Vigencia de la inquisición española-lusitana

Introducción

Este trabajo constituye una invitación a reflexionar sobre la influencia que la Inquisición española, abolida hace más de 150 años, sigue teniendo en nuestras vidas. No pretendo entrar en los pormenores de la organización de ese cuerpo opresor. Existe una amplia bibliografia: va desde la clásica historia de la Inquisición del norteamericano Henry Charles Lea,1 escrita a principios del siglo sin que hubiera perdido su vigencia, hasta los libros que el chileno José Toribio Medina2 dedicó a la Inquisición hispanoamericana. Autores como Boleslao Lewinenla Argentina3 y Günter Böhm en Chile4 ahondaron en nuestro medio la investigación iniciada por Medina. Y no nos olvidemos de la obra de Ytzjak Baer,5 que trata la historia de los judíos en la España cristiana hasta su expulsión, llevada a cabo pocos años después de celebrarse el primer auto de fe (Sevilla, 1481).

Recordemos, que la Inquisición no es “invento español”. Ya en 1184 el Papa Lucio III introdujo la Inquisición episcopal. Pero fue en la España de Fernando e Isabel, donde alcanzó el perfeccionamiento que la convirtió en el temible instrumento de odio que, con leves variantes, se mantendría a través de los siglos. Creada no para evangelizar, sino para detectar y castigar las desviaciones en materia de fe de los cristianos, en especial de los “cristianos nuevos”, a quienes, contrariando a la doctrina cristiana ajena al racismo, se perseguían frecuentemente por sus “raíces infectas”. A los que se sumaban los moriscos, luteranos, brujos, iluminados, jansenistas, bígamos, etc. El Santo Oficio ejercía el poder absoluto, inapelable, sobre la vida, honor y fortuna de todos los habitantes de la Península Ibérica. Desde el pùlpito se instigaba a los feligreses a participar en esa cacería de herejes. Los delatores se sabían protegidos por el anonimato; los funcionarios del Santo Oficio por los fueros que les aseguraban inmunidad jurídica. El terror, basado en el secreto, las torturas y los castigos más atroces, alcanzaba también a los hijos y nietos de las víctimas. Negocio lucrativo; todos se beneficiaban de los “confiscos”: desde la Corona, tan ligada al Santo Oficio, hasta el pueblo llano, que adquiría en subasta pública los bienes de sus vecinos caídos en desagracia, así como siglos más tarde harían los nazis, que se apropiaban a precio vil de los negocios y casas de sus conciudadanos “no-arios”.

El disidente: un enemigo. Un criminal abominable que debía desaparecer. Concepto que persiste todavía en la mente de mucha gente, como nos lo demuestra la experiencia cotidiana.

Preguntas sin respuestas: cuestionamiento de algunos conceptos

Tal como ya lo señalé en otro lugar,6 para comprender el fenómeno de la Inquisición y poder extraer algunas enseñanzas útiles debemos estar dispuestos a revisar y corregir varios juicios preconcebidos. Descubriremos entonces el sutil horror que los jueces del Santo Oficio siguen proyectando a través de los siglos. Veneno hábilmente disimulado detrás de máscaras engañosamente inocentes, llamadas patriotismo, defensa de la moral y de la familia, fervor religioso, etc.

La revisión propuesta se hace necesaria, porque -salvo raras excepciones, entre las que merecen citarse las obras de Ytzjak Baer y de Josef Hayim Yerushalmi7, la mayoría de los estudios dedicados a la Inquisición se concentran en los aspectos procesales del Santo Oficio, en la organización de los tribunales, en los juicios y su ejecución, desvinculándolos del contexto histórico. Es menester entender la Inquisición como expresión de una sociedad: reflejo de la época, cuando el Renacimiento tardío desembocaba en el Barroco. Época con sus creencias y apetencias específicas, con sus guerras y sublevaciones, pestes, intrigas políticas, temores y esperanzas. Un período caracterizado por profundos cambios del clima político, económico, social, científico y religioso. En otras palabras: una época de transición, cuyas condiciones se asemejan bastante a las de los tiempos actuales.

De esta primera revisión, que establece el nexo entre la Inquisición española y el mundo que la generó, surge necesariamente la segunda, que examina los móviles, confesos algunos, ocultos muchos otros, que desde 1478 hasta 1834 en España, hasta 1813 en el Río de la Plata, alimentaban a esa mezcla diabólica, donde, entre otros elementos, se confundían el fanatismo, la ignorancia, el odio racial y de clase, la codicia, la superstición y las razones de Estado.

