Ciencia y espiritualidad

El cuidado del cuerpo y del alma desde el judaísmo

Sobre el Ser Humano

Sabemos desde los diferentes referentes del pensamiento que el ser humano es conceptualizado como un ser biopsicosocioespiritual. Existe una interrelación entre lo biológico-funcional y la mente, siendo significativamente influenciados por diversos contextos, entre los cuales podríamos mencionar lo sociocultural, económico, familiar, ideológico, espiritual y religioso.

Durante siglos y siglos se ha ido estudiando al ser humano desde muy diferentes enfoques, con encuentros y desencuentros con respecto al Ser en el mundo, buscando definir y priorizar un aspecto del mismo por sobre el otro.

Aún hoy, incluso, existen posturas polarizadas en cuanto al posible origen de determinadas afecciones del cuerpo y del alma que padece el individuo. En muchos casos se discute sí determinada afección o dolencia pertenecería al área de lo orgánico-funcional o bien de la salud mental. En lo que a malestar y dolencias se refieren, el individuo es mayormente diseccionado en múltiples partes, siendo derivado a diferentes especialidades en aras de que otro sea quien pueda brindarle mejoría.

Con el avance de las neurociencias y el enfoque psicoinmunoneuroendócrino, se ha ido demostrando que no existe tal disección sino que, por el contrario, hay una coexistencia y un entrelazado de factores que inciden simultáneamente en el propio organismo. Se integrarían así, lo que denominamos orgánico-funcional, lo mental o psíquico, y lo espiritual.

Si nos posicionamos en otro de los puntos de discusión “clásicos”, referiéndonos a la aparente contraposición entre ciencia y religión, y más precisamente entre teorías del origen del mundo y la óptica del judaísmo ¿Cómo se podrían esbozar posibles respuestas?

Una de las preguntas clásicas que muchos suelen plantear se focaliza acerca del origen de la vida, y en particular, sobre la creación del mundo. Las discusiones se sitúan entre la defensa de los modelos del surgimiento del universo, las posturas evolucionistas y lo que el Pentateuco -Torá- (primer tercio de la Biblia) nos presenta.

Si la Creación -desde las Fuentes- es narrada que fue llevada a cabo en seis días, y la aparición del hombre, sobre el final del sexto día ¿Dónde podrían ubicarse todas los postulados científicos de millones de años previos? ¿Acaso deberíamos adoptar una única posición sobre todo este gran misterio de los comienzos de la humanidad? Aun en la teoría del big bang, hay un primer punto esencial inaccesible al entendimiento humano.

Sin entrar específicamente en la retórica de cómo fue creado el hombre, y sorteando los obstáculos sobre sus diferentes lecturas posibles, la primera concordancia entre la ciencia y, en particular, el Judaísmo, sería planteando la siguiente afirmación: En el relato de la Creación, el acento no estaría puesto específicamente en la descripción cronológica e histórica de la misma, sino, por sobre todo, en el resaltar el “para qué”, la finalidad en su sentido único y verdadero.

Desde este enfoque podríamos esbozar que, mientras la ciencia hablaría sobre el cómo y el cuándo fue creado, nuestras Fuentes pondrían el acento en el sentido del Ser, en la tarea de ser “socios” de la creación, transformándonos en mensajeros para alcanzar el concepto fundamental judaico, que es el de “Tikún Olam”, el mejoramiento de nuestro mundo.

Numerosos Midrashim (Alegorías y relatos propuestos por los Sabios, partiendo del texto Bíblico) distinguen diferentes enfoques sobre estas primeras aseveraciones. Entre ellos, podríamos mencionar aquellos que señalan que el ser humano ha sido creado en último término, en aras de que, así como un rey, pueda él disfrutar y re-crear todo lo creado por el Eterno. Mientras otro Midrash, a diferencia del anterior, señalaría que el ser humano debería tomar conciencia que aun el más pequeño de los insectos ha sido creado antes, de manera de no caer en vanidad, ansias de dominio y poder.

