Sobre Avrom Sutzkever en su 75° cumpleaños

Avrom Sútzkever es considerado el mayor poeta viviente en el idioma ídish. Se lo tiene por candidato al Premio Nobel de Literatura. Con motivo de su 75° cumpleaños se efectuó en París un emotivo acto académico en su homenaje, presentándose en la ocasión un volumen de sus poesías traducidas al francés.

El Arq. Eliahu Toker, autor de las siguientes líneas, es, precisamente, el traductor al castellano de la poesía de Stúzkever. Toker ha hecho y hace mucho para difundir la literatura, la poesía y el pensamiento judíos entre judíos y no judíos.

Contribuyó con su “Léivik” a la Biblioteca Popular Judía del Congreso Judío Latinoamericano y ha sido integrante del Consejo Asesor de Coloquio.


Avrom Sútzkever es una de las personalidades más interesantes de la poesía ídish contemporánea. A pesar de sus setenta y cinco años y de que la guerra, el gueto y el Holocausto alimentan una porción sustancial de su poesía, se trata de un poeta esencialmente joven, primaveral, que trasmite las vivencias más tremendas por medio de imágenes bellísimas, utilizando un idioma imaginativo, musical, repleto de descubrimientos. En su obra, además, se puede escuchar el latido del pueblo judío a lo largo de estos años sacudí dos por momentos de humillación, angustia y muerte, pero también por períodos de gran exaltación vital.

Desde ya que hubo otros poetas judíos que también dieron palabras a la experiencia contemporánea de su pueblo, pero ningún de ellos estuvo ubicado, en el transcurso del último medio siglo como Sútzkever, exactamente en los escenarios donde se jugaba el drama histórico judío, dando testimonio lírico. Así puede reconocerse a través de su caudalosa obra poética, una suerte de hebra que va hilvanando su biografía con la de su tribu. Tras una infancia abierta a las inmensidades de Siberia participa de uno de los más inquietos centros judíos de Europa Oriental, el de Vilna; conoce el gueto al caer Vilna en manos nazis; huye de allí, por las cloacas, a los bosques donde participa de la lucha partisana; finalizada la guerra es llamado como testigo a Núremberg y renace, por fin, con el Estado judío en Israel, transformándose en uno de los puntales de la creación en lengua ídish precisamente allí, en el lugar donde más intensa y fervorosamente late y vive aún este idioma.

Avrom Sútzkever nació el 15 de julio de 1913 en Smorgón, villorrio ubicado en las cercanías de Vilna, la capital de Lituania. Pero las primeras imágenes que impresionaron sus sentidos fueron los cielos infinitos de Siberia, sus tundras cubiertas de nieve, el aullar de los lobos y el arrullar de las palomas. Su familia se había refugiado en Siberia al estallar la Primera Guerra Mundial, en Omsk, a orillas del río Irtich. Allí fue que se enamoró apasionadamente de la naturaleza, que sus ojos se empaparon de una luz, de un espacio que más tarde cobrarían presencia física, palpable, sensual en su poesía, cosa poco común en los escritores de lengua ídish, hijos de los estrechos villorrios judíos. En Siberia, el pequeño Sútzkever tuvo por lengua materna el kirguiz y en ella borroneó sus primeros sueños poéticos mientras apuraba su infancia. Pero sucedió que al cumplir los nueve años perdió a su padre, quien había sido también -a falta de escuela hebrea- su maestro y quien solía embrujar las mágicas noches siberianas, bordando con un violín melodías jasídicas.

“Treinta años tenía mi padre cuando le estalló el corazón 
mientras tocaba 
la melodía de Rabi Leivi-Itzjok en un violincito, al anochecer.
El violín se debatía sobre su hombro como un niño...”

A la sombra de esa muerte, la familia Sútzkever volvió de Siberia y se radicó en la ciudad de Vilna.