La tercera revisión sugerida tiene que ver con las víctimas predilectas del Santo Oficio: los “nuevos cristianos judaizantes”. ¿Hicieron éstos todo lo que estaba a su alcance para protegerse, o se entregaron mansamente al verdugo? ¿Es válida la conocida clasificación en “anusim” (bautizados a la fuerza) y “meshudanim” (los conversos voluntarios), o corresponde aplicar una fórmula más compleja? ¿Y qué de los que consiguieron seguir profesando la religión de sus mayores? Sabemos bastante acerca de los sefaradim que hallaron refugio en el Imperio Otomano, en Egipto, en Venecia o en la próspera comunidad judía de Amsterdam, aquella “Jerusalén del Norte”. Pero ignoramos mucho acerca de los sefaradim que en los siglos XVII y XVIII fundaron colonias comerciales en regiones marginales: Barbados, Nevis, Curazao y otras islas del Caribe, donde gozaron la protección de los holandeses primero, de los ingleses más tarde. Del estudio de los viejos contratos comerciales surgen los contactos que aquellos hombres de negocio cultivaron con Lisboa, Londres, Amsterdam, Calcuta, Brasil, Virginia, Nueva York y Boston. Como poco sabemos de los banqueros de sangre judía, que tenían trato con la corte de Felipe IV en el siglo XVII, a ciento cincuenta años de promulgarse el edicto de la expulsión. Finalmente trataré de señalar la semejanza entre la doctrina y metodología inquisitorial y la de los movimientos racistas contemporáneos.

Un mundo se pone en movimiento, o la utilidad de las religiones

Necesitamos esforzar nuestra imaginación para comprender la importancia que tenía la religión para los que vivían en el período de la Reforma y Contrarreforma. En la Europa cristiana medieval toda la vida, desde las actividades desarrolladas por las cofradías de loe artesanos hasta la enseñanza impartida en las universidades, desde la medicina hasta el arte -literalmente todo desde el nacimiento hasta la muerte- estaba subordinado a la religión. En el siglo XV esa supremacía comenzó a debilitarse. La paz religiosa entre católicos y protestantes aseguró a los monarcas (no así a los súbditos de estos) la libertad de elegir entre ambas confesiones rivales. Cuius regio, eius religio. Pero una de las funciones de las religiones se mantenía intacta: seguían siendo las aliadas del poder secular. Los reyes, duques y príncipes lo fueron por gracia divina. En consecuencia, dudar de la religión constituía un crimen de lesa majestad; el apóstata era considerado rebelde contra el orden divino y secular. Eccleeia triumphans. La religión: herramienta policial en manos de los poderosos. A partir de 1391 la unidad entre el Estado y la Iglesia se transforma en obsesión de la España cristiana. Con el grito de guerra “bautismo o muerte”, instigado por fanáticos como Fray Ferrand Martínez, el populacho se dedica a la conversión forzada de judíos y moros. Razones de Estado, si se quiere, que aún persisten en las cabezas de algunos políticos. Quien se dedica al proselitismo se gana puntos en el cielo por cada alma que salva, sea cual fuere el método empleado. Quien no es católico no es ciudadano con plenos derechos. Es “no-persona”.

Pero ésa era sólo una de las funciones de la religión. Otra consistía en la defensa de los mortales contra los miedos existenciales. Cuando la Inquisición de Torquemada entró en su fase agresiva, el mundo sufría grandes conmociones. La Tierra deja de ser el quieto hogar protector del hombre; ya no es el disco sostenido por elefantes, ni es el centro del universo; los astrónomos la han puesto en movimiento alrededor del sol. El microscopio y el telescopio corrigen la cosmovisión del hombre. Novedosas armas revolucionan la forma de conducir la guerra; en los países liberales (no así en España, sumergida en la miseria pese a toda la plata del Nuevo Mundo), las industrias se modernizan con las primeras máquinas. Los sistemas mercantiles se adecúan al comercio internacional; Gran Bretaña y Holanda se disputan la supremacía de los océanos. Nuevas mercancías se difunden: tabaco, papa, índigo, azúcar de caña, té, café. Los exportadores e importadores aprenden a manejar media docena de monedas que fluctúan permanentemente entre sí.

Si bien las ideas de Hobbes, Galileo, Grotáus, Pascal, Descartes o Spinoza se propagan tan sólo muy lentamente entre los círculos cultos, es en el siglo XVII, iniciado con Kepler y Galileo para terminar con Newton y Leibniz, cuando las ciencias consiguen liberarse del abrazo asfixiante de la teología, independizándose de Aristóteles y Tomás de Aquino. En las discusiones académicas los argumentos proporcionados por la Biblia ya no tienen el peso de antaño.

