Pluralismo y judaísmo: reflexiones acerca de una aspiración

En contextos judíos el término “plural” y sus derivados es probablemente uno de los más manidos y manoseados. Cualquier corriente liberal se considera a sí misma “plural”, mientras que cualquier corriente ortodoxa denuesta el término por irrelevante. Esto conduce a que las corrientes liberales se confundan con opciones totalmente abiertas, mientras que la ortodoxia se prejuzga como cerrada al extremo de la xenofobia. Abordar el tema del “pluralismo” vinculado con el judaísmo es un desafío porque exige abordar los dos términos de la ecuación, que no van necesariamente juntos. Cómo conviven es buena parte de la cuestión.

La Real Academia Española (RAE) define “pluralismo” así: Sistema por el cual se acepta o reconoce la pluralidad de doctrinas o posiciones. Para ser coherentes, buscamos también “judaísmo” en la RAE: Profesión de la ley de Moisés. ¿Puede una ley, cualquiera sea, ser en sí misma plural? Más aún: ¿puede la ley de UN individuo ser plural? Lo UNO o único, tan medular al judaísmo, por ejemplo en la declaración diaria del “Shmá” (Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, El señor es uno), se opone a lo plural en el sentido de una suma de individualidades. Sabemos que el judaísmo es mucho más que “la ley de Moisés”. Allí es donde entra en juego esa dinámica contradictoria o aspiracional entre judaísmo y pluralismo. Porque precisamente todo aquello que excede (e históricamente excedió) a la “ley de Moisés”, vale decir, la tradición oral y las obras rabínicas de la Era Común, son las que desafían la unicidad del judaísmo.

Por otro lado, Wikipedia nos dice acerca de Judaísmo: se refiere a la religión, tradición y cultura del pueblo judío. Acerca de Pluralismo dice: En teología, a veces se conoce como pluralismo a la posición de que todas las religiones son caminos útiles para llegar a Dios… Precisamente por su naturaleza “plural”, Wikipedia nos abre connotaciones y por lo tanto opciones a las que la disciplina más estricta de la RAE, cuya misión es precisamente la unidad de la lengua, no nos permite acceder. Si el mundo fuera binario, o blanco y negro, judaísmo y pluralismo son excluyentes; en un mundo de grises y realidades complejas, la vinculación de los términos permite variaciones bien interesantes y seguramente enriquecedoras. Explorarlas es parte de lo que gusto llamar una conversación judía; toda conversación debe partir de otro, una pluralidad.

El judaísmo supone una uniformidad, no exenta de luchas intestinas; el pluralismo, aplicado al judaísmo, hace de la confrontación de opciones y percepciones que lo definen, su propia esencia. La combinación de Judaísmo y Pluralismo es un emprendimiento sutil, complejo, y ambicioso; si no lo encaramos así, esa misma combinación se torna burda, absurda, y peyorativa. Aplicar el adjetivo de “plural” al sustantivo “Judaísmo” no puede ser un acto banal. Lo banal no tiene nada de inofensivo, tal como surge del concepto acuñado por la también intelectualmente abusada filósofa alemana Hanna Arendt.

Quiero proponer una supuesta incompatibilidad de los términos en juego, a la vez que una posible reconciliación ideológica de los mismos. En una mirada tradicional sobre lo judío el “pluralismo” puede no tener lugar o, de hacérselo, que resulte muy poco significativo o relevante. El desafío es conciliar los dos términos, el sustantivo y el propuesto adjetivo, de modo que resulten fértiles. De lo contrario, como las especies, su reproducción será estéril. La esterilidad en el campo de las ideas es una tentación en la que muchos caemos, pero si queremos movernos en alguna dirección, preferiblemente hacia mejores estadios, más vale no sucumbir a ella.

La vinculación entre Judaísmo y Pluralismo adquiere una dimensión muy significativa en el siglo XXI, cuando como idea o ideología el pluralismo y la diversidad ocupan un lugar central en la opinión pública, en oposición a lo que se suponía “plural” en el siglo XVIII, por citar sólo un ejemplo. Si lo plural no era un valor, mal podía un judío percibirse como tal. Cuando la intolerancia campeaba, cuando culminaban siglos de guerras y persecuciones causadas precisamente por  la incapacidad de reconocer en el otro las diferencias, hablar de pluralismo antes del siglo XX, y aun así con reservas, es anacrónico.

