La gran comunidad judía de Buenos Aires

Más de un siglo de gestación y desarrollo

¿Desde cuándo hay judíos en la Argentina? ¿Cuántos años hace que hijos del pueblo de Israel han llegado por vez primera a este gran país de la América del Sur y se instalaron en él, integrándose con sus destinos nacionales y compartiendo con los demás pobladores las penas y las glorías, los afanes y los triunfos, las vicisitudes y los progresos que concurrieron a la consolidación nacional argentina?


Por último, ¿cuándo comenzamos nosotros, los judíos argentinos, a organizamos en comunidad, tal como es nuestro hábito tradicional en todo país en que nos asentamos?

La primera respuesta, entre cavilosas meditaciones, es: “¿Quién sabe...?”. Recién en nuestros días se han hecho los primeros intentos de índole académica, de una historia de la inmigración y arraigo de los judíos en este país. Fue fruto de una tarea de investigación basada en la compulsa de documentos espigados en archivos oficiales y privados, con el auxilio de las técnicas modernas de uso en las ciencias. Sin embargo, podemos afirmar que loe estudios sobre sus orígenes y evolución progresiva no han sido totalmente exhaustivos. De ahí que podríase todavía admitir la introducción de legos en la materia, sin perjuicio del ancho margen para los científicos. Sobre todo, queda mucho por hacer en los que llamaríamos la etapa prehistórica, esto es, la de quienes arribaron a estas tierras en calidad de “cristianos nuevos”, o sea conversos o hijos de tales y que luego, cuando la Argentina llegó a ser país libre de los encadenamientos inquisitoriales, hubiesen retornado silenciosamente a su fe originaria. Están asimismo los otros, los que no han sentido la necesidad de dar un paso atrás, aún cuando la causa determinante de su conversión al cristianismo en España y Portugal haya sido la presión forzada. En cierta medida, también ellos representan un aporte inmigratorio judío al Nuevo Mundo y por ende a la Argentina.

De las preguntas enunciadas hasta aquí, la única que puede ser respondida con certeza es la que, en sustancia, corresponde en forma más directa a nuestro tema: ¿cuándo comienza el judaísmo argentino a funcionar como comunidad organizada? La respuesta indubitable sería: desde la fecha en que se dio por fundada la Congregación Israelita de la República Argentina, o sea desde el año 1862. Tal dato se colige de una carta que se conserva en los archivos de dicha institución. Hay quienes tienen por controvertible este dato, en razón de que la Congregación obtuvo su personería jurídica en 1892. Pero, por otra parte, una cosa es el título jurídico y otra la personería social o funcional por obra del conglomerado judío, por voluntad propia y de hecho.

En consecuencia, la vía comunitaria judía pareciera haberse iniciado en 1862.

Y bien, lo que aquel puñado de judíos había puesto en acción, ha sido semejante a los que había ocurrido en todos los tiempos de la diáspora bimilenaria judía. En efecto, los dos signos que desde antiguo determinan la existencia de una comunidad judía en funcionamiento, son y eran la sinagoga o templo —que en hebreo se denomina “Bet Hakeneaet”- y el “Bet Hakevarot” o cementerio. Ambos son organismos rituales que singularizan a los hijos de la fe judaica.

Como se echa de ver, lo que aquel puñado de judíos, fundadores de la Congregación, acababan de establecer, era dar el primer paso a su decisión de dejar constituida una comunidad para los fieles de su credo en la ciudad capital de la República Argentina. La prueba está dada por el hecho que inmediatamente después de fundar la Congregación, a la cual, según actas, designan con el nombre hebreo de “Keneset Israel”, se abocan a la fundación de un cementerio judío, al que designan con el nombre de “Chevra Kadisha Aahkenazi”, denominación que significa Corporación para la Sepultura Sagrada de los Ashkenazíes (como, al parecer, prevalecían en la corporación judíos de habla alemana, la “Ch” de “Chevra” equivale a la jota castellana: “Jevrá”).

De aquí, pues, que esa Congregación que aún atravesaba sus días iniciales, fue la que dio origen a la que es hoy la gran institución comunitaria judeoargentina, la Comunidad Judía de Buenos Aires, o Kehilá, institución centra] judía del país, ya que desde recientes tiempos alberga en su seno al Vaad Hakehilot, o sea Consejo General de comunidades judías de la Argentina. Por lo que resulta del caso señalar que el desarrollo de la pluralizada institucionalidad judeoargentina ha sido similar a lo acontecido en la mayoría de las comunidades judías del mundo occidental, esto es, que la comunidad nace en el Bet Hakeneset, en esa casa de reunión en la cual basta un “minián” —quórum formado por diez personas para oficiar colectivamente un culto judaico— para considerarlo también un Kahal, que de suyo se convierte en una Kehilá, un organismo de funcionalidad comunitaria.