El panorama político se muestra no menos inquietante que los pensamientos de los filósofos. En el Este amenazan las invasiones turcas; en el Norte las de los suecos. El Parlamento inglés envía a su rey al cadalso. Hacia 1630 la declinación de la Monarquía Española Universal se vuelve incontenible, pese a mantenerse aún el brillo exterior del Siglo de Oro. Hacia 1700 se rompe definitivamente el equilibrio político del mundo de los Habsburgo. La peste negra, la sífilis, las guerras y las hambrunas diezman a la humanidad. Cometas anuncian nuevos desastres. Diríase que un mundo que durante muchos siglos se mantenía estable, de repente se torna dinámico. El hombre europeo (que por primera vez se siente como tal) se ve expuesto a poderes que no puede conjurar.

Naturalmente, ello no constituía ninguna novedad. El ser humano siempre se hallaba indefenso frente al destino. Pero hasta entonces contaba con un poderoso aliado protector contra el miedo provocado por las catástrofes que lo amenazaban. Podía aferrarse a la religión, el más grandioso baluarte contra la angustia de la muerte jamás ideado por el hombre, esa criatura singular que tiene conciencia de la limitación de su existencia. Y de pronto tuvo que comprobar que aquel refugio tan seguro había dejado de existir. Entonces, la Inquisición le venía de perlas. Era la defensa contra los enemigos que, según se le hacía creer, pretendían quitarle la religión que necesitaba para poder soportar la vida en este Valle de Lágrimas. Aquellos herejes que ponían en duda las facultades del divino Redentor, negando -como se sospechaba- no sólo la existencia del infierno y del paraíso, sino -lo que era mucho peor- hasta la inmortalidad del alma. La Inquisición: ¡dique de contención contra los cambios inquietantes del mundo, garante del orden divino!

En su desesperación, el hombre se inventó el enemigo externo dónde descargar sus angustias. El mecanismo de siempre: encontrar al culpable de todas las desgracias del mundo, equiparlo con rasgos diabólicos imaginarios. Y agredirlo para conjurar por arte de magia a los males que lo amenazan. La violencia contra quien se hace sospechoso por ser diferente: por tener el color de la piel distinto; cuya religión, cuyas costumbres, difieren de las de la mayoría.

Hasta que ocurriera la conversión masiva de los judíos españoles en los siglos XV y XVI, no era difícil reconocer a éstos a simple vista. Pero una vez bautizados e integrados a la mayoría, se hacía necesario recurrir a la Inquisición para individualizar a esos cristianos nuevos, a los “relapsos”, a los no conformistas que seguían añorando la “Vieja Ley caduca”, quienes, según la mentalidad de los jueces del Santo Oficio, constituían una amenaza permanente para la verdadera fe cristiana. No en vano era ése precisamente el argumento que más se reiteraba para justificar las medidas adoptadas contra los judíos y “judaizantes”. Baer nos describe la indignación que en la clerecía provocaba la costumbre de los “cristianos lindos” de merodear en la vecindad de las sinagogas, para escuchar el comentario de los rabinos. Así sucedía, naturalmente, antes de 1492.

Un siglo de violencia

La violencia: consecuencia de las angustias del hombre. A primer golpe de vista nos resulta incomprensible cómo se puede torturar y matar a una persona, por el mero “crimen” de creer o no en cuestiones que hoy consideramos sin relevancia alguna. La predestinación, la existencia o no del purgatorio, la transubstanciación, el advenimiento del Mesías o la infalibilidad del Papa son problemas que no nos quitan el sueño. Tampoco nos entra en la cabeza, cómo la posesión de una Biblia en romance, la costumbre de ponerse camisa limpia los sábados o la aversión a la carne porcina pueden causar la perdición de una familia entera.

A primer golpe de vista, dije. Pues los pretextos invocados para perseguir al prójimo no han variado gran cosa en los últimos mil años. La televisión nos sirve la violencia universal para el almuerzo y la cena.

En la Biblioteca Nacional de París se conservan dos grabados de Jacques Callot, famoso por su serie “Les Misères de la Guerre”,8  donde el artista ilustra con lujo de detalles la violencia que imperaba a principios del siglo XVII en Francia. Un amo castiga a su siervo a latigazos, una dama aplica igual tratamiento a su doméstica; una madre muele a palos el trasero desnudo de uno de sus hijos, los demás hacen cola a la espera de su turno. En otro rincón de una de las láminas se quema a un hereje delante de un grupo de escolares, convocados para asistir a esa escena de alto valor pedagógico. Se decapita a un reo, otro es ajusticiado sobre la rueda, varios se ven colgados en la horca; se descuartiza a un condenado, y se abre la boca de un falsificador de monedas, para volcarle plomo líquido a la garganta. Grandes y chicos asisten gozosos a esas ejecuciones públicas. Y no hablemos del horror que sembraba la soldadesca entre la población civil. En mi niñez, en Alemania, todavía nos contaban con verdadero espanto las crueldades perpetradas durante la Guerra de los Treinta Años ¡dos siglos antes!

