Maritain, los judíos y el Concilio Vaticano II

*Versión resumida de la ponencia presentada en el 37th Annual International Meeting de la Maritain American Associaton, February 2014, Providence, R, EEUU. Para leer la versión completa hacer clic aquí


Es casi un lugar común recordar que la declaración Nostrae Aetate (en adelante NA) sobre las religiones no cristianas del Concilio Vaticano II, de la que en el próximo año se celebrará su medio siglo, es considerada tanto por judíos como por católicos como un verdadero giro copernicano que cambió una realidad de dos mil años.

Este es el acontecimiento fundamental. Pero en segundo término, hay que tener en cuenta que este cambio fue realizado en un tiempo asombrosamente breve. Siguiendo este camino y como tercer punto, debe advertirse que dicha transformación es el resultado del trabajo de un pequeño grupo de hombres que hasta ese momento eran absolutamente desconocidos entre sí. Finalmente, y en cuarto lugar, no es un detalle menor que ellos trabajaron en forma conjunta: unos pocos judíos lo hicieron en unión con otro pequeño grupo de cristianos, muchos de ellos de matriz judía.

Pero ¿cómo es la historia real de este documento tan importante? ¿A quién se le ocurrió la idea de hacerlo? ¿Cómo se formó, cuáles fueron las condiciones de su alumbramiento? ¿fue él acaso una imposición de maniobras ajenas a la propia asamblea conciliar, como sostienen aún hoy todavía algunos centros integristas y antisemitas? Las líneas que siguen procuran desentrañar estos interrogantes, hasta hoy escasamente respondidos para el gran público.

Un texto breve pero con mucha miga

Se necesitó poco para decir mucho. De este modo, y a partir de la declaración, ciertamente una mirada objetiva puede advertir que hay un antes y un después divididos por el hecho histórico. Si bien el texto se refiere genéricamente a las religiones que no pertenecen al tronco del cristianismo, y por lo tanto esa transformación apunta en general a las relaciones de la Iglesia católica con las demás creencias religiosas, el judaísmo es la estrella del documento.

De tal manera, el tono de la declaración que desde el comienzo invoca positivamente los valores de otras religiones como el islamismo y el budismo (el texto original consistía únicamente en una declaración sobre el judaísmo, posteriormente ampliado a las religiones no cristianas) es marcadamente diferente al que hasta entonces había caracterizado a las enseñanzas de la Iglesia católica en la materia.

Sin mudar conceptualmente la doctrina, el texto evidencia sin embargo un enfoque completamente nuevo, que el renunciante papa Benedicto XVI ha definido interpretativamente como la hermenéutica de la reforma, por oposición a otras dos que constituyen vicios de defecto y vicios de exceso y que pueden denominarse hermenéuticas de la continuidad y de la ruptura, ambas representativas de opuestas actitudes con respecto a la doctrina conciliar.

El texto de Nostra Aetate en general y el relativo a los judíos en particular fue quizás el más controversial, junto a la declaración sobre libertad religiosa. Según un acreditado y calificado cronista conciliar, fue ésta una de las cruces que signaron el trabajo de la magna asamblea episcopal a nivel global. Se puede decir que el autor ideológico de esta declaración fue el papa Juan XXIII (cuyo camino continuó con toda fidelidad su inmediato sucesor Pablo VI) y el ejecutor fue el cardenal Bea.

Bea: el hombre providencial

 El jesuita alemán Agustín Bea es considerado por esta cuestión una de las figuras más carismáticas de la Iglesia contemporánea pero ya antes de su misión era conocido como un prestigioso biblista. En 1960 el papa Roncalli encomendó a Bea trabajar en una comisión preparatoria del Concilio Vaticano II en la perspectiva ecuménica designándolo primer presidente del Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos o Secretariado para la Unión de los Cristianos, luego convertido en consejo pontificio.

En 1966 Pablo VI creó una oficina en la secretaría para ocuparse exclusivamente de los judíos y en 1974 se creó una Comisión también ad hoc, que ha venido trabajando fructuosamente sobre diversos temas de su jurisdicción y de distintas maneras hasta el día de hoy.

Su tarea en este cargo con la ayuda de su secretario y después sucesor el holandés Joahnnes Willebrands fue ímproba y comenzó bastante antes de las sesiones conciliares, y no se limitó ciertamente al problema con los judíos, aunque éste fue su cometido específico principal y más difícil de llevar a buen puerto. Bea fue este piloto de tormentas, la historia le había reservado ser el hombre providencial para esta magna tarea.

