El atentado a la Embajada en primera persona

Tengo más preguntas que respuestas.

¿Cuál es la palabra que habla de lo que nos sucedió aquel 17 de marzo? 

La primera que se me ocurre es Impunidad. Pero no es la única. También la palabra dolor. El dolor fue y es, está ahí. Es una marca. La impunidad también es una marca. Puedo decir, y no creo equivocarme, que la impunidad y los ataques se modelaron juntos, como una sola roca, como un monstruo, como un viento de fuego sobre los ojos de un niño.

Estos veintitrés años confirman, uno tras otro, que fue así.

Los ataques a la Embajada de Israel y a la AMIA en la década del 90, son dos acontecimientos históricos que marcaron el final del siglo XX en Argentina. En nuestro país son conocidos como “Los Atentados”. Sin adjetivos, ni aclaraciones. “Los Atentados”

¿Son invisibles quienes planearon la masacre de la Embajada, quienes la ejecutaron? 

El poeta Daniel Chirom, mi amigo, escribió en su poema “Elías”:

“Las puertas de lo invisible, son visibles.”

Después de los horrores, de buscar asistencia por mi propia cuenta, pude levantarme. Dejar atrás los escombros. Así y todo, en ese tiempo sólo podía dormir dos horas cada noche. Despertar semana tras semana, mes tras mes, en la mitad de la noche sobre un charco de agua en el colchón.

¿Qué hacer con ese/este dolor? ¿Alguien puede elegir el papel que ocupa en una tragedia? Cuando una ola en la playa empuja a un nadador lejos de la costa o contra las piedras, no hay opciones. La ola no pregunta. Te arrastra.

Hace unos años decidí que era tiempo de dar el paso, el dejar de ser una víctima para ser un testigo. Entendí que es uno quién tiene que dar un testimonio para mantener viva la memoria. Los muertos no pueden.

La víctima es una imagen congelada del sufrimiento. Que se encuentra atrapada en un pozo, sin encontrar la salida, en un círculo vicioso que se retro-alimenta.

Ser testigo fue un paso adelante. Me permitió salir de la trampa y caminar. No enfrenté a la bomba. Era inútil. No debo hacer frente a un fantasma. Me hice cargo de lo que pasó, la acepté y la sumé a mi carga.

Cuando digo caminar, estoy diciendo mirar hacia adelante, pero con la actitud del montañista, que camina cuatro pasos hacia arriba, pero cada cuatro pasos mira hacia abajo para mantener la referencia. El testigo da un testimonio por los que no pueden hacerlo.

Publiqué entonces “Cuentos bajo los escombros”, que reúne diez textos de ficción que estaba corrigiendo Marcela Droblas - más abajo me referiré a ella, muerta en el atentado - y que encontré en unas bolsas que guardaban lo poco que se pude rescatar del edificio destruido.


Sabemos lo mismo

Pasaron días, semanas, meses, años y sabemos lo mismo que al principio.

Lo que ocurrió nos atravesó a quienes estuvimos allí, lo llevamos puesto como una carga como para no olvidarla. Para no hacerlo olvidar. Ser testigo.

Todavía esperamos saber quiénes fueron los responsables materiales y políticos, quienes fueron los que decidieron hacer estallar esa casona en el barrio norte de la ciudad sin importarle la muerte de los otros. Acaso nos hemos cruzado, nos cruzamos con ellos más de una vez por la calle, sin saberlo. Hasta ayer decía Maldita Impunidad. Ahora la impunidad se ha vuelto un sordo dolor, otra herida profunda que late y que me reclama e interpela por Justicia.

Quienes trabajábamos en la Embajada éramos personas comunes, con actividades comunes: ir al supermercado, al cine, a la cancha, visitar a la familia, simplemente transitar. Las que se perdieron eran vidas comunes, valiosas, irrepetibles.

Los números son importantes pero cada historia lo es más, nos ayuda a comprender la enormidad de lo que nos sucedió. Un testimonio apunta siempre a hechos, personas y situaciones concretas.