En España y Portugal, los autos de fe rivalizaron con las corridas de toros. A veces se mantenía a los reos durante años en las cárceles secretas, a la espera de quemarlos todos juntos en el marco de un espectáculo grandioso, organizado para celebrar algún aniversario o una boda real.

Hay por lo menos tres particularidades que distinguen el terror desatado por el Santo Oficio de cualquier otra tiranía. Primero: mientras que tanto las actuales como las antiguas dictaduras son y eran personales, limitadas en el tiempo, aterrando por lo común a una, a lo sumo a dos generaciones, la Inquisición ibérica era impersonal y logró instalarse en la intimidad del pueblo, tiranizándolo durante 350 años: tiempo suficiente para transformar su carácter y su forma de pensar. Hay autores que sostienen que las atrocidades cometidas durante la última Guerra Civil Española son consecuencia tardía del fanatismo fomentado por los santones de la Inquisición. Como lo podría ser, agrego yo, la exigencia de un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, de que un rabino peticionante se quite el sombrero en salvaguardia de la dignidad de la Nación.

La segunda diferencia que distingue al Santo Oficio de otras organizaciones de terror: fue la única institución represora que alegaba hipócritamente perseguir a sus víctimas en nombre del Dios de amor, recurriendo a mil argucias para presentarse como padres “benignos y piadosos”. Y tercero: la Inquisición aspiraba a sancionar preventivamente los pecados que hipotéticamente pudieran cometer los inculpados en el futuro. De ahí los refinados métodos ideados para inquirir en la mente de los sospechosos y sonsacar las herejías ocultas, antes de ser pensadas aún. El “hermano mayor”, omnipotente, omnisapiente. “Brave New World” de Aldous Huxley y “Animal Farm” de George Orwell -¡ambas visiones juntas, proyectadas hacia el pasado! “¡Confiésala verdad!” amonestaban los inquisidores a sus víctimas de cuya culpa estaban persuadidos de antemano. La mancuerda, el potro, la garrucha, la trampa, se encargaban de exprimir esa “verdad”. Por motivos obvios, la picana eléctrica no integraba aún el arsenal de los autodenominados “defensores de los derechos de Cristo sobre la Tierra”. Salta a la vista la analogía entre los métodos aplicados por los ministros del tormento inquisitorio y aquellos que los esbirros de los salva patrias contemporáneos suelen propinar a los opositores políticos. Hay suficientes pruebas para suponer que, de vivir los inquisidores entre nosotros, estarían convencidos de defender la civilización cristiana occidental y de librar una muy meritoria guerra sucia contra los enemigos de la nación. Concepto que conduce a la próxima reflexión.

La Inquisición está entre nosotros

La intolerancia forma parte de la naturaleza humana. En lugar de concentrarnos en el antisemitismo de los otros, examinemos por un instante nuestras propias actitudes. ¿Estamos libres del prejuicio contra los grupos étnicos, sociales o religiosos que difieren del nuestro? Por supuesto podemos esgrimir muchos argumentos para justificar nuestra actitud. El sano instinto de rebaño; la amarga experiencia recogida a través de generaciones, que nos hacen desconfiados. Y -¿por qué no?- la voluntad de mantener nuestra identidad. Permítaseme parafrasear en este contexto a Einstein: Tan sólo cuando conseguimos vencer la intolerancia en nuestros propios corazones podremos pretender que el mundo cambie.

Por desgracia no faltan, incluso entre quienes debieran combatirla, los que fomentan la intolerancia. Cuando se le enseña a un niño desde su más tierna infancia que “los judíos mataron a Cristo”, se le inculca un mensaje de odio que integrará la personalidad del adulto del día de mañana. Ahí está el prejuicio, en estado latente quizá, pero siempre pronto a aflorar ante el estímulo apropiado: una crisis económico-social, por ejemplo.

¡La Inquisición está entre nosotros! Todos recordamos la frase de uno de los protagonistas del “proceso” argentino, quien opinó que, de matar a cien individuos de los cuales noventa y ocho resultasen inocentes, los dos culpables justificarían el operativo. Exactamente la misma sentencia se puede encontrar en la ”Historia de la Inquisición“ de H. C. Lea.1 Y no creo que nuestro contemporáneo haya leído la obra de Lea.