De lo terrenal a lo espiritual

Así como hay una multiplicidad de criterios sobre el abordaje integral del ser humano, específicamente desde el campo de la salud, otro aspecto relevante que deberíamos plantear es el que refiere al campo de lo espiritual y lo religioso.

¿Por qué distinguir “lo espiritual” de “lo religioso”? ¿Acaso necesariamente todo lo espiritual estaría refiriéndose a lo religioso?

El individuo tiene necesidad de creer en algo, así como en la necesidad de ser escuchado, de ser sostenido y acompañado a lo largo de su camino de la vida.

La multiplicidad de circunstancias de la vida conlleva la búsqueda de posibles resoluciones subjetivas que tienden a sobreponerse a las adversidades de lo cotidiano.

Ante la inmensidad del universo, la magnitud del hecho a transitar, los recursos con lo que uno podría llegar a contar, nos ponen en una situación en vilo ante lo infinito.

He aquí la intersección entre lo orgánico-funcional, el campo de la mente junto a las emociones concomitantes, y el fundamental papel del campo espiritual de cada ser.

¿Cuáles serían las posibles circunstancias donde el individuo podría hallarse en su propia fragilidad?

1. Ante el dolor físico o emocional
2. La crisis que se debe atravesar
3. El padecimiento de una enfermedad compleja
4. El hallarse en soledad y/o aislamiento
5. Percibir la sensación de vacío y desprotección
6. Transitar una pérdida afectiva y atravesar un proceso de duelo

Comúnmente uno suele focalizarse en tan solo uno o dos aspectos del ser, buscando refugio en las ciencias y en el saber del profesional especializado. Sin embargo ¿Acaso no es en todas las posibles circunstancias que no alcanzamos a visualizar lo espiritual?

La búsqueda de ser uno mismo, de encontrarnos a nosotros mismos, identificarnos, vivenciar legítimamente nuestro mundo interior, pertenecen a un camino sinuoso y desafiante que conlleva muchas variables, entre las cuales vislumbramos lo familiar, las experiencias transitadas, las creencias y supersticiones, la esencia de uno mismo.

Volviendo a la pregunta sobre lo espiritual y lo religioso, bien valdría el intento de acercar cierta definición. Comúnmente suele enlazarse al campo espiritual con la forma como uno encuentra significado, esperanza, alivio y paz interior en su vida. La sensibilidad, la conmoción, la sobrevaloración y admiración, serían cualidades que revelarían lo profundo del ser.

Independientemente de cuán creyente pueda o no ser una persona, lo espiritual está siempre en juego, en cada decisión, cada acto, cada búsqueda de encuentro con lo infinito. Podría ser a través de la música, de una maravilla de la naturaleza, un nacimiento, un llanto del otro, un abrazo profundo y sincero.

Ante el dolor, nos calmará la presencia de un ser amado, o aún un desconocido que abre su corazón al llamado y nos brinda su presencia.

En la crisis, la fuerza para sobreponernos, apoyados en nuestros anhelos y convicciones.

Frente al padecimiento de una enfermedad, la orientación o el mero acompañamiento de otro cercano. En la oscura soledad, la luz que un amigo puede brindarnos con sus meras palabras. La sensación de vacío y desprotección, mediante la realización de obras de bien, ayudando a otros a tener luz. Ante el abismo de la pérdida afectiva, el silencio y la compañía de los allegados. Como se puede ver, aún no hemos mencionado la fe en Algo Superior, sino en la confianza y el apoyo de los que nos rodean, pero, por sobre todo, la apertura de nuestro interior, el despojo de la máscara social y la coraza que inhibe nuestras emociones.

Muchos encuentran lo espiritual también a través de la práctica religiosa. Independientemente de la procedencia y adhesión teológica, la inmensidad del universo y la admiración ante la Presencia Divina hacen a que cada criatura tome conciencia de su finitud así como, por sobre todo, su misión en el mundo.

La concientización de la perfección de la obra de Creación, de la sensibilidad y estremecimiento en un rezo o un servicio religioso, la prosecución de un precepto bíblico, la percepción de un milagro, la conmoción en el encuentro imaginario con sus ancestros, entre otros, nos acercan a lo trascendente de nuestra existencia.