Bastaría lo expresado hasta acá para dejar señalada la importancia de los hechos aludidos, así no más fuera que como punto de referencia histórica al rememorar este centenario de la inmigración masiva de los judíos a la República Argentina, en cuyo seno participan por igual con otras muchedumbres inmigradas, haciéndola juntas, a lo largo de más de un siglo, el gran país de la América del Sur. Importantes son los datos que acabo de mencionar, para la historia argentina que escribiera algún autor de espíritu abierto y por ende los tuviera presentes para componer una historia imparcial sin reservas ni omisiones prejuiciosas; y si algún otro fin nos asiste, no se trata sino de que la nueva generación de judíos (la cuarta o quinta de argentinos nativos), al pasar junto a la fachada del templo judío de la calle Libertad, de Buenos Aires, le dedicase un instante de meditación en honor a los fundadores. Y, si fuera menester, contárselo a los prójimos para asentar conciencia de que hace 127 años, en un recinto santificado por la oración, que allí se erige con líneas arquitectónicas esbeltas, se gestaron los organismos fundamentales de lo que hoy constituye la vasta red en la que se multiplica la acción intensa y fecunda de los judíos argentinos. Asimismo, nos asisten motivos para conjeturar que en la mente de los fundadores de la comunidad se había planificado una estructura comunitaria similar al modelo que representaba para ellos el recuerdo de las comunidades de las cuales procedían. De ahí la variedad de estilos entre las organizaciones de procedencia askhenenazí y las de procedencia sefaradí: unas con un aleteo espiritual de Occidente y otras del Oriente. Eso no obstante, ambos sectores mantuvieron firmemente ceñidos a su corazón un sentimiento fraterno recíproco. Sefaradim como ashkenazim, así en el pasado como en el presente, se consideran hijos del mismo pueblo. Lo que variaba era sólo el estilo de vida en razón de tradiciones y costumbres.

Inicios inmigratorios

La inmigración judía a la República Argentina, hasta donde sabemos de ella hoy por hoy, ha comenzado siendo una inmigración espontánea e individual o constituida, a lo sumo, por familias. Estaban generalmente motivados por la procura de un mejor destino material y moral. Luego de esa inmigración viene la inmigración organizada en forma masiva, alentada por el gobierno argentino, principalmente durante el período presidencial del general Roca— deseoso de poblar el país—y auspiciada por las grandes empresas filantrópicas judías que se propusieron librar a sus hermanos de Europa y del Cercano Oriento de persecuciones y acechanzas antisemitas. Nos referimos a la Alliance Israélite Universelle y a la obra colonizadora del barón Maurice de Hirsch denominada Jewish Colonization Association (JCA) y conocida entre nosotros por las siglas JCA. Esta inmigración en masa se ¿rigió principalmente al interior del país para establecerse en las colonias y dedicarse a la agricultura. De lo dicho, es fácil inferir que los fundadores de la comunidad judía de Buenos Aires procedieron de la inmigración que hemos denominado espontánea, sobre todo si tenemos en cuenta que esa otra inmigración, la organizada, se inició recién a fines de 1888.

Aquella influencia inmigratoria judía, tanto la espontánea —que se dirigía mayormente a las ciudades— como la que tenía por destino la obra agrícola —implementada por el filántropo mencionado— continuó gradualmente hasta verse interrumpida por causa de la guerra mundial de 1914. Se reanuda al término de la misma con gran ímpetu, pero esta vez no va solamente a provincias sino también, y en considerable escala, a la ciudad de Buenos Aires. Las penurias sufridas por los que se vieron atrapados por la conflagración en el Viejo Mundo, despertó los sentimientos de solidaridad fraternal de los judíos ya argentinizados, de todas las procedencias por igual. La Congregación y la todavía incipiente Comunidad, estuvieron entre las primeras instituciones que se organizaron para la ayuda a las víctimas de la guerra y más luego para militar entre las instituciones de protección a los inmigrantes. Este género de actividades piadosas contribuyeron, en gran medida, a la aproximación mutua de judíos de diverso origen. Ambos organismos operaban a la manera del “Joint” de los Estados Unidos, claro está que en pequeña escala, y además en organismos paralelos en razón de factores ideológicos que en sustancia no se contradecían.