Sin embargo, el judaísmo no fue nunca uniforme; por el contrario, fue fragmentario y fisíparo, tal como propone Paul Johnson en su “Historia de los Judíos”. Probablemente, me atrevo a sugerir, el momento más diverso en el judaísmo previo a ésta época que atravesamos sea veinte siglos atrás, en el siglo I de la Era Común. Allí culminaron, y terminaron en desastre, los desencuentros entre saduceos, fariseos, y esenios. No sólo dieron lugar al germen del Cristianismo que, a pesar de los movimientos “heréticos” florecería tres siglos después a lomos del decadente Imperio Romano, sino que ofrecieron la razón para que ese imperio, todavía en su apogeo, arrasara con toda la conflictividad que generaban los judíos. En términos actuales, vaya si fue una época plural: del ascetismo monacal de los Esenios en las cuevas del desierto de Judea a la rigurosidad ancestral y hereditaria de los Saduceos en el Templo, pasando por la labor rabínica de los Fariseos, no puede pedirse más en términos de pluralismo. Sin embargo, nadie, ni entonces ni hoy, percibe ese pluralismo como un fenómeno positivo y fértil. En definitiva, todo terminó en 135 EC con la definitiva destrucción de Jerusalém convertida en ciudad romana. A los saduceos y esenios se los tragó la historia, aunque las secuelas de algunos de sus valores perduran hasta hoy, y el fariseísmo sobrevivió en la forma del judaísmo rabínico, que más allá de las hoy inocentes controversias entre las escuelas de Shamai e Hillel, se ocupó de uniformizar los criterios de vida en los términos más claros posibles.

Históricamente, entonces, y aún con un Templo central en torno al cual se organizaba el calendario y el culto, el judaísmo sufrió un proceso de pluralización a su pesar; proceso con final infeliz. Final que se prolongó durante siglos. No podemos hablar de pluralismo propiamente dicho cuando comparamos el judaísmo en Egipto, en España, Francia, Holanda, o Europa Central; en esos casos hablamos de judaísmo inscripto en diferentes marcos culturales. Ser judío en el mundo musulmán era muy distinto a serlo en el mundo cristiano. Los judíos vivieron simultáneamente en realidades diferentes, pero las coyunturas los fueron corriendo geográficamente junto con el pasaje del tiempo. Maimónides nace y crece, en la España mora, pero escribe su obra y vive su vida judía en Egipto. Maimónides jamás habló de pluralismo. El judaísmo, como dios, era uno.

Con los valores de la Revolución Francesa, el Iluminismo, y la Emancipación, el Judaísmo se perfila nuevamente hacia características plurales. En el siglo XVI Iosef Karo había compilado su “Shuljan Aruj”, que con el correr del tiempo, y hasta nuestros días, es para muchos judíos la última palabra en cuanto a halajá y criterios para una vida judía; entretanto en el siglo XVII Spinoza, en lo que hoy llamaríamos un intento pluralista, fue excomulgado; y hacia la mitad del siglo XIX el Jatam Sofer, Moses Schreiber, acuño la célebre máxima: “lo nuevo está prohibido por la Torá”, en su fiera y determinada oposición a al movimiento reformista. Hasta ahí, de pluralismo nada.

Para los judíos que eligieron ver en las grandes ideologías de los siglos XVIII, XIX, y XX la solución al “problema judío”, el pluralismo se convirtió en el adjetivo medular de su judaísmo. Sin el mismo, era imposible conciliar una pertenencia judía y al mismo tiempo adherir a las formas de vida que los nuevos tiempos demandaban. No nos referimos a judíos que deseaban conscientemente desaparecer en las nuevas grandes corrientes ideológicas, sino a aquellos que querían navegarlas manteniendo al mismo tiempo su identidad. Sin el concepto de pluralismo esto no era ni es posible. Lo plural asume que existen formas alternativas de existir, ya sea identitaria o culturalmente; se entiende la vida como una multiplicidad de alternativas coexistentes, no excluyentes entre sí.

¿Eran los judíos helenistas de dos milenios atrás judíos pluralistas o judíos asimilacionistas? ¿Son los judíos emancipados e integrados de hoy pluralistas o asimilacionistas? ¿Dónde yace la salvaguarda de la naturaleza judía a merced de la larga sombra de la post-modernidad, con todo su relativismo y fragmentación? Es curioso que las mismas preguntas que enfrentaban nuestros antepasados en la época asmonéa y herodiana sean las que nos acosen a nosotros en nuestro tiempo; curioso y aterrador. Porque si dos mil años de historia no nos han enseñado nada, difícil entender cómo llegamos hasta nuestros días no sólo existiendo, sino vigentes. Hay algo plural aún en la más acérrima ortodoxia, y hay algo inamovible aún en el más liberal pluralismo. Es esa conciliación la que supone un desafío.