Las similitudes entre la manía racista de los nazis y la de la Inquisición dan mucho a pensar. La “raza superior”, lo que los arios fueron para los alemanes en la década del 30, lo fueron los godos para los españoles durante siglos. Loe “certificados de limpieza de sangre” españoles precedieron a los “pasaportes del ancestro” (Ahnenpass) nazis. En ambos casos, la probanza se remontaba hasta los abuelos. Los descendientes ”de raíz infecta“ no podían ejercer funciones públicas ni frecuentar las universidades. La condición de ”cristiano nuevo“ comprometía ipso facto la situación de los acusados por la Inquisición. Ambos regímenes (pues la Inquisición formaba un Estado dentro del Estado) se dedicaban a la creación sistemática de la imagen del “enemigo común”; recurrían a la caricatura difamante (los judíos tienen rabo, despiden mal olor, adoran la cabeza de chancho y explotan a los cristianos). Los rasgos paranoicos son inconfundibles en ambos casos. El delirio persecutorio conducía a reacciones de pseudodefensa (“hay que matar al judío antes de que él acabe con nosotros”) y encerraba una fuerte dosis autodestructiva. El destierro de judíos y moriscos dañó la economía española muy seriamente. Pero los adictos a la Inquisición consideraban esos perjuicios un sacrificio grato a los ojos de Dios, actitud comparable con la de los nazis que no sólo se privaron de la capacidad creativa a los científicos “no-arios”, sino que en plena guerra distraían material rodante, valioso estratégicamente, utilizándolo para conducir a los judíos a las cámaras de gas.

En 1408 los judíos españoles son obligados a usar distintivos especiales, medida que tiene sus antecedentes en la Alemania medieval: el ”parche amarillo“, que se mantenía hasta fines del siglo XVIII, precursor de la Estrella de David de ese mismo color impuesta por los nazis como signo difamante casi diez siglos más tarde.

La legislación antijudía -impuestos especiales, restricciones de trabajo, la negación de los derechos civiles, que frecuentemente terminaba con la expulsión- ofrece una larga tradición en Alemania. En ese sentido, los nazis pudieron prescindir de maestros foráneos. Pero mientras que las discriminaciones en los principados, reinos y ciudades libres alemanas, si bien motivadas preponderantemente por razones económicas, se revestían por lo común con un manto religioso (quienes se apartaban de su grey, convirtiéndose al cristianismo, automáticamente gozaban los mismos derechos que los demás ciudadanos), tanto en la España inquisitorial como en la Alemania nazi las persecuciones eran del tipo racial.

El parecido entre los dos sistemas comprende también el aparato legalista que los rodeaba: ese aparente respeto por las formas jurídicas, por más aberrantes que hayan sido las bases en que se fundan. Los jueces de la Inquisición sólo excepcionalmente se apartaban de sus reglamentos. Al igual que sus colegas nazis, eran amantes del “orden legal”.

Los inquisidores eran maestros en trastocar el sentido de las palabras. “Relajar” significaba quemar vivo; “reconciliación” se llamaba a la humillación pública de los “reos”; una “limosna” exigida a las víctimas del Santo Oficio era considerada un castigo benevolente: representaba la incautación de no menos que la mitad de la fortuna de los infelices; el tratamiento “piadoso” de los inquisidores consistía en aplicar el garrote a los “arrepentidos”, salvándolos de ser quemados vivos. Se mataba invocando al Dios del amor. La ”defensa“ de los acusados estaba a cargo de abogados, funcionarios del Tribunal, cuya única misión residía en convencer a sus clientes, que ignoraban de qué se les acusaba, para que se declaren culpables. No existía el derecho de apelación; los inquisidores se consideraban infalibles. La inseguridad jurídica absoluta. La mentira como sistema.

Volvemos a tropezar con esa inversión del sentido de las palabras en el discurso de los políticos de nuestro tiempo. Avasallan a sus pueblos en tanto se hacen proclamar paladines de la libertad. Instalan dictaduras que llaman democracias populares. Los ministerios de guerra se denominan ministerios de defensa; algún día se los bautizará ministerios de la paz, como irónicamente lo prevé A. Huxley en su ya mencionada novela.

Los defensores modernos de la Inquisición y del nazismo

No es de extrañar que los argumentos que aún hoy se esgrimen para justificar la Inquisición, en nada difieren de los utilizados por los nazis de hoy y de siempre.

Están los que niegan lisa y llanamente los hechos históricos. ¿La Inquisición? ¡Leyenda negra inventada por ingleses y luteranos! ¿Auschwitz? ¿Anna Frank? ¡Patrañas del judaísmo internacional! Luego están los que restan importancia a los hechos. Los que tratan de disculparlos, tal como intentan hacerlo los “revisionistas de la historia alemana”. Comparan el aniquilamiento de los guetos nazis con el bombardeo de Hamburgo o Dresde. ¿El Santo Oficio quemaba a los herejes? ¡Mentira! Se limitaba a entregarlos al brazo secular, pues la Iglesia aborrece verter sangre. Además los calvinistas también quemaban aloe disidentes y la quema de las brujas era acontecimiento cotidiano en Alemania y Francia. (Pero, debemos aclarar, nunca en semejante escala, nunca como producto de un sistema tan minuciosamente organizado a través de los siglos.) Además, dicen los que pretenden defender los procedimientos de la Inquisición (que no son pocos), éstos deben juzgarse con la mentalidad de siglos pasados. La aplicación de la tortura para obtener confesiones era práctica universalmente aceptada. Recurrir a las normas éticas del siglo XX para valorar los acontecimientos de los siglos XV o XVII sería falsear la realidad histórica. Como si el asesinato pudiese tener atenuante, no importa si fue perpetrado en la época de Calígula, de Jmelnitzky (Chmielnicki), de Torquemada o de Hitler y Stalin.