Cuando hablamos de dolor, percibimos la vulnerabilidad de nuestro ser, lo humano y su finitud. El dolor es aquella sensación que, como señal de alarma, nos despierta y nos incita reflexionar sobre nuestro estilo de vida.

Muchos tipos de dolor atacan tanto el cuerpo como el alma. Ninguno queda ajeno al malestar y a la vulnerabilidad del existir.

El dolor del alma es la confluencia de diferentes dolores, palabras enquistadas, rencores congelados, enojos desmedidos, desilusiones y desesperanza.

¿Cómo hallar “sanación” a algo tan complejo e intangible? La introspección, la respiración profunda, el autocuestionamiento de los pensamientos negativos, la búsqueda de una paz legítima acorde a mi necesidad, así como el dejarse abrazar, “mimar”, acompañar; son ellos los principales medicamentos a los cuales todo ser humano tiene acceso.

Para quienes adhieren la creencia en el Todopoderoso, el refugio en la sabiduría de nuestras Fuentes, el permitirse trasladarse a través de la armonía de las plegarias, se conectan con lo infinito, con la esencia del Ser, con seres queridos que, aunque no llegaran a estar junto a uno, permanecen en el entramado de nuestras vidas.

El profesional muchas veces deja de lado aquello tan valioso y esencial como lo es nuestra esencia espiritual. Por descreimiento, por falta de tiempo, por considerarlo banal o bien perteneciente únicamente al clero, queda postergado o recluido en la sombra de nuestra interioridad.

Tenemos valores universales: Solidaridad, Respeto, Sensibilidad, Humildad, Paz.

Todos ellos contienen una particular esencia que enriquece nuestro interior tanto al recibir, al dar, como al compartir.

Maimónides, el Rambam (siglo XII), señalaba en una de sus obras maestras: “¿Qué es lo que cada persona está obligada a hacer? Nuestros Sabios dispusieron que cada persona debe visitar a los enfermos, consolar a los deudos y recibir visitas. Asimismo, cada hombre debe ayudar a un novio y una novia con escasos recursos, para que lleguen al matrimonio”. Mishné Torá, Hiljot Deot, 14

Queda claro, entonces, cómo cada ser debe embellecer su interior con dichos valores, haciendo de ellos, estandartes vivientes que permita entrelazarse con los otros. La posible consecuencia de su ausencia sería quedar inmerso en su propia búsqueda de sentido, percibiendo vacío y decepción.

En definitiva, el Ser Humano es un ser indivisible, íntegro, que conforma una unidad. El cuidado en lo corporal, lo psíquico, y el embellecimiento del alma son pilares para el mantenimiento de nuestra integridad.

“Desesperanza y disgusto: he aquí el resultado del estado que genera en nuestros corazones, una vida dedicada a la autocomplacencia” A.Y.Heschel

Epílogo

En síntesis, podríamos aseverar, entonces, que la ciencia y lo espiritual no se contraponen sino que, contrariamente, se complementan ante la dignidad del ser.

El campo de lo espiritual puede tanto favorecer como obstaculizar la armonía y plenitud del ser. Entendemos que lo espiritual no siempre debe estar ligado a lo religioso, y que tomar conciencia de nuestro interior, nuestra esencia de vida, nos permite dar significado y sentido al existir.

Todos nosotros necesitamos tener un lugar en el otro al igual que brindar nuestra sensibilidad y presencia en los otros. Solo por medio de nuestras propias acciones cotidianas lograremos sanar nuestro alma y poder así, sortear los obstáculos que presenta el camino de la vida.

“Si piensas constantemente en ti mismo, seguro te deprimirás. Dedica una hora por día en pensar cómo beneficiar al otro”. M.M.Schneerson


Bibliografía sugerida

Maimónides, Mishné Torá
Heschel, A.Y., La democracia y otros ensayos
Schneerson, M.M., Trayendo el cielo a la tierra
Heschel, A.Y., La tierra es del Señor
Wiesel, E, Mensajeros de Ds

CATEGORÍAS: Judaísmo, Filosofía
ISSN: 1022-9833

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