Los precursores

Pero ya desde los años treinta, junto el teólogo Karl Thieme y el filósofo político Waldemar Gurian, John Oesterreicher había desarrollado una labor revisionista sobre la actitud cristiana ante los judíos, mediante diversos emprendimientos entre los que sobresale la fundación de un instituto de estudios judeocristianos en la Universidad de Seton Hall (EEUU). Oesterreicher realizó su trabajo conciliar en compañía del paulista Thomas Stransky y de Gregoy Baum y Bruno Hussar.

Es decir que muchos años antes un movimiento de personalidades de diversas procedencias culturales y religiosas ya había trazado un camino precursor. En este sentido, un antecedente muy importante de NA y considerado el primer paso conjunto para cambiar la historia, lo constituye el encuentro de judíos y cristianos celebrado en Seelisberg (Suiza) en 1947 e inspirado en las ideas de Jules Isaac (a quien puede considerarse legítimamente el padre judío de NA).

De otra parte, debe incluirse la labor de los obispos norteamericanos como grupo impulsor en el positivo tratamiento de cuestiones fundamentales en el proceso reformista del Concilio, como la reforma litúrgica, el ecumenismo y la libertad religiosa, en especial en este último y delicado tema resulta central la figura del teólogo estadounidense de la orden jesuita John Courtney Murray a quien debe considerárselo el verdadero artífice de la declaración Dignitatis Humanae. Pueden entenderse a Nostra Aetate y a Dignitatis Humanae como dos declaraciones hermanas y complementarias. Ambos jesuitas, pues, Murray y Bea, llevaron a cabo el cambio más grande de la Iglesia católica a lo largo de toda su historia en esta materia.

Francis Spellman constituye, junto a Richard Cushing en Boston y a John O’Connor, como su sucesor en la sede neoyorkina, un trío de brillantes cardenales norteamericanos que abrieron un nuevo camino en este terreno en su propio país. Pero su labor no se reduciría al ámbito local sino que a través de su despliegue conciliar ella alcanzó una resonancia global.

La resistencia

La oposición al cambio provino de varias fuentes, tanto dentro como fuera de la Iglesia. En el frente interno en primer lugar pude considerarse un público contradictor del proyecto reformista al cardenal Alfredo Ottaviani, prefecto de la Congregación del Santo Oficio (actual Congregación para la Doctrina de la Fe).

Algunos entendían que nada en materia dogmática estaba en juego, y por lo tanto las cuestiones disciplinares eran un asunto muy discutible, y había que mostrar todavía que todo ese cambio que se proponía aseguraría necesariamente un futuro mejor. Otros en cambio pensaban que las propuestas involucraban una mutación no ya formal sino sustancial en materia doctrinal que consecuentemente tocaba el corazón de las creencias inmutables, incluso el núcleo mismo de la fe. En este caso, y como resulta comprensible, la oposición se hizo más firme e intransigente.

Un instrumento organizativo de esta tendencia fue en concreto el Coetus Internationalem Patrum que era una coalición internacional de padres constituida a la manera de un grupo de presión de corte tradicionalista que buscó detener la reforma conciliar o al menos disminuir sus efectos. Esto lo hizo por distintos medios, y los padres conciliares se veían inundados de un material que en bastantes ocasiones adquiriría un tono ciertamente panfletario.

El grupo resistente fue liderado por el francés Marcel Lefebvre. Otros simpatizantes de la corriente eran el brasileño Antonio de Castro Mayer y los italianos Giuseppe Siri, Luigi Carli y finalmente el cardenal Ruffini. Se ha estimado en unos dos centenares el número de sus integrantes, que algunos extienden hasta doscientos cincuenta.

Las acusaciones que los integristas lanzaban contra el proyecto de Bea (o para ser más precisos de Juan XXIII-Pablo VI) en realidad encerraban una falacia o directamente ocultaban una verdad, por cuento el origen de los conceptos que se iban a convertir en doctrina conciliar no tenían su origen en fuentes judías sino católicas como el escritor León Bloy y entre otros, la brillante personalidad de Jacques Maritain, a quien el propio Pablo VI gustaba referirse como su maestro.

