El "santo oficio" de la inquisición en Manila

Dependencia de la inquisición en México

La colonización española en territorios ubicados en el oriente de Asia se realizó desde el continente americano.

Apenas instaladas las colonias españolas en América, sus conquistadores y gobernantes iniciaron la búsqueda de nuevas fuentes de riqueza y de nuevas tierras de conquista. El 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa, alcalde de Santa María la Antigua de Darién (ciudad en la actual Panamá, que desaparecería luego en el seno de la selva tropical), descubrió el Océano Pacífico, al que llamó Mar del Sur, tras una difícil marcha de cuatro días, guiándose por la información brindada por indios locales. Balboa entró en el agua hasta la cintura, sacó su estoque y tomó posesión del mar en nombre de la Corona de Castilla y de su rey Carlos V, bautizándolo como golfo San Miguel. Este descubrimiento, en el que muchos vieron la promesa de acceder a nuevas regiones desconocidas, le valió a Balboa el título de Adelantado del Mar del Sur.

La famosa expedición de Hernando de Magallanes, que partiera de Sevilla el 10 de agosto de 1519, entró en el Mar del Sur el 27 de noviembre de 1520. A fines de marzo de 1521, Magallanes llegó a la isla de Cebú, en las Filipinas, y, tomando posesión de ella en nombre de Carlos V, plantó la primera cruz y celebró la primera misa en territorio filipino. Magallanes decidió bautizar a los nativos de Cebú. Esta decisión apresurada llevó a una rebelión de los cebuanos y al asesinato del propio Magallanes1.

La historia de la conquista española de las Filipinas cuenta con otros tres viajes que terminaron en desastre: el de Juan García Jofré de Loyasa, que siguió el camino de Magallanes; el de su subalterno Del Cano; y el de Alvaro de Saavedra, que partió de México por orden de Hernán Cortés. Las tres expediciones se proponían conquistar las islas Molucas (hoy parte de Indonesia), cuyas especias atrajeron el interés comercial de los españoles.

Dicho interés produjo un enfrentamiento con los portugueses. Resultado de dicho enfrentamiento fue el Tratado de Zaragoza en 1529, por el cual los territorios adjudicados a los portugueses incluyeron también a las Molucas. Como consecuencia, España concentró sus esfuerzos en las Filipinas.

A Pedro de Alvarado, Adelantado de Guatemala, le fue encomendada la organización de una nueva expedición a las islas. El comandante de la misma, general Ruy López de Villalobos, salió de México en 1542 en dirección a las “islas del oeste”, bautizadas Filipinas en honor del infante Felipe, quien fuera más tarde del rey Felipe II. La expedición fracasó como sus predecesoras, debido a motines entre la tripulación, dificultades en la travesía y encuentros bélicos con los portugueses, que ya se hallaban en la isla de Mindenao, al sur de las Filipinas.

Se puede considerar que la verdadera conquista española de las Filipinas comienza con la salida de cinco barcos y 400 hombres desde Natividad, en México, en noviembre de 1564, bajo el mando de Miguel López de Legazpi. Legazpi llegó a Cebú el 27 de abril de 1565, y fundó un asentamiento como base de las operaciones españolas. El mismo fue trasladado, seis años después, a la bahía hoy llamada de Manila.

De estos datos podemos concluir que, al contrario de los portugueses, que trataban de manejar sus intereses en Asia oriental desde Europa, el lazo español con Asia se estableció desde las Américas.

El mismo fenómeno se observa en el terreno comercial. Manila volvió a ser el centro del comercio entre las Américas y Japón, China, Camboya, Malaya e India. Macao y Goa, que se hallaban bajo dominio portugués, comerciaban también con Europa.
Desde el comienzo, las Filipinas se relacionaron con la costa americana del Pacífico: Guatemala, Panamá, Ecuador, Perú, y principalmente con México y su puerto de Acapulco. México era considerada la ruta más cómoda entre España y los centros del interés español en el llamado “Lejano Oriente”. Los barcos españoles llegaban a Vera Cruz, en la costa atlántica de México; las mercancías eran trasladadas por tierra hasta los puertos del Pacífico, y de allí por mar hasta el Asia.