Esas aproximaciones no han obstado, empero, para que con la marcha de los años y a consecuencia del nuevo influjo de las ideas originadas en el vasto mundo como ejemplo de la postguerra, cristalizaron incluso dentro de la comunidad judeoporteña nuevos nucleamientos que, por su índole y orientación ideológica, estuvieron a punto de engendrar separatismos llamados a afectar la unión del judaísmo que comportaba la idea de comunidad o Kehilá. Por fortuna, los factores tradicionales que alientan la idea de Keneset Israel y de Jevrá Kadishá que gravitan en la conciencia histórica del pueblo judío, vencieron todas las amenazas de fraccionamiento. Eso no obstante, es preciso señalar que durante los últimos tiempos de la primera conflagración europea y más de una década después, no fue posible obviar ciertas disidencias y antagonismos entre ortodoxos y menos ortodoxos y entre estos últimos y los adictos a la corriente liberal, como asimismo entre la generación nativa y la inmigrada; grupos estos últimos imbuidos de ideales y aspiraciones que los alejaban de las corrientes tradicionales. Sumábanse a todos estos los que vinieron a constituir la avanzada sionista que, en el auge de sus ardores por la causa redentora nacional judía, estaban dispuestos a arrojar por la borda todo cuanto no respondiera al son de esta melodía. Fenómeno análogo, aunque a mayor escala y con diferentes matices, ocurrió con los que pretendían ver en el idioma ídish y su cultura floreciente una nueva tierra arable, impugnadora de la cultura hebrea reverdecida. Cosa parecida parecía acontecer contemporáneamente en Nueva York. La diferencia entre el Norte y nosotros radicaba, fundamentalmente, en la diferencia marcada por las diferencias de ambos tipos de civilizaciones predominantes: la anglosajona, de gravitación protestante, y la nuestra, latina, de preponderancia católica. Allá, el molde en que se vuelca el elemento sociocultural, se resume en el dictado “you have to belong” esto es, usted debe pertenecer a un credo, a una militancia religiosa. Siguiendo este lema, el judío norteamericano se estratificó, por así decir, en moldes religiosos, y muy pronto fundó yeshivas (academias de altos estudios rabínicos) y produjo rabinos que encauzaron la vida judía en formas cívico- religiosas. Entre nosotros, en cambio, la comunidad nace en lecho religioso, es decir, en un medio sinagogal, pero sin ser necesariamente gobernado por una autoridad religiosa, sino por un mentor libre de convicciones ideológicas judías. Las kehilot, nacidas para llevar a realización cumplida funciones piadosas, espirituales, sociales y educativas, fueron —hasta ahora— mayormente dirigidas por autoridades legas o tradicionalistas; bien es cierto que de acuerdo con el régimen tradicional y en espíritu sionista. Ciertamente que no por eso se rechaza el dictado rabínico, pero como una función específicamente ritualista. En los últimos tiempos se está inclinando el fiel de la balanza hacia la corriente espiritual norteamericana, pero con una inclinación estrecha-mente proisraelí.

Allá, en el Norte, todos aparentan estar estructurados en moldes de filiación religiosa. Aquí estamos estructurados cual si fuéramos individuos cuya filiación básica es de autonomía cívica. La militancia religiosa es de personal incumbencia. Eso no obstante, ciertas prácticas sinagogales fueron siempre de rigor incluso en las comunidades liberales. Tal el Bar Mitzvá, la ceremonia nupcial, etc. Bien se entiende que la Kehilá cuenta con un Rabinato oficial para los menesteres fundamentales judíos del judaísmo.

Peculiaridades

Es por lo expresado más arriba, que en los Estados Unidos layeshiva y los rabinos que de sus aulas egresan, gozan de una gravitación significativa en el seno de las comunidades y también en la opinión pública. En la comunidad judeoargentina, sus pares están clasificados más bien por sus filiaciones ideológicas: o son sionistas, o son ortodoxos con sumisión plena a los dictados de la ortodoxia. Dentro de uno y otro sector caben matices diversos, unos rigurosos y otros atenuados. Y en cuanto a la filiación religiosa podríamos afirmar que ningún judío argentino que se precie de tal, la oculta ni la disimula como fuente de su origen histórico o cultural, esto aún cuando en ocasión de encuestas oficiales responda poniendo la palabra 'judío' en el casillero que pregunta por religión (a veces contesta así aunque, en realidad, pensando en la idea de pueblo o en su definición cultural).

En las primeras décadas del judaísmo porteño, principalmente a partir de la fundación de la mencionada Congregación, en razón de que sus fundadores eran mayormente judíos de origen centroeuropeo y su apego a la tradición religiosa era mucho más moderado que el de los ortodoxos o semiortodoxos de habla ídish, estos últimos los miraban a aquellos con cierto desdén. Por buscar conciliación con la modernidad, eran tildados por los de la vieja tradición con el mote de yahudim, que significaba algo así como una adjetivación de asimilacionistas, reformistas o irreverentes. Sin embargo, hoy día una gran parte de las grandes sinagogas de las ciudades a las que acuden gentes jóvenes, siguen las pautas “modernistas”. Ese pasado no ha envejecido; las comunidades se tornaron conservativas en sus prácticas y han inclinado el fiel de sus balanzas o la rosa de sus vientos hacia Medinat Israel, es decir, hacia la visión sionista. De manera, pues, que en la realidad objetiva resulta que las sinagogas de la ciudad son, en su mayoría, conservativas, en tanto que se vienen abriendo paso las de tendencia liberal llamadas también reformistas. Con todo, preciso es advertir que en años recientes ha penetrado, no sin impulso empeñoso, la remozada corriente ortodoxa originada en el movimiento Lubavitch, de profundo arraigo en Nueva York e Israel. Eso no obstante, preciso es puntualizar que en caso todas esas sinagogas, vibra por igual la emocionalidad sionista y funcionan dependencias juveniles con minián y kahal propios. En honor a la verdad histórica, en este punto preciso es  advertir que la primera agrupación juvenil de índole sinagogal fue creada por la Talmud Torá Harishoná, más conocida como “templo grande de la calle Paso”. Además de la obra escolar llevada a cabo con éxito dentro de un espíritu moderadamente ortodoxo, sostenía una sinagoga ortodoxa para menores, bajo la dirección del ilustre maestro rav Yosef Losof, más tarde fundador de la colonia agrícola de General Roca en Río Negro. En suma, podríase decir que ayer como hoy, y pese a los altibajos de los tiempos y sus circunstancias, los más de cien años de existencia activa judía se han desarrollado, en el plano espiritual, en forma acorde con el viejo aforismo acuñado por los estudiosos de la era de la Hascalá (Ilustración) que reza: “Dor, dar ve-dorshav”, “cada generación con sus intérpretes”.