Emparentados con esas excusas “históricas” están los argumentos que tratan de justificar los crímenes de la Inquisición y de los nazis con razones de Estado. Por un lado, la necesidad de unificar al pueblo español después de la Reconquista, expulsando el cuerpo extraño enquistado. Tan arraigado está ese prejuicio, que aún hoyen nuestro medio un “Goldstein” o un “Schwartzman”, nieto de inmigrantes, es considerado por el hombre de la calle un extranjero o por lo menos ciudadano de segunda clase, en tanto que un Pérez o González, hijo de españoles, es aceptado como argentino de pura cepa, más legítimo que un descendiente de los indios matacos o guaraníes. Y por el otro lado: en el Tercer Reich la imaginada necesidad de deshacerse de “las razas inferiores”, culpables de la degeneración del pueblo ario.

Y están los que aseguran que los cronistas cargan las tintas. No fueron seis millones los judíos asesinados durante la Shoá, sino “apenas” un millón o 665.000 almas. La Inquisición no mataba; se limitaba a salvar las almas de los descarriados y a mantener el orden en un mundo convulsionado.

El precio de la emancipación

Desde sus mismos orígenes, el pueblo judío libraba una siempre renovada batalla contra la asimilación. Muchos mandamientos y prohibiciones de la Torá tienen el propósito de preservar intacta la cohesión física y espiritual del pueblo. El ya mencionado grito de guerra, “bautismo o muerte”, colocaba a los judíos españoles ante la alternativa: “muerte espiritual como nación, o desaparición física, individual”. Aunque con la conversión no siempre se evitaba el aniquilamiento, puesto que, como hemos visto, los “cristianos nuevos” fueron perseguidos pese a su condición de bautizados.

La conocida clasificación simplista de los conversos en “anusim” (obligados) y “meshudanim” (bautizados voluntariamente) deja varias dudas. Aún en los casos en que el bautismo no haya si do forzado a punta de cuchillo, ¿hasta dónde se lo puede considerar “voluntario” en un medio hostil, de permanentes amenazas? Me refiero al siglo XIV en adelante, no a épocas más idílicas (que las hubo; ¡por algo en el concilio de Elvira, en el año 314, se ordena la total separación de judíos y cristianos!). Además: ¿dónde ubicar en este esquema a los “averroístas librepensadores” y “escépticos”, cuyo número iba en aumento a partir de mediados del siglo XVII? Y, finalmente, ¿dónde está la gran masa de los indiferentes, de los que, cansados de tanta guerra, simplemente querían vivir en paz, sin importárseles la religión, cualquiera que fuese? Por cierto, las historias heroicas de los criptojudíos que arriesgaban la vida para encender velas sabáticas, guardar el ayuno de la Reina Ester y entonar, escondidos en el sótano, himnos en honor al Dios invisible, de nombre impronunciable, son muy conmovedoras. Pero constituían la excepción. En todo caso reflejan el comportamiento de grupitos aislados, de la primera, quizás de la segunda, generación de los conversos: frecuentemente la simple repetición de costumbres vaciadas de su sentido original, más que expresión de religiosidad. Aunque no faltaban quienes reprochaban a esos conversos una fe fluctuante, considerándo los “católicos que no habían dejado de ser judíos”. Con el transcurso del tiempo, esos “cristianos nuevos” se alejaban cada vez más de la religión judía, de la cual ya nada sabían. Después de todo, la judería española había hecho su elección en 1492: fueron quienes optaron por el duro camino de la emigración los que se resistieron a la asimilación.

¿Y qué del comportamiento de los perseguidos frente al peligro inminente? ¿Hicieron todo lo que estaba a su alcance para salvarse a tiempo? Naturalmente, sus posibilidades estaban limitadas. Salvo casos aislados, los inquisidores y sus secuaces no fueron agredidos; muy poco se sabe de una defensa organizada. Tal vez lo que más se parece a una reacción colectiva son las actuaciones diplomáticas de los marranos ante la Santa Sede (oro mediante) para aplacar el celo de la Inquisición. De esta manera se consiguió atrasar la instalación de la Inquisición en Portugal.

A nivel individual, por lo común actuaban los conocidos mecanismos psíquicos que confieren a las víctimas una falsa sensación de seguridad: la negación del peligro, la engañosa confianza en el imperio de la razón y justicia, la pseudoasimilación al enemigo, comportándose “más papista que el Papa”, incluyendo la difamación y delación de los correligionarios, tal como siglos después lo describió Bettelheim9 en cierta categoría de presos en los campos de concentración.

