Seis principios para una integración regional exitosa

El tema de la integración regional ha adquirido una centralidad cada vez mayor en la política de nuestros tiempos, en un mundo que se está reconfigurando velozmente alrededor del fenómeno que hemos elegido denominar globalización. La extraordinaria centralidad que han ganado los procesos globales nos plantea una serie de problemas y crisis que son frecuentemente mencionados pero a los que raramente se intenta dar una respuesta acabada.

Para comprender las claves de la integración regional en un mundo globalizado precisamos entender cuáles son los principios válidos para esta integración.
El primer principio de una integración regional exitosa es que la integración debe ser multidimensional. No podemos pensar en una integración solamente política que prescinda del mundo económico e ignore sus determinaciones, pero tampoco podemos reducirnos a una lógica integradora solamente económica y comercial sino que tenemos que integrar las dimensiones económica, financiera y comercial con una lógica fuertemente política y cultural.

La Modernidad es un sistema que depende a su vez de dos grandes subsistemas: el económico y el político. Esta tensión entre los principios de la economía y la política permitió la armonización provechosa entre el avance tecnoeconómico y la redistribución política de sus beneficios, creando un círculo virtuoso de prosperidad en el que se basa el actual prestigio de los estados nacionales. La globalización ha roto con el empate virtual entre capitalismo y democracia dado que el sistema económico ha sido mucho más rápido y hábil en organizarse globalmente en una red que el sistema político democrático.
Este desequilibrio presenta para su resolución dos posibles soluciones. Una, es la solución reaccionaria propuesta por quienes creen que es posible volver atrás las ruedas de la Historia. Cualquiera que haya estudiado la sociedad global de la información y el desarrollo de las nuevas tecnologías sabe que éste es un proyecto imposible de ser llevado adelante. La otra forma es que la política se adecue al proceso de globalización mediante la reconstrucción de su propio sistema de poder, es decir: de la ampliación de su sistema parlamentario y de gobernabilidad a la escala regional y global. De aquí la importancia de una integración regional multidimensional que contribuya a este reequilibrio sistémico y abra las puertas a un mundo en el que la política y la economía tengan ambas su propia independencia.

El segundo elemento para una integración regional exitosa es la multilateralidad (y no la multipolaridad, que muchas veces es erróneamente presentada como principio equivalente). Un mundo multilateral es un mundo donde las decisiones comunes son tomadas contemplando los intereses y las visiones de los diferentes elementos que la componen. En el cual, exista una representación de los intereses de los ciudadanos del mundo a través del único método que los seres humanos hemos creado que resulta efectivo para empoderar esta representación: el principio "un hombre = un voto", las instituciones democráticas, y entre ellas, los Parlamentos.
Por el contrario, el multipolarismo, implica la existencia de polos de poder que disputan el espacio inter-nacional en términos de hegemonía y contemplando los problemas generales sólo desde el punto de vista de la defensa de sus propios intereses.

El tercer elemento para una integración regional exitosa es el multiculturalismo. 
En la época en que los estados nacionales operaban como grandes contenedores impermeables la identidad personal era imaginada y moldeada, hasta donde esto era posible, mediante la intervención de los sistemas culturales nacionales. Sin embargo, la reducción de la identidad a identidad nacional y la limitación de la cultura a su aspecto territorial causaron también enormes problemas.
He aquí un error que no debe repetirse. Cuando pensamos la identidad sudamericana y latinoamericana y sus formas culturales específicas no debemos pensarla en términos de uniformización y homogeneidad, sino en términos de pluralismo, multiculturalidad e identidades superpuestas, según las cuales es posible considerarse al mismo tiempo ciudadano de su país, orgulloso habitante de una ciudad, parte de la comunidad latinoamericana y un miembro más de la humanidad.