Hoy, al celebrar los judíos argentinos un siglo de su instalación agrícola en la República Argentina, nos contemplamos ajusto título como factor de desarrollo nacional en todos los órdenes de la creatividad —económica, cultural, científica y social— al punto que, sin cavilaciones, podemos afirmar que también los judíos hicimos la Argentina. Nos podemos sentir enaltecidos de sabernos militando nuestro credo religioso y cultural, siguiendo la huella abierta por los pasos de nuestros mayores, con visión y esperanza. Seguros estamos que el sector judío de ese ”crisol de razas“ que constituye nuestra común Argentina proseguirá, como hasta ahora, esa obra de transformación llamada progreso, sin reducir un ápice las simientes henchidas de valores morales y espirituales, tan necesarios para beneficio de la civilización y la cultura humanas. Pero no nos consideramos los únicos generadores de estas ambiciones de progreso. Las abrigamos inspirados por ideas sugeridas por los nuevos y eminentes maestros del judaísmo, tales como Leo Baeck, Hermann Cohén, Abraham Yehoshúa Heschel, Mordejay Kaplan, Albert Einstein, Sigmund Freud y la propia legión local de figuras esclarecidas que actúan a diario con afán e intenso idealismo, alentados por el influjo de las universidades de Israel, en donde se labran los hilos de continuidad intelectual judía junto a las ciencias eternales.

Transformismo

Es evidente que en los tiempos de confusión e incertidumbre que atraviesa el mundo moderno, los deseos que acabamos de expresar corren el albur de convertirse en meras palabras si la comunidad judía de nuestro país no se ciñera a los principios morales y culturales que han caracterizado a los hijos de Israel a través de milenios; esto es, a los dictados judaicos que han conservado hasta el presente nuestro perfil histórico. El ilustre profesor de la Universidad de Harvard, Nathan Glazer, rechaza a los asimilacionistas pero acepta, para nuestro tiempo, a los transformistas, y sobre todo acepta la repercusión (por no decir transformación) que en la vida espiritual o religiosa tuvo el renacimiento del Estado de Israel y la renovación que con este motivo ss está ejerciendo en todas las manifestaciones judías, sin excluir el papel que ejerce la casa de oración, o templo, lugar donde —según Mordejay Kaplan— se puede llegar a oir la voz de la conciencia judía cual si fuera la voz del ángel de Dios.

El transformismo es un fenómeno que ha existido siempre en el proceso comunitario judío. En realidad, el lema de la era del iluminismo que hemos mencionado (“Dor, dor ve-dorshav”) lo evidencia. En toda época de pronunciados cambios sociales, principalmente cuando esos cambios son secuela de una crisis, los judíos han sido casi siempre los primeros en experimentar sus efectos. Cuando más profunda e intensa es la crisis, más necesaria es una trasmutación en lo formal, sin perturbar la esencia doctrinaria. Después de la Segunda Guerra Mundial, después de la Shoá (la catástrofe infligida al pueblo judío), prodúcese una intensa crisis con propensión a un profundo escepticismo general que afecta en forma enervante a la fe religiosa. Como consecuencia, en el judío medio se acentúa una búsqueda de un transformismo que se manifiesta en un escapismo, en un alejarse del mundo en que ha sufrido durante tantos siglos, con un vehemente anhelo de retornar a su patria de origen, a Eretz Israel, al hogar nacional. Ese sentimiento rebasa los límites del sionismo clásico para convertirse en un sustitutivo de una fe, en un impulso pasional con ímpetu combativo. Las circunstancias históricas acercaron la hora de consolidar el Estado de Israel, el cual encuentra a los hijos que se hallan en la Tierra de Israel preparados para librar las batallas a que se ven obligados por el desafío árabe, y salir airosos. Esos triunfos fueron factores de un transformismo en el espíritu del judío; prácticamente, una tendencia a un nuevo judaísmo. Como consecuencia, las juderías del mundo aparecen ante extraños y ante sí mismas con una nueva fisonomía o, mejor dicho, con una nueva psicología colectiva; y el centro de gravitación mundial del judaísmo pasa de Europa a Estados Unidos conjugadamente con Israel. Empobrecido económica y demográficamente el judaísmo de Europa, y enriquecido el potencia] de Israel recién nacida, los judíos de la Argentina quedan sometidos a una influencia bipolar. Hacia esos dos centros judíos quedan tendidas sus antenas. Un puente intermedio de alta tensión y a la ves transformador, procurando un equilibrio equitativo entre la diáspora y el nuevo Estado sometido a permanente alerta por la hostilidad árabe. La DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) y la Kehilá de Buenos Aires, al igual que los otros centros de la judería en la diáspora, se hallan frente a un nuevo deber: conducirse ante el Congreso Judío Mundial como ante el oráculo en la antigüedad griega, para actuar de consuno en cada nueva emergencia. El transformismo al que alude el profesor Glaxer debe producirse con sensibilidad y delicadeza, a fin de no dejar inactivos los resortes que hasta ahora tuvieron validez vital en la supervivencia judía, cualquiera haya sido su suerte.