Como consecuencia, las islas Filipinas quedaron como dependencia de las autoridades coloniales españolas en México. Del mismo modo, las órdenes religiosas de las Filipinas estaban sometidas a los provinciales residentes en México.

El dominio mexicano sobre las Filipinas se concretó en 1559 con el nombramiento del padre Fray Andrés de Urdanetta, de la orden de San Agustín, para que tomara posesión tanto política como religiosa de las islas del Mar del Sur (Pacífico).

Este dominio del virrey y de los jefes provinciales de las órdenes religiosas en México no tomaba en cuenta los problemas especiales de las Filipinas. Los decretos legales, tanto civiles como religiosos, se manejaban con las condiciones vigentes en México y demás territorios americanos, y consideraban a las islas del Pacífico como una extensión de América. Los indios americanos eran paganos, y poseían culturas e imperios propios. Una vez dominados por medio de la fuerza militar, y exterminados los reyes y caciques locales, se imponía el orden político y religioso del colonialismo español.

En Filipinas los problemas eran distintos. En primer lugar, los españoles se encontraron allí con musulmanes, que poseían ya bases en diversas zonas del Asia y en la región sur de las Filipinas. La llegada a Manila de numerosos comerciantes asiáticos, en gran parte chinos budistas, portadores de culturas, religiones y filosofías distintas, crearon problemas y llevaron a enfrentamientos totalmente diferentes a los que teman lugar en América. Los comerciantes y religiosos españoles de Manila viajaban al oriente asiático y mantenían contactos en los que debían medirse con culturas milenarias fuertes y dominantes.

Conviene también señalar que, en los siglos XVI y XVII, el comercio internacional estaba casi monopolizado por conversos judíos al cristianismo2.  Estos, llamados “cristanos-novos”, “homens da nafáo” o “homens de negocios”, fueron en su mayoría conversos portugueses. Su papel se volvió significativo cuando Felipe II de España asumió en 1580 la corona de Portugal. Muchos de esos “nuevos cristianos”, para alejarse de la persecución de la Inquisición ibérica tanto como por sus actividades comerciales, prefirieron establecerse en puertos españoles y portugueses que estuviesen lo más lejos posible de las metrópolis ibéricas. De esta manera, podían continuar con sus costumbres judías, lejos de los tribunales del Santo Oficio, y al mismo tiempo desarrollar sus actividades comerciales, las cuales eran también del interés de las autoridades civiles.

En las colonias españolas de América, cabía a los obispos la función de procesar y castigar a los acusados de herejía, hasta tanto se establecía un tribunal de la Inquisición. En Manila, fundada por Legaspi en 1571, la administración espiritual estuvo en manos de la orden de San Agustín. Los miembros de esta orden se abstenían de iniciar procesos de fe, a pesar de que la Real Cédula firmada por Felipe II en Madrid en agosto de 1570 les concedía el derecho de jurisdicción episcopal en las Filipinas3.  Las autoridades eclesiásticas no Be apresuraron a nombrar un comisario de las Inquisición en Manila. Es de notar que cuando el obispo Fray Domingo de Salazar pasó por México en 1581 camino a Manila, no se tomó en cuenta la situación de la guardia de la fe en las Filipinas, denominadas “aquella tierra nueva y tan poco poblada de españoles”.4  Tampoco interesaba a los españoles de Manila —parte de ellos cristianos nuevos— atraer la atención de las autoridades en México y España, civiles y religiosas, sobre lo que ocurría en la ciudad, por temor que ello influyera sobre el comercio iniciado en ese período y del cual Manila era el centro.