Cuando me refiero a “la más acérrima ortodoxia” no estoy siendo específico pero me refiero claramente a grupos de tipo “jaredí” o ultra-ortodoxos en su expresión más cerrada y recluida. Me refiero a los “Neturei Karta” de Jerusalém, en su momento paradigma del fundamentalismo religioso, hoy una de tantas sectas. Todas ellas se aíslan y auto-excluyen en el afán de unificar el judaísmo, pero aunque no esté dicho, saben que hay un mundo exterior que los cobija y protege, aunque lo desprecien y estigmaticen. Sea en Jerusalém o en Bnei-Brak o en Williamsburg, Brooklyn, NY. Está claro que ningún judaísmo dogmático y fundamentalista puede sobrevivir no ya sin otros judíos sino sin otros. En esos casos no hablamos de pluralismo porque la existencia del otro, judío o no,  es meramente funcional. Existe, pero es transparente.

Por otro lado, cuando me refiero al “más liberal pluralismo” me refiero a grupos de judíos (no hablo de corrientes o denominaciones porque estás están obligadas, por definición, a imponer algún tipo de parámetro) que reducen lo judío a una mera enunciación de voluntad. Soy judío porque digo que soy judío; y lo digo porque algún hilo me ata a ese grupo de personas a quienes identifico como judíos. Es el pluralismo del “vale todo”, de la informalidad, de la pura palabra en oposición a la mínima acción. Pero sobre todo, es el judaísmo que se resiste ferozmente a distinguir entre lo que es judío (cualquiera sea el parámetro) y lo que no es; a veces es una resistencia coyuntural, de situación puntual, otras es una resistencia ideológica. Caso claro de límites lo constituyen padres o madres que no pueden subir a la Torá por no ser judíos, o cónyuges que no pueden ser sepultados en el mismo cementerio (judío) porque uno de ellos no lo es.

El “pluralismo” se activa, y genera conflicto, precisamente cuando los judíos transitamos más cerca de los límites del mundo no judío. Cuando nos “helenizamos” o buscamos no ser tan distintos al resto de la sociedad en que vivimos. Tan “border-line” nos convertimos que perdemos de vista la naturaleza selectiva del grupo humano al que pertenecemos. Naturaleza o enunciado que cuánto más “plurales” somos, más nos molesta. Es aquello de “pueblo elegido”.

La frase es generalmente entendida como preferencia, superioridad, segregación; cuando en realidad es más que nada especificidad, demanda, y responsabilidad. La palabra “kadosh” es generalmente traducida como “sagrado” o “bendecido” cuando en realidad en términos judíos refiere a “apartado”, “tomado para sí, para uno”, “elegido” para cumplir una función. Vista la historia del pueblo judío desde su mismo origen, nadie puede pensar que lo de “elegido” apunta a superioridad o privilegios, cuando lo opuesto es la realidad. En todo caso, la narrativa judía construye el mito del pacto y la consagración como forma esencial de consuelo frente a las adversidades. No por nada somos pueblo a partir de una liberación de la esclavitud. Todos los pueblos del mundo, sean los romanos en el siglo I o los ingleses en el siglo XVIII, necesitan un destino de grandeza.

De modo que un judaísmo tan plural que su contorno se desdibuja no parece razonable. La cuestión radica tanto en los límites del contorno (la extensión de lo judío) como en su nivel de dilución (la cualidad de lo judío). En lo personal, entrar en una iglesia y asistir a una misa no afectan mi judaísmo; a muchos, sí. Yo aplico un criterio plural; muchos aplican un criterio restrictivo. Nadie, ni ellos ni yo, discuten mi ser judío, se discute mi actuar judío. La prohibición de la idolatría es de las más firmes en el judaísmo.

Pero sin duda el gran problema respecto a judaísmo y pluralismo no está en los límites exteriores sino en las divisiones interiores. La opinión pública judía no está afectada o preocupada por algunos de nuestros hermanos y hermanas que se mueven en los márgenes de nuestra identidad, sino en quienes se sienten plenamente judíos y sin embargo se saben y sienten discriminados por otros judíos; de ambos lados del espectro. La falta de pluralismo parece, pero no es, exclusiva de los grupos dogmáticos religiosos. Cualquier extremo que haga de su verdad excluyente su bandera está atentando con la capacidad del judaísmo de ser verdaderamente plural.