Pero volvamos, nuevamente, la mirada hacia los hechos que el historiador deberá tener presente al referirse al primer siglo y cuarto de vida de la comunidad judía de Buenos Aires en su fraternal vinculación con las comunidades del interior del país, hasta que éstas se fusionan unas con otras formando el “Vaad Hakehilot” (Federación de Comunidades). Veamos brevemente, como al pasar, en cuáles otros terrenos se ha revelado la tendencia de la judería de Buenos Aires y del interior a adoptar un proceso de paulatina unificación institucional de carácter comunitario. Ante todo, cabe mencionar el deseo de dar cumplimiento al deber de solidaridad institucional que en el libro de oraciones se enuncia como “Talmud Torá” y “Guemilut Jasadim”, esto es, educación judaica y asistencia social. Cada entidad sinagogal procura instituir un “Talmud Torás” o escuela judaica para los hijos de su feligresía, con funcionamiento en horas no coincidentes con las de la enseñanza oficial, proveyéndose da maestros de entra los que se ofrecían con vocación. Por su parte, la Congregación Israelita, coaligada para el caso con la Jewish Colonization Association, instituyó en los comienzos un rabinato con cargo de velar también por la educación religiosa de los niños de las colonias, organismo éste que se ofrecía también para supervisar la enseñanza hebraica en esas “Talmud Torás” de la Capital que así lo solicitaran, aunque en forma espontánea habían arribado algunos rabinos egresados de las academias (“yeshivas”) de la zona de emigración, es decir, de la Rusia imperial.

El rabino que envió la ICA con destino a la Congregación y para el programa educacional, provenía del Consistoire Rabinique de France. Era el Dr. Samuel Halphon, hombre formado en esa escuela rabínica moderna, que además habíase graduado en la Sorbona. Halphon instituyó la Dirección de Cursos Religiosos Israelitas, para cuyas funciones designó tres inspectores de probada capacidad pedagógica, bajo la superioridad del eminente erudito, hebraísta y profesor graduado en la Escuela Normal argentina, don Yedidia Efrón. Con la cooperación de dicho cuerpo de inspectores, Halphon elaboró un programa de enseñanza judaica redactado en castellano, esto es, en la lengua del país. Era por primera vez que en la Argentina se elaboraba en castellano un programa de enseñanza judaica, que se denominó “Programa de Cursos Religiosos Israelitas de la República Argentina”. Los judíos eran nuevos en el país. La lengua hebrea era completamente exótica para las autoridades nacionales de la educación. La intención del rabino Halphon era prestar un tanto de esclarecimiento acerca de qué se iba a enseñar al educando judío y en qué consistía esa escolaridad adicional a la obra educativa fiscal. Dicho programa, aunque limitado a la educación primaria, imponía también la enseñanza de las oraciones sinagogales, lenguas hebreas e ídish, trozos selectos de la Biblia, así como también algunos pasajes de la historia del pueblo de Israel. Era por primera vez, desde los tiempos pre-inquisitoriales de España y Portugal, que aparecía un sidur (libro de las oraciones judías) con traducción al castellano; libro útil, quizás también, para el criollo de nuestros campos, a fin de que pudiera enterarse del contenido de los rezos judíos. Contribución era ésta de indiscutible importancia en aquellos tiempos iniciales, para una comunidad que procuraba infundir confianza en el hombre argentino con el cual se proponía establecer una convivencia como la que efectivamente se ha logrado en el curso de estos cien años.

Hoy, en los tiempos modernos, los feligreses concurren a las sinagogas, para elevar sus preces, con libros que traen el texto también en presentación bilingüe.