La vida de Manila se centraba en la llegada y partida de los barcos y galeones. No se hacía mayor esfuerzo por trabajar duro. Los manileños servían de intermediarios entre los galeones que llegaban del oriente asiático y los que partían hacia Acapulco en México. No se hicieron plantaciones, no se desarrolló la agricultura ni la ganadería, ni tampoco la industria. El comercio constituyó la principal y única ocupación5.

El estudio sobre la Inquisición en Manila depende de escasos documentos. Al ocupar los ingleses la ciudad del 15 de octubre de 1762, el comisario de la Inquisición, temiendo que sus archivos fueran embargados y él mismo encarcelado, incendió los archivos, que fueron destruidos en su totalidad6.

Por ende, para esta investigación debimos basarnos en gran parte en los trabaos sobre la Inquisición en Manila realizados por el ilustre investigador chileno José Toribio Medina, quien utilizó la sección titulada “Inquisición de México” en el archivo de Simancas. Estoy totalmente de acuerdo con el historiador José López del Castillo y Kabangis, quien escribió:
Gracias a Medina y a su investigación en el archivo de Simancas, en España sabemos (...) si un trabajo como el de Medina hubiese sido publicado hacia 1810 cuando fue abolido el Santo Oficio (...) tal vez jamás fueron publicados. Sólo al terminar el siglo XIX, las Filipinas, gracias a los esfuerzos (de Medina) (...) tuvieron la oportunidad de aprender algo de los secretos y procedimientos de la Inquisición en el país, a comienzos del siglo XVII. ¡Tres siglos de oscuridad histórica! Cuán enorme conspiración de silencio7.

El primer comisario del Santo Oficio de la Inquisición en Manila fue el agustino Fray Francisco Manrique, quien fuera nombrado sólo después de que llegaran a México informes acerca de que los procedimientos realizados por el obispo Fray Domingo de Salazar, atentaban contra la autoridad de ese tribunal. Por las crónicas de la orden de San Agustín, sabemos que Manrique llegó a las islas por el año 15758.

Con este nombramiento, se limitaron los poderes del obispo, a quien se le ordenó que no se entrometiera en aquellos negocios cuyo conocimiento competía exclusivamente al Santo Oficio. Los derechos y objetivos del Santo Oficio en Manila fueron debidamente especificados en la carta emitida por el rey Felipe II en Barcelona, el 25 de mayo de 1585, en la cual leemos:
(...) la Sede Apostólica proveyó y puso el oficio de la Santa Inquisición contra la herética, gravedad y apostasía de estos reinos y señoríos.

Los inquisidores apostólicos que han sido y son allí presentes han entendido y entienden con toda diligencia y rectitud en extirpar las herejías y reducir al gremio de la Sancta Madre iglesia, a las personas que han confesado y confiesan sus delitos y en pugnir y castigar, conforme a derecho, a los herejes pertinaces y negativos (...)
(...) os encargamos y mandamos que no os entrometáis en tratar de los dichos negocios tocantes al Santo Oficio, por vos, ni por otras personas, y si habéis nombrado oficiales con título de Inquisición, los remováis y quitéis (…).9

Además de delimitar los derechos y funciones entre los diversos focos de poder en la colonia, la Inquisición filipina fue establecida contra el peligro y el espionaje de holandeses e ingleses, que hacían peligrar el dominio español en las islas y eran también portadores de herejía.

El historiador Abraham Newman, que investigó en profundidad la vida judía en España, considera que la más intensa y lucrativa de las luchas en defensa de la fe fue la librada contra los nuevos cristianos judaizantes, identificados en general como “portugueses”. Una de las razones era que, una vez castigada una persona y confiscados sus bienes, parte de éstos pasaban en muchos casos a beneficiar a los inquisidores.10

El centro comercial de Manila, alejado de la Península Ibérica y de las cárceles de la Inquisición, fue muy atractivo para los cristianos nuevos, y un número importante de los mismos llegó a las Filipinas, tanto desde Nueva España (México), como de las posesiones portuguesas en el sudeste de Asia11.  De esta manera, entre los primeros procedimientos del comisario de la Inquisición en Manila —además de condenas simples por delitos como “amancebarse con las indias y moras”, “por casado dos veces” y otros parecidos— hallamos el proceso contra el regidor de Manila, Diego Hernández de Vitoria, acusado por una esclava malaya (su cocinera) de haberle dado orden de no ahogar las gallinas sino de degollarlas; de que los viernes cambiaba la ropa de cama y se lavaba, de que no comía carne de puerco —en suma, de judaizante12.