Tal vez sea válida la pregunta acerca de si la Inquisición intentaba acelerar el proceso de la integración de los conversos o si, por el contrario, preocupada por la penetración de éstos en la vida española, trataba de mantenerlos segregados, para evitar la “contaminación” del pueblo español. No es de descartar, que el objetivo haya variado en el transcurso de tantos siglos, según las circunstancias políticas del momento. ¿Contradictorio? ¿Acaso no se les reprocha a los judíos su tendencia a mantenerse apartados de los pueblos circundantes y, al mismo tiempo, su afán de instalarse en el cuerpo nacional de los demás?

El destino común genera un espíritu de cuerpo indestructible. Los lazos de solidaridad permiten soportar la hostilidad del medio que los rodea. Los guetos, las aljamas, representaban el retiro que proporcionaba a los perseguidos la sensación de seguridad -real o falsa, eso es otra cuestión- que los pueblos “normales”, es decir los que poseen un territorio, extraen de su patria. La experiencia nos enseña que, tan pronto desaparece la discriminación de los judíos, éstos se diluyen entre los pueblos circundantes. Las estadísticas de los matrimonios “mixtos” hablan claro. A través del tiempo, el cuerpo nacional ha perdido más sustancia a causa de los procesos de asimilación, que por todas las matanzas juntas, que no fueron pocas.

Mientras que allende de los Pirineos la Inquisición seguía quemando herejes, a partir de la Revolución Francesa se inició en la Europa más evolucionada el movimiento de la emancipación, que bregaba por la igualdad de los derechos ciudadanos para los judíos como tales: el derecho de vivir como judíos. La asimilación, se ha dicho, es el precio exigido por la emancipación: la absorción de la minoría por la abrumadora mayoría que termina por fagocitarla pacíficamente (o no tanto). Y si no es el precio exigido, por lo menos es la consecuencia lógica de una convivencia humana. La historia de la familia de Moses Mendelssohn lo ejemplifica. Y si, como reza el tantas veces citado bon mot de Enrique Heine, la fe de bautismo representaba para los judíos el billete de entrada a la cultura europea, en el caso de los judíos españoles vale más para los que vivían exiliados que para los que permanecían en su vieja e ingrata patria, donde aún siglos después de la conversión seguían discriminados.

Sirva como ejemplo el poco conocido caso de Sampson Gideon, descrito por Samuel M. Wilson,10 quien visitó el minúsculo cementerio judío de Nevis, una islita en el Caribe. Entre la veintena de tumbas halló la de Batsheva, fallecida en 1684. Era la primera esposa de Rohiel Abudiente, nieto de Pablo da Pina de Lisboa, un “cristiano nuevo” quien en 1599 viajó a Roma, según decía, para dedicarse a una vida de monje. Pero una vez abandonado Portugal, adhirió abiertamente al judaísmo. Se trasladó al Brasil primero, a Amsterdam luego, donde fue inscrito en la sinagoga con su nombre judío: Reuel Jes sur am. En Holanda se casó; su hija Sara contrajo nupcias con Moisés Abudiente, padre del mencionado Rohiel, nacido alrededor de 1650. En 1674 este último figuraba bajo el nombre de Rowland Gideon —como “Ye Jew”— en la primera matrícula fiscal de Boston. Más adelante se trasladó a los Barbados. Allí recibió en 1679 la autorización de residir en cualquier colonia del Imperio Británico. En ese mismo año se mudó a Nevis, donde permaneció hasta la muerte de su primera mujer. Sin abandonar sus intereses en Nevis, se radicó luego en Londres, donde en 1694 se casó con Ester da Porto, miembro de una conocida familia de judíos portugueses. Fue tesorero de la sinagoga de Bevis Marks y, al fallecer en 1722, fue enterrado en el viejo cementerio judío de Londres. En 1699 había nacido su hijo Samson (o Sampson), quien heredó una fortuna apreciable y se convirtió en un importante hombre de finanzas. En su carácter de tal concertó en 1745 un empréstito de 1.700.000 libras para la Corona Británica; cuatro años después consiguió consolidar la deuda nacional. A su influencia se debió, en gran parte, que en 1753 se promulgara el Acta de Naturalización de los Judíos, pese a la resistencia de los antisemitas británicos. Contrajo matrimonio con Jane Ermell, una aristócrata inglesa, y sus hijos fueron educados en la fe cristiana. Renunció como miembro de la sinagoga, pero siguió pagando en forma anónima sus contribuciones. En su testamento dejó 1.000 libras para la comunidad española y portuguesa de Londres, a condición de que se lo enterrara en el cementerio judío, donde, efectivamente, recibió sepultura, al lado de la tumba de su padre.