Legionarios – Jalutzim

Recordemos algo más con respecto a las actividades marginales, aunque significativas, de la comunidad en cierne. Cuando la guerra del 14 estaba llegando a su término y las fuerzas aliadas a punto de entrar en Tierra Santa al mando del general Allenby, lord Balfour emitió su histórica Declaración que, en síntesis, establecía que, en caso de triunfo, se daría el derecho al pueblo judío de retornar a Palestina para formar un Hogar Nacional. El sionismo acogió con gratitud y entusiasmo esta promesa de Gran Bretaña y fueron muchos los jóvenes de la parte del mundo no envuelta en el conflicto bélico, que se dispusieron a enrolarse en la Legión que, al mando del ilustre líder sionista Vladimir Jabotinsky, iría a luchar por la reconquista de Erete Israel, la Tierra de Israel. A este llamado histórico, varios jóvenes judío» de la Argentina respondieron alistándose. A los pocos días estaban consumados los preparativos, y el grupo de voluntarios con miras a estar entre los ejecutores de la Gueulá (redención) partió desde las puertas del templo de la calle Libertad con las bendiciones y con los cantos aleluyáticos de muchedumbres de judíos y gentiles. Pero antes de que esos entusiastas voluntarios llegaran a Tierra Santa, el general All enby entró con sus tropas en Jerusalem, arrojando de allí al enemigo. Con lo cual se daba por finiquitado el patrocinio turco en el territorio nacional judío. Empero, esos animosos legionarios venidos de Buenos Aires se quedaron en la Tierra de Israel y constituyeron el primer grupo de jalutzim (pioneros sionistas) venidos de la Argentina.

Concluida la Primera Guerra Mundial —la del 14— y restablecida la paz en Europa, reanudóse la inmigración judía promovida por la ICA con destino a los campos agrícolas, así como también aquella otra que se dirigía a la ciudad de Buenos Aires y a otros puntos del país. Sin demora, esos inmigrantes a las ciudades se adaptaron al nuevo suelo y merced a la mano fraternal tendida por las instituciones judías creadas al efecto, amén de las obras benéficas instituidas por organismos judíos en diversas partes del mundo —principal-mente en los Estados Unidos— los nuevos inmigrantes se adaptaron rápidamente a las modalidades propias de nuestra ciudad y se convirtieron en pobladores estables de la Capital Federal. Con la participación activa de los mismos en la vida de la comunidad, estos nuevos residentes concurrieron muy pronto a modelar la fisonomía nueva de la colectividad, la que se caracterizó con el correr de varios decenios por ser mundialmente considerada como una comunidad judía fecunda en el orden cultural y altamente desarrollada en el orden social. Y en lo concerniente al orden nacional argentino, así como los judíos de las provincias se entregaron con ímpetu y optimismo a fertilizar los campos, contribuyendo de este modo al progreso de la industria agrícola y a fomentar civilización y cultura de la más fecunda índole, así los judíos instalados en la gran urbe porteña o en las más apartadas regiones del extenso país, contribuyeron con afán a desarrollar las industrias más variadas y se convirtieron en un factor eficiente del país, ya que los judíos —según la locución del gran maestro español don Américo Castro —“no tienen manos ociosas”. Más aún: sus hijos, desde el primer momento, acudieron a los centros de estudio, con ambición de saber, desde las escuelas elementales hasta los institutos superiores, y forman hoy legión entre los doctores, maestros, ingenieros, matemáticos, profesores, escritores, poetas, artistas, industriales y economistas, todos ellos integrando el nervio activo y creador del país argentino.

Un judaísmo polivalente

No había pasado todavía medio siglo desde la fundación de la incipiente entidad sinagogal que, como esté dicho, sirvió de base y origen para la comunidad judía de la ciudad de Buenos Aires y el Vaad Hakehilot, cuando el judaísmo de la capital argentina venía cobrando fisonomía y carácter distintivos en la consideración de las grandes comunidades judías del mundo occidental. Concluida la guerra mundial del 14, reanudada la inmigración judía y encauzada en términos más o menos aceptables por el sistema de Talmud Torá el problema de la continuidad educacional judaica de los hijos nacidos en el nuevo país, se pasó a poner empeño en el segundo precepto (“mitzvá”) tradicional judío. Nos referimos a lo oue en hebreo clásico se denomina como “Gemilut Jasadim”, es decir, prodigarse a la obra de bien social. Lentamente y por iniciativa de agrupaciones espontáneamente organizadas, formáronse bajo el auspicio de sinagogas, de asociaciones laicas, de personas bien inspiradas, diversas formas de beneficencia para auxiliar al indigente. Por iniciativas de similar finalidad, se fueron creando las modestas cajas sociales de tipo cooperativo, para una cooperación mutua en el orden comercial de modesta cuantía, denominadas convencionalmente “banquitos” o cajas mutuales. Algunos de esos organismos, los de índole filantrópica y los ds índole mutual, se consolidaron en verdaderas asociaciones de bien público. Entre las asociaciones filantrópicas de mérito incuestionable mencionaremos Bikur Jolim (asistencia médica), los Comedores Populares Hajnasat Orjím, el Asilo de Huérfanos y el Hogar de Ancianos. Finalmente, y con la misma inspiración colectiva y el ánimo más resoluto, que atrajo el apoyo de numerosos asociados, se funda el Hospital Israelita, obra que no ha limitado sus servidos de sanidad a los judíos sino a todos quienes lo requieren. Estas obras de bien social, tradicionales entre los judíos desde la antigüedad, contribuyeron grandemente al acercamiento mutuo entre judíos de variadas procedencias y orígenes. De esta suerte y por efecto de las obras de bien en favor del necesitado, fomentábase la vinculación comunitaria y fraternal que contribuyó, en medida considerable, al fomento cultural judío.