Con Marcela Droblas y con Eliora Carmón hable dos minutos antes de que el edificio explotara.

A Marcela, la ví, sonriente, estaba con su almuerzo: una pera y un yogurt. Le hice una broma. Estaba entusiasmada con su nuevo novio al que había conocido en sus vacaciones en las Cataratas de Iguazú y en la posibilidad de un cambio de trabajo, a la embajada de Unión Europea, que se abría en esos días.

Eliora, amabilísima, me habló de una nueva canción para el coro de la embajada, nos reuníamos a ensayar en su casa. Tenía tiempo de trabajar, y de atender a sus cinco hijos. Recuerdo hoy sus voces y sus gestos. Ambas quedaron bajo los escombros.

Reitero: Vidas comunes, simples, irrepetibles.

Es en esas voces que hoy no están que identifico la tragedia.

Las familias siguieron adelante. Los padres de Marcela, los hermanos. Dani Carmon, sobreviviente, siguió adelante, se ocupó de sus hijos y formó una nueva familia a la que conocimos cuando hace tres años, cuando se cumplieron los 20 del atentado. También vinieron esos chicos que corrían por la casa cuando ensayaba el coro, hoy muchachos, hombres.

Otros compañeros tampoco salieron de los escombros.

Mirta, que estaba contenta porque había adelgazado y su hijo dejaba la adolescencia con buenas notas.

David, que había llegado a la Argentina hacía poco y quería enterarse de todo.

Beatriz y Graciela, que era difícil encontrarlas de mal humor.

Eli, que no hablaba castellano, mezclaba las palabras y nos hacía reír a todos.

Zehava, que era un poco tímida, atenta, de buenos modales.

Raquel, que tenía toda la paciencia del mundo.


Aquel día

Estos días me preguntan qué recuerdo del 17 de marzo. Poco y nada.

Pude tener algunos detalles a través de algunos colegas que estaban allí, cuando salía de los escombros. Eduardo Mirabelli me contó que me vio y me sacó como pudo de allí. Daniel Hadad me dijo que iba en un taxi con Antonio Ambrosini, escuchó la explosión y cuando llegó, me vio. Era un fantasma cubierto de tierra y sangre. Y ahora estoy escribiendo este texto, tratando de pensar, convivir con ese fantasma que fui, que soy, que seré.

¿Cuánto queda de ese tipo tambaleante, sin saber lo que había sucedido y sin sospechar que 23 años después no habría ni siquiera acusados, ni sospechosos, ni encarcelados? ¿Fueron alienígenas? ¿Eran invisibles?

Camino de la ambulancia, me contaron, alguien me puso un teléfono celular en la oreja, escuché un ola y de inmediato la voz de un hombre llorando a moco tendido. Era la voz de Marcelo Cantelmi, que lloraba como un hombre al escucharme balbucear, saber que estaba vivo. Por mucho tiempo pensé que eso no había pasado.

A lo largo de estos años, si algo recibí en aniversarios o fuera de ellos, fueron abrazos. Hay uno que quiero relatar especialmente. Acaso después de hablar con Cantelmi, recibí un abrazo que no recuerdo pero que - al igual que el llanto - nunca olvidaré.

Después vi las fotos en los diarios. El abrazo de mi viejo, que vaya uno a saber cómo hizo para llegar hasta allí, venciendo todas las barreras de seguridad. No le era tan difícil: cuando era chico me llevaba a la tribuna de socios de La Bombonera, y detrás mío sostenía la presión de la tribuna para que pudiera estar parado sin sobresaltos. Lo manché con mi sangre - es decir, con su sangre - todo el traje, me diría después.

Impunidad y Dolor, Memoria y Testimonio.

Los ví ayer, los escuché ayer, los abracé ayer. Fue apenas ayer.


Email del autor: aquicohen@gmail.com

ISSN: 1022-9833

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