Vilna era única por sus características culturales y humanas entre los centenares de ciudades, aldeas y villorrios compactamente habitados por judíos en Europa oriental. Se la conocía como la Jerusalem de Lituania y no por casualidad fue elegida, en 1925, sede del recién creado Instituto Científico Judío, IWO, cuyo Consejo Honorario estaba integrado, entre otros, por Freud, Einstein y Dubnow. Dedicado al estudio y la investigación de la antropología y la historia, el folklore y el arte judíos, amén de la filología del ídish, uno de sus fundadores -el filólogo Max Weinreich- solía explicar que habían elegido a la humilde Vilna y no a la rica y populosa Varsovia sede del Instituto, porque en Vilna confluían la tradición judía y el espíritu de contemporaneidad.

Por la misma época en que el pequeño Sútzkever llegaba a Vilna, también lo hacía un gran poeta ídish de 27 años, contratado como profesor de literatura para el gymnasium -el colegio secundario- de la ciudad. Se llamaba Moishe Kulbak y era el autor de poemas temperamentales que cantaban, de un modo inédito, el amor terrenal y el amor por la tierra, pintando al campesino judío con ironía y ternura. En sus clases se hablaba de literatura y de luchas sociales y sus alumnos quedaban subyugados por esas clases y por esos poemas, que atravesaban los muros del gymnasium e inflamaban a toda la juventud de Vilna.

Durante cinco años permaneció allí Kulbak. En 1928 se despidió de la ciudad, dando un portazo con una serie de discursos encendidos, en los que declaraba su repugnancia por la burguesa capital de Lituania, para luego partir con destino a la URSS a sumar su fuego a las llamaradas de la revolución rusa, entonces en el apogeo de su seductor encanto. Apenas una década más tarde Kulbak sería devorado por esas llamaradas, pero eso forma parte de otra historia. Lo que importa para nuestro relato es que la poesía, la ideología y la personalidad de Kulbak dejaron una fuerte impronta sobre toda una generación vilniana. Fue bajo su advocación que, poco después de su partida, nació un grupo artístico literario, llamado “Joven Vilna” –Iung Vilne- en el punto de encuentro entre lo visceralmente judío y el compromiso social.

Iung Vilne se constituyó aproximadamente en la misma época en la que por Europa brotaban y desaparecían a un ritmo vertiginoso grupos, escuelas y movimientos artísticos y literarios, bajo el signo de la experimentación, la renovación y la polémica. También en el mundo de la cultura ídish, que abarcaba un sinnúmero de ciudades y villorrios de Polonia, Rumania, Ucrania, Rusia e incluso Estados Unidos, nacieron y se marchitaron decenas de agrupaciones al calor de enconadas polémicas entre defensores del arte por el arte y partidarios de una literatura comprometida; las escuelas se debatían entre forma y contenido, cada una con su propia historia de rebeldías, con su conjunto de creadores, seguidores y opositores.

Iung Vilne estaba constituido por gente talentosa y heterogénea: por ejemplo, Jaim Grade, prolífico autor de larguísimos poemas y sabroso prosista en cuyas novelas asomaba el mundo místico de un hijo rebelde de la academia talmúdica; Eljonon Vogler, finísimo poeta, entonces con sus 22 años el “viejo” del grupo; Leizer Volf, poeta de vena irónico-filosófica, tironeado entre la ternura y la maledicencia; pero el motor del grupo era un poeta llamado Shmerke Kacherguinsky, quien se encargaba de publicar las revistas de Iung Vilne, a sabiendas de que serian sistemáticamente confiscadas por la policía.

Por entonces trabó Shmerke Kacherguinsky amistad con cierto muchacho de escasos 18 años que escribía poesías y aspiraba a incorporarse al grupo; se trataba de Avrom Sútzkever. Contaría luego Kacherguinsky en sus memorias que, tras leer sus poemas, le dijo:-Abrashke, tus poesías no son malas, pero contienen demasiado canto de pájaros y sonido de cristales para una época de acero como ésta. Lo que necesitamos son poemas combativos, revolucionarios...