El pluralismo en el judaísmo surge como una necesidad imperiosa en el siglo XVIII con la emancipación, y posteriormente con el surgimiento del Movimiento Reformista. La reacción a este fenómeno es doble: por un lado la “ortodoxización” de la “ortodoxia” (valga la redundancia) y por otro el surgimiento del Movimiento Conservador o “Masortí” (tradicionalista) como punto medio (simplificando) entre ambos extremos. Lo cierto es que todos estos movimientos han tenido transformaciones no menores a lo largo de los siglos que siguieron, no exentos de influencia mutua. Hoy día cualquier persona medianamente informada sobre judaísmo sabe que hay no sólo varias denominaciones sino varias mixturas y combinaciones así como vivencias personales. Si alguna vez el judaísmo fue plural, es ahora.

El problema no es el nombre, sino cómo se percibe y cómo funciona. Dónde están puestas las energías y cómo se canalizan. Cualquiera sabe que hay judíos reformistas u ortodoxos; el problema es cómo, dónde, y con qué fin se vinculan unos y otros. Porque si es para denostarnos y negarnos mutuamente, el camino ya lo conocemos. La particularidad de la historia judía es que parece repetirse, aunque el gran desafío sea perfeccionarla. Ya sabemos qué pasó cuándo unas sectas negaban a las otras, mientras que también sabemos cómo florecimos y sobrevivimos cuando “éstas y éstas fueron las palabras del Dios viviente”, parafraseando el Talmud. No en vano rompemos una copa en cada ceremonia de casamiento judío; llevamos con nosotros, aún en la mayor alegría, la noción de tragedia y pérdida.

El desafío de nuestro tiempo parece ser cómo encontrar un acto simbólico que exprese las rupturas (que las hay) pero que a la vez preserve la unidad, tal como se hace en una jupá. El pluralismo judío supone tantos espacios de rezo como minianím (grupos de diez individuos judíos) puedan formarse; la singularidad, las tradiciones, las liturgias y melodías, y la forma espacial y humana de organizar un rezo merecen respetarse y valorarse. La posibilidad de elegir cómo y dónde rezar es un privilegio que los judíos conocemos muy bien. Tan es así, que cuando nos visita en nuestra sinagoga un judío o judía que sabemos forma parte de otro minián, es motivo de alegría y honor. Es un acto de hermandad.

El pluralismo también supone escuchar diferentes voces. La tradición talmúdica es plural en esencia aunque haya tendido a uniformizarse en la práctica. Probablemente la gran diferencia de nuestro tiempo es que el pluralismo argumentativo de la tradición rabínica encuentre hoy más divergencias de interpretación y práctica que antaño. Los dramáticos cambios en el conocimiento y la tecnología, que se aceleran en forma exponencial cada año que pasa, obligan a optar. Muchos judíos, si no la mayoría en términos estadísticos, han optado por integrarlos a su práctica judía. Algunos priorizando el libre albedrío, otros mediante responsas rabínicas, y otros porque es simplemente inevitable.

El concepto del judaísmo como inventario de normas ha sido transformado, por muchos, en inventario de opciones. La halajá no es un mandato, es una opción de vida, y como tal puedo tomar de ella las prácticas que no sólo enriquecen mi vida, sino que no la distorsionan de una forma que me resulte alienante. Poder pensar la halajá de esa manera supone un pensamiento plural. Cuando la concebimos como un inventario obligatorio y excluyente (todo o nada), no estamos siendo pluralistas.

Lo que vale la pena destacar es que el pluralismo no es inherente a una corriente o ideología. En teoría, un judío ultra-ortodoxo podría ser pluralista si aceptara con respeto aunque con distancia las elecciones de sus semejantes en relación a su vida judía. Del mismo modo que un judío secular puede auto-denominarse plural sólo si acepta la tradición rabínica y la autoridad de rabinos para aquellos que eligen guiarse por ella y erigir en ellos sus autoridades. O una comunidad igualitaria cualquiera sería considerada plural sólo en la medida que acepte que en ciertos círculos, y de las más variadas formas, la mujer ocupa roles que han sido consensuados tanto por ellas como por los hombres en sus comunidades. Nadie tiene el monopolio del pluralismo. De hecho, es mucho más fácil predicarlo que ejercerlo.

Lo que el pluralismo impone es la capacidad de ver y reconocer al otro. Pluralismo no es tolerancia, término en desuso si los hay; es aceptar en términos de igualdad las opciones que otros toman. En términos judíos, ser plural significa que aunque no comparta ni participe de la vida judía del otro, la acepto como válida y la respeto como aquello “que no es lo mismo pero es igual”, como escribió Silvio Rodriguez.