Esta extraña biografía, que abarca a cuatro generaciones, ilustra la “otra alternativa”: la historia de una familia de marranos que no termina en el quemadero pero sí en la pila bautismal, sin que mediara acto de coacción alguno. Tal vez no tengamos que ir tan lejos: la presencia de un tatarabuelo “portugués”, de incuestionable origen judío, en el árbol genealógico de algunas familias de próceres rioplatenses -neutralizada, seamos justos, por quince “cristianos lindos” que también integran la secuencia de antepasados- no impide a los descendientes considerarse parte del patriciado criollo de pura cepa. Ni los antisemitas más rabiosos osarían vetar tal pretensión.

Debo admitir que actualmente existen algunos círculos eclesiásticos que consideran a los judíos como hermanos; las discriminaciones raciales en nuestros países -dejando a un lado episodios más bien anecdóticos- suelen ser menos irritantes que hace, digamos, ciento veinte años, cuando un presidente del Superior Tribunal de Justicia argentino se negó a reconocer un matrimonio celebrado según el rito judío, alegando que la libertad de culto se refería exclusivamente a los cristianos y no “a una secta que aún espera la llegada del Mesías”.11 Naturalmente nadie puede prever si la tolerancia de la que actualmente gozan los judíos en Latinoamérica será un fenómeno duradero o no. La emancipación plena de los judíos alemanes abarcó un ciclo de 62 años exactamente: desde 1871 hasta 1933... Y eso, que -al igual que los judíos españoles- sus antepasados habían llegado a esas tierras siglos antes que la mayoría de los que invocaban el derecho de primogenitura. Sería ingenuo culpar a la Inquisición de todas las manifestaciones antisemitas habidas o por haber; bien conocidas son las múltiples fuentes que les dan origen. Aunque sus huellas pueden detectarse no tan sólo en las leyes nazis antijudías dictadas en 1935en Nuremberg,12 sino en muchos de los prejuicios antisemitas que siguen impregnando a pueblos de origen hispánico con su fuerte sabor de intolerancia religiosa.

Resumen

Por lo común se estudia la Inquisición ibérica en forma aislada de los demás acontecimientos que afectaron a Europa entre los siglos XV y XVII. En este trabajo se propone analizar la actividad del Santo Oficio en su contexto histórico como un fenómeno político-social, en un mundo sacudido por grandes cambios. Se marca el paralelismo entre la ideología y metodología de la Inquisición y los regímenes totalitarios del siglo XX. Los defensores actuales de la Inquisición y de los crímenes nazis se valen de argumentos idénticos. A más de un siglo y medio de su abolición oficial, aún se detectan los efectos de la Inquisición en la sociedad de origen hispánico. El autor cuestiona la conocida clasificación de los “cristianos nuevos” en anusim y meshudanim, proponiendo una fórmula más compleja. Mientras que la persecución milenaria de los judíos fortalece su identidad y favorece su cohesión nacional, las condiciones de vida más tolerantes conducen a la emancipación, proceso que, salvo excepciones, tarde o temprano desemboca en la nivelación y posterior asimilación. En España la Inquisición perturbó esa evolución natural, al perseguir a los conversos durante 350 años.

Citas

1 Henry Charles Lea: “A History of the Inquisition of Spain”, “The Inquisition in the Spanish Dependencies”.
2 José Toribio Medina: “Historia de la Inquisición de Lima”. “La Inquisición en Chile”. “La Inquisición en Cartagena de Indias”. “El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Provincias del Plata”.
3 Boleslao Lewin: “La Inquisición en Hispanoamérica”. “El Santo Oficio en América”. “Los Criptojudtos, un fenómeno religioso y social” y otras obras.
4 Günter Böhm: “Historia de los Judíos en Chile, el Bachiller Francisco Maldonado de Silva”.
5 Ytzjak Baer: “Historia de los Judtos en la España Cristiana”.
6 Roberto Schopflocher: “Nosotros y la Inquisición” en “Mundo Israelita” del 27/ 3 al 1/5/92.
7 Josef Hayim Yerushalmi: “From Spanish Court to Italian Ghetto, Isaac Cardoso, a study in seventeenth century Marranism and Jewish apologetics”.
8 Pierre Chaunu: “La Civilisation de l'Europe classique”.
9 Bruno Bettelheim: “Sobrevivir, el Holocausto una generación después”,
10 Samuel M. Wilson: “Caribbean Diaspora”, en “Natural History”, Marzo 1993.
11 Boleslao Lewin: “Cómo fue la inmigración judía en la Argentina”.
12 Philo-Lexikon, Berlin 1936 (Entrada: “Arier und Judengesetzgebung?).

ISSN: 1022-9833

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