“Pero qué podíamos hacer con él”, concluía Kacherguinsky, “si donde todos veían los estrechos jirones de cielo que recortaban las angostas callejuelas de Vilna, él, Abrashke, veía los amplios cielos de Siberia...”.

Finalmente, y a pesar de tratarse de un poeta demasiado poético para el gusto de sus compañeros, Sútzkever fue admitido en las filas de Iung Vilne. Así introdujo en el ídish su poesía melodiosa, ilimitada, planetaria. En su “Himno a las rocas” decía entonces: Sólo pretendo, como vosotras, desplegar las manos entre las nubes / Lavar mi cabeza terrena en fuego cósmico. Y en ese mismo tono hablaba de su grupo: Somos un tropel de poetas / de todas las tribus y tierras; / traemos desafío de planetas, / fiebre de suelo y leyenda.

Esta etapa juvenil de Sútzkever se corta bruscamente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Es entonces cuando su universo lírico, amplio, luminoso, cobra toda su estatura y originalidad al ser aplicado, como lente poética, para interpretar la tremenda realidad del gueto, de la opresión y la muerte. La primera noche en el gueto es la primera noche en el sepulcro / después uno se acostumbra, escribe. Y luego: ¿Podrán naufragar barcos en tierra? / Yo siento que bajo mis pies naufragan barcos...

Sus poemas del gueto son brillantes y conmovedores, pero la tónica la brinda un sencillo texto de doce versos titulado “Ejecución”: tal como no se rinde un gusanito frente a la azada asesina, él también decide no rendirse. Y ambos, él y su poesía, entablan la lucha. Su poesía está ahí, cantando pese a la muerte y a la destrucción que la rodean. Y él, aprovechando haber sido designado por los nazis, junto con Kacherguinsky, para clasificar las obras de arte depositadas en el ya famoso IWO de Vilna, que había quedado fuera de los muros del gueto -las obras irían a integrar un museo nazi que probaría la degeneración y decadencia del arte de la raza judía...- comienza a separar y a introducir en el gueto, para enterrarlos cuidadosamente entre sus límites familiares, las principales pinturas y esculturas y los tesoros bibliográficos del IWO. Para hacerlo debían pasarlos de contrabando frente a la guardia nazi del gueto, arriesgándose a recibir, en caso de ser descubiertos, unos azotes o un par de tiros. Sin embargo, al contrario de quienes se dejaban ganar por la desesperación porque parecía que iba a triunfar el mal en Europa y en el mundo, allí, en Vilna -al igual que en muchas otras ciudades oprimidas- escondían los testimonios de la creación del hombre porque sabían que el mal iba a terminar devorándose a sí mismo. Sútzkever y sus compañeros escaparon del gueto cuando ya resultaba imposible seguir ocultando el escamoteo sistemático de obras y objetos, y se unieron entonces a los partisanos que luchaban en los bosques contra los alemanes. Acotemos que, una vez terminada la guerra, cajas y cajas de libros, manuscritos y obras de arte, fueron desenterradas y trasladadas al IWO de Nueva York, donde se encuentran ahora.
Toda la obra poética de Sútzkever que describe la vida de esa época dentro y fuera del gueto es ya considerada clásica, no sólo por su calidad poética sino porque además trasciende de la anécdota y se repleta de símbolos. Por ejemplo “Las planchas de plomo de la imprenta de Rom” transforma en leyenda el momento en el que va metamorfoseándose en balas, el plomo que fuera usado una y otra vez en la famosísima imprenta vilniana de los hermanos Rom para imprimir tratados talmúdicos, novelas en ídish o enjundiosos ensayos rabínicos.