Los cristianos árabes

El grupo conservador -con todos los matices del caso según las distintas sensibilidades que en él se enunciaban-, se oponía no sólo por razones de fondo sino también de oportunidad, y ellas se dejaban sentir también entre los obispos cuya jurisdicción se ejercía sobre fieles cristianos que confirmaban minorías en países de amplia hegemonía islámica.

Ellos adujeron que de aprobarse la iniciativa sus fieles los cristianos de origen árabe o incluso quienes no revestían esa condición iban a atravesar serias dificultades en el marco de la controversia palestino-israelí e incluso podrían sufrir persecución en las sociedades de predominio islámico.

La oposición externa provino de fuentes tanto islámicas como cristianas de iglesias separadas de radio oriental, así como también se opusieron los cristianos católicos de ritos orientales secularmente enfrentados con los judíos. También en ellos como es lógico se dejaron ver motivaciones políticas y no solamente religiosas.

Jules Isaac

Sin embargo no debe creerse que en el judaísmo existió una homogeneidad de sensibilidades y pareceres con respecto a la relación con la Iglesia católica y en particular con referencia al Concilio y a la declaración conciliar. Se pueden establecer algunas distinciones básicas como el plano político y el religioso, que en el caso de la religión mosaica tienen una íntima imbricación.

Por este motivo en muchos dirigentes judíos surgió la convicción de que por fin podría haber llegado el momento de hacer algo para tratar de derribar o superar ese complejo muro de incomprensión. En esta situación asomaba un problema más profundo. Se había llegado al momento en que si esta actitud quería ir más a fondo había que formular un programa del cambio y ello implicaba necesariamente un activismo.

Para cambiar la tradición del odio hay que comenzar por modificar las raíces que lo han suscitado. Esta idea fue acuñada por un eminente judío a quien puede asignársele el carácter de padre (por parte judía) de la declaración NA (al menos en el parágrafo cuarto, que es el relativo a los judíos): Jules Isaac. El fue el catalizador del cambio.

Posiblemente la genial intuición de Isaac consistió en percibir que había llegado el momento oportuno para el gran cambio y que las condiciones habían madurado para dar ese paso pero que al mismo tiempo era necesario establecer de un modo concreto las medidas adecuadas para que él se hiciera realidad o sea para concretarlo en la realidad de los hechos y de un modo efectivo.

Isaac se entrevistó tempranamente en la inmediata posguerra con el Papa Pío XII aunque sin resultado positivo, sin embargo, lejos de desalentarse él volvió a insistir en una nueva entrevista con el papa Juan XXIII. Los aires renovadores de Roncalli impactaron evidentemente de un modo decisivo en este asunto. El papa ya había suprimido antes del Concilio Vaticano II la palabra “pérfido” con la que se calificaba a los judíos con evidente gratuita injuria.

También ya con anterioridad al Concilio y desde luego especialmente durante su transcurso hubo instituciones judías como el caso del American Jewish Committee que habían entregado varios memorandos a la Santa Sede en los que formulaban sugerencias para cambiar la desafortunada presentación que del judaísmo se leía en los textos de enseñanza del mensaje cristiano.

Estas gestiones fueron realizadas por dirigentes como Nahum Goldmann presidente de la Conferencia Mundial de Organizaciones Judías (COJO) y del Congreso Judío Mundial así como su secretario Gerhart Riegner junto a otras personalidades de relieve internacional de la talla de Joseph Lichten, Zachariah Shuster y Marc Tanenbaum. Merece la pena detenerse en algunos de estos nombres que en ese momento histórico jugaron un papel decisivo para llevar adelante la aspiración de un nuevo trato en las relaciones entre ambos pueblos.

Finalmente, en una reunión del Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos realizada el 20-23-XII-70 se constituyó un Comité Internacional de Enlace católico-judío, que ha facilitado las mutuas relaciones en el más alto nivel, al superar la dispersión y que los cristianos pero sobre todo los judíos hablaran con una sola voz.

Heschel y Riegner

Entre quienes desde el judaísmo fueron protagonistas del activismo reformista se encuentra el rabino Abraham Joshua Heschel proveniente de tradicionales dinastías jasídicas, quien fue uno de los más importantes teólogos del hebraísmo en el siglo pasado. Durante julio de 1961 Agustín Bea se reunió en varias audiencias con representantes del American Jewish Committee y fue el mismo Heschel quien preparó varios memorandos y mantuvo una entrevista personal con el arzobispo neoyorkino como así también con Johannes Willebrands. Pero la presión conservadora era tan intensa que prudentemente Bea desistió como un paso inoportuno de volver a reunirse con Heschel para no excitar a las fieras.