Para que dos cosas sean comparables deben tener elementos que los diferencien y elementos que los igualen. No es posible vincular como “diverso” o diferente aquello que nada tiene en común, son simplemente dos cosas distintas. Por ejemplo, pueden compararse Judaísmo, Cristianismo, e Islam en cualquier combinación porque si bien son esencialmente diferentes, tienen puntos en común claros. Hacia dentro del judaísmo, la negación del pluralismo parece acentuar las diferencias a un punto tal que dificulta tener en cuenta los elementos comunes. Estos son aquellos que generalmente no nombramos, ni percibimos,  pero que unos y otros recreamos permanentemente.

El judaísmo tiene un libro fundacional, la Biblia, común a todos. De ella surge no sólo la ley o halajá (concretamente del Pentateuco) sino las historias y mitos fundacionales, la filosofía de los profetas, y la poesía y enseñanzas lisa y llana de los Salmos y el Eclesiastés. A partir de allí, y mal que nos pese, surge la literatura rabínica recogida en el Talmud y en subsiguientes textos a lo largo de los siglos, hasta nuestros días. Son precisamente estos textos en toda su extensión lo que habilitan el pluralismo dentro del judaísmo. Si mujeres y hombres rezan juntos o separados, si usamos amplificación o no encendemos luces, nada afecta lo básico del judaísmo: Shabat sucede cada semana, y cada año leemos la Hagadá de Pesaj. El mero hecho de sentarnos a la mesa a relatar la salida de Egipto nos hace judíos. La esclavitud de Egipto y la noción de libertad nos unen.

Hubo un tiempo en que el Reformismo leía en el idioma del lugar en lugar del hebreo; incluso el Movimiento Conservador incluía liturgia en idioma vernáculo. Sin embargo, la tendencia ha sido a uniformizar, en mayor o menor medida, el rezo en hebreo. La propia dinámica impuesta por los congregantes genera alternativas permanentes. El pluralismo es dinámico por definición, pero más por circunstancia. Apela a lo individual en el marco de lo colectivo. Por eso lo plural se expresa con mayor fuerza en comunidades que priorizan al individuo por sobre el colectivo, o en todo caso este último se conforma en función del primero. En oposición a comunidades donde el concepto de revelación superior (Dios, autoridad rabínica, líder espiritual) prevalece.

Hablar de Pluralismo y Judaísmo sin hacer referencia al “Horno de Ajnai” en el Talmud (https://urielromano.files.wordpress.com/2015/06/2-dios-no-te-metas-baba-metzia-59b.pdf) sería un despropósito. Como enseñara en una oportunidad el académico israelí Micha Goodman, todo depende dónde se corte el relato: para las corrientes liberales, el relato se suspende cuando dice que la Torá “no está en el cielo” y que ya no nos regimos por una voz del cielo; para las corrientes más ortodoxas, el texto termina con el concepto de “seguir a las mayorías”. “Ajnai” nos enseña acerca de la fertilidad de la discusión en sí misma, acerca del empoderamiento de los hombres (y mujeres, claro), pero también acerca de la necesidad ineludible de finalmente actuar en una dirección, tener un criterio, una cierta noción de unidad.

Tal vez frente a éste polémico tema deberíamos adoptar la actitud de Dios tal como la cuenta “Ajnai”: (son)reír y decir, “mis hijos me han superado”. El pluralismo en el Judaísmo es la mejor herramienta para su supervivencia, y ésta a su vez está dada por su permanente evolución. El pluralismo tiene límites, sobre todos del Judaísmo hacia fuera; pero puede multiplicarse indefinidamente hacia dentro, generando opciones y formas de vida judía relevantes, actuales, y coherentes. En ese sentido, nuestros hijos tienen ante sí el desafío de superarnos mediante la innovación. No hay innovación posible sin pluralismo. Todos los grandes movimientos judíos que nos han traído hasta nuestros días están apoyados en el concepto de lo plural, y todos encontraron en su momento oposición del establishment.

Al mismo tiempo, si no tenemos una noción de “mayoría” nos auto-excluimos en lo personal. El Judaísmo supone una clara noción de pertenencia, y la pertenencia a su vez implica un límite. El pluralismo entendido como dilución de las fronteras no es pluralismo judío, sino la cierta desaparición de lo judío. Como en “Ajnai”, los vaivenes entre posturas y acción constituyen un nivel de sofisticación de criterio difícil de alcanzar. Pero en ello está nuestro destino. Porque ignorar al otro en aras de preservar aquello que llamamos “EL” judaísmo no conduce sino a la desaparición de los judíos.

ISSN: 1022-9833