Pero la obra más tremenda y conmovedora escrita en aquellos años es el poema de Sútzkever titulado “Gueheimshtot”, es decir Ciudad secreta. Se trata de un larguísimo poema -unas 250 estrofas de diez dodecasílabos cada una- cuya acción transcurre en 1943 e imagina, una vez destruida Vilna, la vida de sus últimos judíos, refugiados en las laberínticas cloacas de la ciudad. Este poema es un canto al ser humano capacitado para conservar su condición de ser espiritual y solidario en una situación extrema y en un medio infrahumano. Allí, al borde de las aguas servidas, diez personas -alusión al quórum judío mínimo para rezar en comunidad- organizan una vida “normal”. Uno se encarga de administrar la comida y las finanzas; una muchacha, de lavar la ropa y mantener la limpieza (!); una mujer embarazada cuida del niño que los acompaña; un médico se hace cargo de la salud; un ciego asume la vigilancia permaneciendo despierto cuando todos los demás duermen; un anciano religioso, sólo vestido con un pergamino sagrado, logra a fuerza de ruegos que le permitan ser el zapatero de la “comunidad”; una mujer provee la comida; un muchacho asume el liderazgo y la misión de la venganza; un maestro recibe la tarea de llevar diariamente la crónica de esa “Jerusalem subterránea” y, por fin, al poeta le encargan el proveerles un poco de belleza.

Esa Cloacópolis de palacios acuáticos, muestra a cada paso el contraste entre lo sublime y lo inmundo. Las cañerías burbujean como órganos y ellos disputan el pan a las ratas. De una de las salidas traen lado a lado una bomba y libros sagrados rescatados del templo del Gaón de Vilna. A través de una alcantarilla se filtran los rayos de la luna nueva y algunos de ellos bailan y saltan bendiciendo a la luna, como hechizados. Una papa que brota es señal de primavera; una araña tejiendo su tela simboliza la vida. La fuerza tremenda que trasmite este poema llevó al novelista Shalom Ash a decir luego de leerlo, que ve el libro sobre la mesa, a su lado, y siente miedo porque “tan pequeño como es, hay un león agazapado entre sus páginas”.

Como dijimos, la biografía personal de Sútzkever y el destino del pueblo judío se superponen, y eso se vuelve una constante a partir de este período dramático. En 1943, cuando comienza “Ciudad secreta”, el poeta tiene apenas 30 años. Sólo un año más tarde, su participación en la lucha guerrillera antinazi con el fusil y la poesía, hace que lo designen para viajar a la URSS a prestar testimonio. En plena guerra un avión militar soviético, luego de un par de intentos fallidos, logra aterrizar tras las líneas alemanas y lo conduce a Moscú. Al bajar del avión lo espera Ilia Ehrenburg y durante su estada en Moscú y su exposición ante el Comité Antifascista Judío, Pasternak da a conocer poesías suyas traduciéndolas del ídish al ruso. En Moscú, Sútzkever da testimonio de la masacre sistemática de judíos por parte de los nazis; hacía falta un testigo presencial porque muchos se negaban a creer, todavía, en el asesinato planificado de civiles por el sólo hecho de ser judíos. También trae el testimonio de la rebelión judía en Varsovia, en Vilna y en casi todos los guetos. En Moscú traba contacto con los grandes escritores soviéticos en lengua ídish, que pocos años más tarde serían liquidados físicamente por una maquinaria represora disfrazada de ideología. Es invitado a radicarse en la URSS ofreciéndosele, incluso, un premio Stalin, pero Sútzkever no acepta. Terminada la guerra viaja a Nuremberg para deponer como testigo en el juicio que se les sigue a los jerarcas del nazismo, de allí va a París y, por fin, en setiembre de 1947 arriba a bordo de un buque llamado “Patria” a una Palestina en pleno trabajo de parto, en vísperas del nacimiento de Israel.