Gerhart Riegner ha pasado a la historia como el hombre que trató en vano de alertar tempranamente a Gran Bretaña y los Estados Unidos el horror de la Shoah mediante un cable que detalla el plan de Adolf Hitler para aniquilar a judíos. Sufrió persecución por los nazis y durante la guerra encontró refugio en Ginebra (Suiza), donde trabajó como secretario y vicepresidente del Congreso Judío Mundial.

Según Riegner, la entrevista de Jules Isaac con el papa Juan fue facilitada por el presidente francés Vincent Auriol (por una antigua tradición los jefes de Estado franceses tienen un particular estatuto en la Santa Sede), pero también por el hecho de que Roncalli había sido nuncio en París. Riegner considera al cardenal Bea una personalidad excepcional de la Iglesia católica a quien califica como el constructor de la declaración, como adjudica a Juan XXIII el rol de inspirador y a Jules Isaac el de catalizador.

Un memorando fue preparado por Maurice Perlzweig, director del departamento de asuntos internacionales del Congreso Judío Mundial y Joseph Lichten, de ADL de B´nai B’rith. En tales funciones, Riegner mantuvo contacto con funcionarios vaticanos y peritos conciliares como Stefan Schmidt, Thomas Stransky, Josef Hofer, John Oestterreicher, Gregory Baum y Hans Kung, entre otros.

El legado de Jacques Maritain

En esta sensibilidad que llegó a su punto de hervor en el Concilio Vaticano II se puede advertir la influencia, como ya se ha visto precedentemente, ejercida por la presencia de personajes del mundo judío y del mundo cristiano. Uno de estos personajes que puede considerarse un verdadero precursor del cambio en este segundo mundo es Jacques Maritain, que sería (aunque sin concurrir personalmente a la reunión) uno de los inspiradores de Seelisberg.

De esta manera, y aun sin participar de una manera inmediata y directa en la generación de Nostra Aetate, Maritain puede considerarse uno de sus padres intelectuales merced al influjo de su pensamiento en términos generales en el pueblo cristiano y en términos particulares en el de personas singulares como en el propio papa Pablo VI, visible tributario de su sensibilidad humanista.

Este cambio es el resultado de un replanteo en el paradigma moral derivado de la reflexión que surge de contemplar la dimensión ética de un crimen de lesa humanidad que no reconoce antecedentes en la historia del género humano. En el pensamiento de Maritain aparece una clara muestra de lo dicho en la tercera parte de una de sus obras más importantes en esta temática en la que reflexiona sobre “La tragedia actual del pueblo judio”.

Fue él quien ayudaría a sus hermanos en la fe a vislumbrar que la “Iglesia de los gentiles” está injertada en el trono de la raíz de Israel y que no se trata de dos realidades desgajadas y opuestas sino de una sola realidad salvífica. Maritain comenzó a mostrar ya en 1937 la imposibilidad del antisemitismo y la necesidad de repensar teológicamente el misterio de Israel en la historia de la salvación como parte de un único patrimonio espiritual.

Maritain veía que la prevención o prejuicio e incluso en la judeofobia o el odio a los judíos (muchas veces un ramplón antisemitismo disfrazado con ropajes teológicos) practicado en forma mas o menos intensa, era casi una forma de pensar muy arraigada y hasta una norma en muchos ambientes cristianos de su tiempo.

Esta actitud comporta una deserción de la ley fundamental de la caridad y por lo tanto una renuncia paradójicamente en nombre de la verdad a la verdad más esencial y suprema del cristianismo. En los ambientes comunitarios judíos se conocía y conoce el pensamiento del filósofo y se lo valora debidamente, incluso aún mejor que entre sus propios hermanos en la fe cristiana. Se aplica aq1uí una vez más lo de que nadie es profeta en su tierra.

En algunos países en que la cultura política y la religión católica constituían una argamasa fuertemente consolidada por una historia multisecular, las tesis maritenianas serían acremente controvertidas. La nueva cristiandad que surgía de su Humanismo Integral, en efecto, representaba una formulación completamente ajena a esa tradición, como surge de un texto mariteniano donde se pone una pica en Flandes en esta cuestión: “En Polonia, aunque los jefes de la Iglesia Católica, sobre todo el cardenal Hlond, hayan repudiado la sistemática e incondicional persecución respecto de los judíos’, el antisemitismo ha tomado una forma católica por el hecho de que, es muy natural, demasiado natural, que las pasiones que se refieren aun de la manera más engañosa a la defensa de los intereses nacionales de un país invoquen la religión tradicional de éste”.