Hacia mediados del siglo de vida judía en la Argentina, y principalmente en Buenos Aires, se habían puesto de manifiesto varias corrientes culturales e ideológicas en el seno de la judería argentina, la cual entraba en su proceso de cristalización. La mayoría estaba integrada por las familias procedentes de los países europeos en los que los judíos empleaban para su habla cotidiana la lengua ídish; de esas regiones procedía la mayor parte de los inmigrados. En menor número procedían de países de habla germánica; y no pocos eran sefaradíes que manejaban el ladino y otras formas dialectales de pronunciada fonía española. Estos últimos, aunque unidos a los ashkenazim por afinidades y por lazos innegables de confesión religiosa y destino común, continuaron hasta casi recientes tiempos observando sus hábitos y costumbres. El renacimiento de Israel ha hecho reflorecer entre unos y otros una más íntima aproximación social y cultural. Las someras diferencias que todavía subsisten, son más bien de orden ritual y costumbrismo.

El habla ídish, como hemos dicho, preponderaba entre los inmigrados de la Europa oriental, éstos fueron la mayoría, primero en las provincias y más luego, también en la Capital a partir de la primera postguerra. Entretanto en Europa y en América del Norte, la lengua ídish que habíase originado como habla “de entre casa”, cobró inmenso desarrollo hasta alcanzar las proporciones de un idioma literario de gran riqueza de expresión por mérito de su vasta literatura, altamente apreciada en el mundo de las letras. La lengua ídish ha contado, en la Argentina, con dos diarios de apreciable tiraje, como asimismo con varias editoriales de libros, mayormente de autores locales. Puédese afirmar que el ídish fue, en el transcurso de más de medio siglo, la lengua más hablada por los judíos adultos de la Argentina. Pero al igual que lo acontecido con los periódicos y muchas editoriales de lenguas extranjeras de otras colectividades de inmigración, las nuevas generaciones han preferido el uso de los diarios en lengua nacional, de modo que aquellos diarios en otras lenguas de inmigrantes, tras un silencioso languidecer, cesan su aliento. Y tal como lo acontecido con los diarios en ídish, en la etapa actual, a un siglo de distancia de los inicios de la inmigración judía a las campiñas argentinas, el ídish subsiste en boca de los padres de la generación adulta y acaso en la memoria tan sólo de los hijos. Las profusas bibliotecas de libros en ídish, así en recintos públicos como privados judíos, dan testimonio de lo que esa bella e inspirada literatura representaba para el solaz espiritual de un sector intelectual de la población judeoargentina. Eso no obstante, la lengua ídish sigue siendo, en muchos casos, un medio de comunicación importante para el turismo mundial y, en razón de cultura, en algunas escuelas e institutos existen cursos de esa enseñanza.

Entre las tantas otras obras de bien social y de alto valor cultural que desde las postrimerías de la Primera Guerra europea -y la era del oscurecimiento mundial causado por el nazismo- a la Segunda Guerra Mundial, es preciso mencionar: primero, la consolidación de la Kehilá y su coalición con el Vaad Hakehilot; en otros términos, la creación de la gran comunidad judía que concentra en su seno el accionar conjugado y múltiple de todo los aspectos comunitarios del judaísmo argentino. Desde la creación de este nuevo sistema institucional, la actividad de las instituciones judías del país es un accionar francamente coordinado dentro de un régimen mejor disciplinado, exento de improvisaciones antojadizas.

En segundo término, y a inmediata continuación, es preciso mencionar a la DAIA, prestigioso organismo semicentenario cuya alta misión concierne a los judíos de la Argentina pero vinculada a los intereses de la Argentina como nación democrática y libre, país que enarboló en alto desde la hora de su inicio, el principio de igualdad “para todos los hombres del mundo”. La DAIA es designada por la sigla formada, como queda dicho, por las palabras Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, prestigiosa institución defensora de los derechos y dignidad de la comunidad judía y de todos sus miembros, que tienen derechos a una existencia libre y sin discriminaciones dentro de las normas legales que rigen en la nación argentina. Es el organismo representativo de la comunidad judía toda, defensor —por ende— de los derechos humanos, valiéndose para su cometido de las leyes nacionales. Como integrante del Congreso Judío Latinoamericano, que es parte del Congreso Judío Mundial, es una institución que nos representa ante los organismos mundiales, tales como las Naciones Unidas. La DAIA, junto con la Kehilá, ejercen no sólo de hecho sino también de derecho la representación judía ante las autoridades nacionales e internacionales en toda emergencia.