Con su llegada al inminente Estado judío, se abre una nueva época en la poesía de Sútzkever, tal como comienza un nuevo capítulo en el drama judío. Canta exaltadamente a este país “donde cada piedrita es mi abuelo” pero le recuerda también que Israel nació en las calles de los guetos, que “en Varsovia se defendía Jerusalem” y que “en la república de los muertos se daba forma a la íntima, joven república viviente”.

En los años de la proclamación de Israel como Estado judío independiente, aún estaba en plena vigencia la lucha idiomática entre el ídish -idioma presuntamente diaspórico y antisionista— y el hebreo, idioma con remembranzas de viejas glorías nacionales v lengua del renacimiento sionista, en el marco de una fuerte tendencia a negar de un plumazo los dos milenios de vida judía fuera de su tierra.

Tomando en cuenta esta ideología dominante en la Israel de Ben Gurión, puede comprenderse el profundo significado que tuvo el que ya en 1949, apenas un año después del nacimiento mismo de Israel, la Histadrut -la Central Obrera israelí, dirigida por la gente del partido gobernante- haya decidido solventar una publicación trimestral, de alto nivel literario, en ídish. La dirección de esta revista-libro le fue confiada a Avrom Sútzkever, y su nombre, Di góldene keit -La cadena aúrea- hacía referencia, precisamente, a la ininterrumpida continuidad del pueblo judío. Además, se trataba del nombre de una famosa pieza teatral escrita por Peretz, que fuera representada en la Vilna de los años 30 por Kulbak con sus alumnos... Di góldene keit, que continúa apareciendo en Tel Aviv, ya sobrepasó con creces las cien ediciones y cada nueva entrega significa un acontecimiento cultural en el mundo de habla ídish, por la calidad de su material ensayístico y creativo.

A partir de su radicación física y espiritual en Israel, la poesía de Sútzkever logró retomar, desde un nivel de gran madurez, ese deslumbrante despliegue poético que caracterizó su obra juvenil. Su imaginación para crear palabras nuevas, dotadas de tanta verdad que uno no comprende dónde estaban ocultas, es algo que escapa al lector de una versión traducida de la obra del poeta, pero las imágenes pueden rescatarse.

En “Plegaría por un camarada enfermo” lo describe así: Mitad hombre, mitad sábana. Al alfabeto hebreo, que consta de 22 letras, lo llama Abecedario de veintidós alas. O dice: Los dos comemos de un solo tenedor / un trozo de fuego al que llamamos dicha. O: Alguien me extrajo la sangre / como quien quita una espada de su vaina.

En “Canción para una muchacha enferma” hace decir a la protagonista: Cuando me muera va a brotar un bosque de mi vientre I y yo misma voy a vivir en ese bosque. Y en otro poema, describiendo a Iafo antigua, dice: Los grafismos del agua sobre el vidrio / semejan letras de un viejo manuscrito arábigo.

Pocos poetas tienen una obra tan empapada de historia y, sin embargo, son pocos también los que poseen una voz que fluya tan lírica, tan melodiosa y libremente, contagiando de poesía todos los temas que se ponen al alcance de su mirada profundamente inocente. Con esa mirada Sútzkever anduvo Israel de punta a punta y recorrió también buena parte de Europa, África y América. Incluso estuvo, allá por 1953, en Buenos Aires invitado por la Comunidad judía local. En Buenos Aires se reencotró con Shmerke Kacherguinsky, quien vivía en la Argentina desde 1950 y moriría poco después de este encuentro en un accidente de aviación en Mendoza.

Al celebrar sus 75 años, más que como representante de una u otra corriente literaria o estilística, corresponde ver a este poeta como exponente de una literatura tan densa como poco conocida: la de lengua ídish, ya que Sútzkever, con un verbo musical, entre el refinamiento y la ternura, entre los Profetas y el Cantar de los Cantares, condensa los rasgos más netos de su expresión contemporánea.

CATEGORÍAS: Personalidades
ISSN: 1022-9833

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