El cuarto elemento de la integración atañe a su principio político-organizativo básico, que no puede ser otro que el federalismo. La unidad regional no debe basarse en la disolución de los estados nacionales existentes sino en su articulación regida por los principios federales que varios de sus países han aplicado a su propio ordenamiento interior. Este mismo principio debe ser aplicado a nivel regional, ya sea sudamericano o latinoamericano, y también a nivel mundial. Tenemos que empezar a pensar y actuar a favor de la construcción de un gran federalismo mundial en donde las naciones no desaparezcan sino que se integren en una unidad superadora que sea capaz de brindar respuestas satisfactorias a los grandes problemas globales.
Directamente relacionado con el fundamento federal de la construcción política supranacional está el quinto principio, el de subsidiaridad. La subsidiaridad establece que las decisiones deben tomarse en el nivel más pequeño que permita: la representación de los intereses de todos los afectados, y una escala efectiva de resolución.
Por ejemplo, cuando los Estados Unidos y/o los demás países de escala continental, como los del BRIC, toman una decisión sobre qué base energética van a emplear, esta determinación afecta a sus vecinos y al conjunto de los ciudadanos del mundo. El resto de la comunidad internacional tiene el derecho de participar y el orden global de hacer que esa participación se efectúe no sólo en términos de multilateralismo (una nación = un voto) sino de democracia (un hombre = un voto), es decir: a través de mecanismos multilaterales y democrático-parlamentarios que deberían incidir en esa decisión en nombre y representación de todos los habitantes del planeta.
En un mundo global la contradicción entre soberanía nacional e integración es aparente. La opción por la soberanía nacional absoluta -es decir: por el aislacionismo y el proteccionismo- disminuye  las capacidades democratizantes de los estados nacionales; en tanto que la alternativa a favor de la integración multidimensional, las incrementa. Como hemos visto, el modelo europeo demuestra que la mejor manera de preservar y ampliar las capacidades autónomas de los estados nacionales es apostar por una integración regional profunda, transfiriendo poderes desde el nivel nacional hacia las instituciones federales regionales en todos los temas que han superado la potestad y las posibilidades de acción de las naciones.

El último -y acaso el principal- de los principios para una integración regional exitosa es el de la democracia.
En un mundo global la integración regional adquiere una importancia decisiva, pero aún más importante es que la integración se desarrolle en términos democráticos. En este sentido Europa nos da dos grandes lecciones; una gran lección positiva y otra negativa. La positiva es bien simple: la democracia en Europa era un régimen muy raro y minoritario hasta que comenzó, después de la Segunda Guerra, el proceso de integración regional que es hoy el laboratorio del federalismo regional de todo el mundo. Muchos atribuyen este mejoramiento de los estándares democráticos europeos a la derrota de los estados totalitarios durante la Segunda Guerra. Sin embargo, la derrota de las fuerzas imperiales durante la Primera Guerra no llevó a la consolidación de la democracia en el Viejo Continente sino, precisamente, al surgimiento del nazismo, del fascismo y del estalinismo. Sólo la creación de una democracia regional fue capaz de instalar establemente regímenes democráticos en todo el continente europeo, inclusive en aquellos países del sur -como Grecia, España, Italia y Portugal- en los que varios regímenes dictatoriales habían sobrevivido a la guerra.
De manera que la experiencia europea nos brinda una valiosa lección que aconseja apostar por la construcción de una democracia regional como el principal método para consolidar las democracias nacionales del continente, y sugiere también que las cláusulas democráticas para la integración constituyen un aliciente fundamental que consolida la posición de las fuerzas democráticas internas de todos los países y debilita las tentaciones autoritarias y totalitarias.
Cuando estudiamos Europa tenemos que aprender no solamente de sus éxitos sino también de sus fracasos. Y uno de los fracasos de la Unión Europea es la distancia creciente entre las instituciones regionales y los ciudadanos europeos, que se ve muy claramente expresada tanto en la falta de participación en las elecciones regionales como en el hecho de que esas mismas elecciones regionales se deciden según polaridades políticas nacionales.

He aquí un error que tenemos que evitar reproducir en Latinoamérica: la falta de participación ciudadana en los procesos políticos regionales y la conservación obsoleta del carácter nacional del sistema eleccionario y del sistema de partidos. Necesitamos instituciones y parlamentos para achicar lo más posible la brecha de representación entre los representantes y los representados, junto con elecciones regionales que integren un sistema de preferencias de distrito único regional que se constituyan progresivamente grandes partidos políticos regionales determinados por las polaridades políticas transnacionales y no por lo intereses nacionales, como está aconteciendo ya en la Unión Europea.
Sólo así, promoviendo la multidimensionalidad, la multilateralidad, la multiculturalidad, el federalismo, la subsidiaridad y la democracia alcanzaremos los seis principios básicos de una integración regional exitosa.

ISSN: 1022-9833

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