Es posible que el cambio hacia una mayor sensibilidad en esta temática tenga su origen en la propia conversión de Maritain, en la que tendría una reconocida influencia el escritor francés León Bloy. Bloy representa un vigoroso testimonio de pensamiento cristiano enfrentado al espíritu burgués. Maritain y su mujer Raissa fueron conducidos por esta amistad, que ambos recordarían siempre de un modo entrañable, a las fuentes de la verdad. En este camino no estaría ausente una común sensibilidad de los tres intelectuales hacia el pueblo elegido.

De hecho, el mismo filósofo divide su vida antes y después de su encuentro con el escritor, quien había escrito una obra restallante como su propia personalidad que se llamó: La salvación por los judíos, publicada en 1892 pero en cierto modo ignorada por sus contemporáneos, donde se decía que el pueblo judío había sido colocado por Dios como un enorme peñasco en mitad de un río para levantar el nivel de las aguas. El título de la obra es un texto del propio Evangelio.

El impacto sufrido por Maritain respecto de este libro se evidencia en que él mismo promovió una reedición de la obra de su amigo, la cual recibió una favorable acogida. Ciertamente resulta sugestiva la dedicatoria de esta edición: “A Raissa Maritain dedico estas páginas escritas a la gloria católica del Dios de Abraham de Isaac y de Jacob”.

Algunos años más tarde, Maritain pronunció una conferencia bajo los auspicios de los “Groupes Chrétienté, en el Théatre des Ambassadeurs de París el 5 de febrero de 1938. En esta disertación, inmediatamente publicada también en Buenos Aires, el filósofo neotomista se hace cargo del problema y habla de la situación actual (en su tiempo) del antisemitismo, pero también traza una presentación de naturaleza teológica sobre los judíos.

Una nueva actitud

No se trata desde luego de la única ocasión en que el filósofo desarrolla su pensamiento en el punto, pero sí una de las principales fuentes. Otras dos obras donde se despliega la sabiduría mariteniana en esta cuestión son “El imposible antisemitismo” y “El misterio de Israel y otros ensayos”, así como también puede ella encontrarse estudiada en numerosos artículos de los Cahiers Jacques Maritain.

En la segunda parte de su disertatio, titulada “La significación teologal de la dispersión de Israel”, el maestro recuerda un concepto fundamental que más tarde tendría oportuna acogida en el propio texto de la declaración conciliar: las promesas de Dios no tienen arrepentimiento puesto que Dios no se arrepiente de sus promesas. En éste y otros puntos puede comprobarse así que el pensamiento mariteniano constituye una fuente directa de la declaración que cambió la historia.

En esta misma obra el humanista cristiano incluye también el pensamiento de León Bloy que también reproduce el Concilio: “Suponed, escribía León Bloy, a personas que hablasen en derredor vuestro continuamente de vuestro padre y de vuestra madre con el mayor desprecio y que sólo tuvieran para ellos injurias y sarcasmos ultrajantes. ¿Cuáles serían vuestros sentimientos? Pues bien, esto es exactamente lo que ocurre a Nuestro Señor Jesucristo. Se olvida o más aún, no se quiere saber que nuestro Dios hecho hombre es judío, el judío por excelencia de naturaleza, el León de Judea; que su madre es una judía, la flor de la raza judía; que los apóstoles han sido judíos tanto como los profetas. En fin, que toda nuestra liturgia está tomada de los libros judíos. Entonces, ¿cómo expresar la enormidad del ultraje y de la blasfemia que consisten en vilipendiar a la raza judía?”.

El retorno a las fuentes bíblicas fue el principio de la renovación de una manera de la Iglesia de concebirse a sí misma y de comprender su misión entre los hombres. Pero fue también ese mismo regreso a las raíces originales del cristianismo el que permitió a su vez percibir con una mayor hondura el lugar del pueblo judío en la historia de la salvación. Maritain fue una luz en ese encuentro entre dos pueblos, y en esa luz los cristianos pero también los judíos pudieron ver reflejado el misterio perenne del amor.


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CATEGORÍAS: Interreligioso
ISSN: 1022-9833

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