Mencionemos, a continuación, a la Sociedad Hebraica Argentina, institución cultural y social judía que figura entre las más prestigiosas en el rango de las entidades que, por sus realizaciones en el orden de la cultura y de la acción social, enaltecen al país.

La obra de gran aliento

Entre las numerosas actividades de relieve institucional que viene realizando la Kehilá de Buenos Aires para el progreso de la comunidad local, y que sería largo enumerar y más aún exponer en detalle, la que se destaca con relieve singular y coloca al judaísmo argentino a la delantera de las comunidades de la diáspora, es la concerniente a la educación: educación judía y educación general (esto es, la educación que responde al programa fiscal).

En realidad, ofrecer una idea acabada de este cuadro de hechos y logros meritorios, requeriría un análisis profundo y polifacético que está fuera de nuestros alcances sin previo acopio de documentación pormenorizada. No podemos, sin embargo, concluir abruptamente el presente relato, de sabor más bien anecdótico que documental, respecto de la comunidad de la cual quien estas líneas escribe fue testigo presencial y, en más de una ocasión, testigo no pasivo de su metamorfosis, por así decir.

Empecemos, pues, por unos tramos anteriores a los orígenes de la intervención directa y propia de la Kehilá. Y, en efecto, entre las iniciativas de gran utilidad que asumió la vieja Congregación en los tiempos en que el judaísmo argentino comenzaba a adquirir fisonomía diferente -es decir, propia-, es preciso mencionar el rol de esa Congregación en el “Vaad Hajinuj Harashí”, esto es, la dirección central de la educación judía. Al darla ICA por finiquitada su obra en la Argentina, pasando a Israel las reservas de las posesiones del barón de Hirsch, esa institución educacional que supervisaba, dirigía y administraba financieramente en las colonia y pueblos del interior, hubiera quedado en el vacío si la Congregación no hubiera tomado sobre sí esa importante misión y se ocupara de ella hasta que, finalmente, la AMIA creó el Vaad Hajinuj Hamercazí (Consejo Central de Educación Judía) para toda la red escolar judía del país. Fue cuando al tomar injerencia la Congregación, púdose comprobar cuán huérfano de renuevo se había quedado el plantel de maestros hebreos de la Argentina en razón del cese de 1 a inmigración europea, y fundamentalmente por la falta de escuelas superiores judaicas en las que pudieran formarse elementos sustitutivos para ejercer la enseñanza. Fue entonces que la Congregación tomó sobre sí, a sus costas y cuestas, la iniciativa de fundar el Majón Le-Limudey Hayahadut, o Instituto Superior de Estudios Religiosos Judaicos. De sus aulas egresaron, en número ponderable, maestros y maestras hebreos. Muchos de ellos, hasta el presente, tributan servicios de importancia en el orden educativo y cultural judío en nuestro país, así como también en otros países de Latinoamérica. Cabe señalar, a ese respecto, que no pocos de ellos han continuado estudios superiores en Israel y prosiguen acá y allá ejerciendo funciones educativas en escuelas medias y superiores.

Calibrando la importancia que tuvo ese Majón, puédese afirmar —sin incurrir en exageraciones—que gracias a esa obra se aseguró el continuismo educativo y cultural judío en la Argentina sin brechas ni hiatos. Más luego, al desarrollar la Kehilá su obra educacional, hoy de variadas y plurales dimensiones, acabó—lógicamente—por absorber esta empresa idealista. Obra ésta de la Kehilá de beneficiosas cualidades que, por sus merecimientos y el impulso alcanzado por las calidades, realizaciones, eficiencia y número de alumnos, el Vaad Hajinuj Hamercazí y su red de escuelas pueden ser calificados como la obra cumbre de las realizaciones de una comunidad judía. En este orden de cosas, puesto que ahora funcionan varías yeshivas y un Seminario Rabínico Latinoamericano de matiz conservativo, no es improbable que las miras futuras estén dirigidas a recibir el estímulo, o seguir las huellas, de instituciones tales como la Brandéis Univesity, el Dropsy College, la Escuela de Altos Estudios Judíos de Cincinnatti e incluso la Yeshiva University.

En presencia de las festividades que celebran este primer centenario de la inmigración en masa de los judíos a las colonias agrícolas argentinas, nosotros, que hemos contribuido a fertilizar campos, a enriquecer las comarcas argentinas con nuevas ideas y germinales iniciativas, podemos afirmar que en el campo y en la ciudad, también nosotros, los judíos, hemos hecho a la Argentina.

ISSN: 1022-9833

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