inflación. El clásico acuerdo con el FMI se está cumpliendo con ajustes muy profundos, que ya han generado retracción económica, aumento considerable del desempleo, fuerte baja de los salarios reales y aumentos significativos de la pobreza.

Los avances de la derecha generan modificaciones en las relaciones de poder sobre todo por la pérdida de fuerza de los sectores más vulnerables y de las organizaciones sociales que representan a los trabajadores.

En el Uruguay se han sucedido en forma consecutiva tres gobiernos de izquierda, con mayoría parlamentaria a través del Frente Amplio. De acuerdo a Latinobarómetro Uruguay es el país de la América Latina con mayor apoyo a la democracia. De acuerdo a otras instituciones internacionales, Uruguay y Canadá son los únicos países del continente americano con democracia plena. Estos son valores históricos en el Uruguay, que además se ha caracterizado por tener la mejor distribución del ingreso en la América Latina. Después de una profunda crisis financiera, productiva y social en el año 2002, tuvo un muy fuerte crecimiento económico entre el 2004 y 2014 con la ayuda del aumento de precios internacionales de sus principales rubros de exportación. La distribución del ingreso mejora por bajas del desempleo abierto, aumentos sustantivos en los salarios reales, importante incremento en el gasto público social -que pasó de 19% del PBI al 24%- y de una reforma tributaria que incorpora el impuesto a la renta de las personas físicas a los ingresos del trabajo y el capital. Este gobierno de izquierda se caracterizó por avances significativos en los derechos humanos y de los ciudadanos, destacándose las leyes de despenalización del aborto, el matrimonio igualitario, la que favorece a los trans y acciones para mejorar la equidad de género y medidas para favorecer a los afrodescendientes e inclusive para contemplar problemas generacionales. Hay un descenso muy importante de la pobreza, medida por ingresos y prácticamente la desaparición de la indigencia. Al igual que el resto de los países de la América del Sur incorpora rubros primarios a las exportaciones, pero no hay avances relevantes en el aumento del valor agregado de las mismas ni de contenido tecnológico. Aunque hay notorios avances en materia de pobreza, el tema de la fragmentación social hay que abarcarlo en su conjunto, porque se mantienen bajos niveles educativos de los pobres. Vivimos el mundo del conocimiento y avances tecnológicos y el tema del empleo va a ser uno de los más relevantes y más difícil de resolver. Es un gran tema para la izquierda, por ser una variable esencial para mejorar la igualdad.

Hay un gran tema cultural y surge de como la derecha se apropia del lenguaje de la izquierda y consigue la creencia, en algunas ocasiones, que el estado y el déficit fiscal son la causa de todos los males económicos. En este caso, el papel de los grandes medios de comunicación juega papeles relevantes. Pero en la Argentina de Macri no se lo creyeron. Y este gran tema de las relaciones de poder, seguirá jugando como un factor importante para definir la capacidad de transformación de los gobiernos de izquierda.

CATEGORÍAS: Latinoamérica
ISSN: 1022-9833

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