Diego Hernández de Vitoria era natural de Oporto, Portugal; había llegado a Manila desde Malacca, donde era próspero comerciante. Murió en 1597, de enfermedad y de la pena causada por la acusación, aun antes de ser juzgado. Se hicieron esfuerzos por hallar pruebas de que había sido judaizante, para poder desenterrar su cuerpo y confiscar sus bienes. La mayor parte de su gran fortuna pasó a manos del notario y a la comisariato del Santo Oficio de Manila13.

Otro procedimiento del siglo XVI tuvo lugar en 1593 contra los hermanos Jorge y Domingo Rodríguez, cristianos nuevos portugueses residentes en Manila, acusados de judaizantes. Los Rodríguez fueron trasladados a México, donde se los condenó a tormentos y confiscación de bienes, por “haber guardado y creído a la Ley de Moisés, hecho en su observancia los ritos, preceptos y ceremonias y esperado al Mesías prometido en ella”. Además, fueron condenados a usar hábito y a cárcel perpetua14.

En los últimos años del siglo XVI, la Inquisición se concentró en los sospechosos de judaizar. El caso de Manuel Gil de la Guardia, procurador de causas de la Real Audiencia de Manila, causó en 1597 un gran escándalo. Gil, también originario de Portugal, fue acusado de “haber creído en la Ley de Moisés, rezaba los Salmos, guardaba los sábados todas las veces que podía, y fue condenado a salir en el auto de fe con vela, levo hábito, cárcel perpetua y confiscación de bienes”.15

El hecho de que la Inquisición en Manila estuviera sometida a las órdenes del tribunal de México causó mucha dificultad a los inquisidores en Manila, ya que tras buscar, encarcelar y acusar a los reos, debían trasladarlos a México para ser juzgados allí. La distancia, la incomprensión de las condiciones especiales reinantes en las islas, y la falta de libertad para actuar de manera independiente, causaron protestas y una serie de propuestas destinadas a remediar la situación.

Vale la pena cita la carta de Fray Diego de Soria, obispo de Nueva Segovia en Manila, del 30 de junio de 1606:
(...) hay cada día cosas que pertenecen al Santo Tribunal de la fe, y remitirlas a México, y tienen notabilísimos inconvenientes, por estar tan distante y tan lejos el remedio y tardar tanto las respuestas, que acontece acusar alguno de hereje, y dar cuenta al Santo Oficio de México, y cuando viene el mandato haberse muerto o huido y otras cosas a este modo.

El remedio que propuso fue:

(...) formar un tribunal (...) nombrando por inquisidores a los religiosos de las órdenes que hayan sido colegiales, que los tales son limpios de rezos de judíos y moros, y ordinariamente hombres doctos, y puede presidir el arzobispo de Manila, y en su ausencia alguno de los obispos, y con esto se remediarán los daños, y no habrá costos.

En el mismo sentido, el inquisidor don Gutiérrez Bernardo de Quirós escribió el 8 de mayo de 1611 al Consejo General de la Inquisición en México, señalando la dificultad de llevar reos a México:

(...) sólo dos que parecieron los más culpables mandamos traer, porque hallamos por inconveniente grande traerlos a todos, a causa de haber ido por orden y a costa Su Majestad, y ser allá necesarios, y que no le tenía menos ver cuán mal podían aquí hacer los procesos y substanciar las causas, por la gran distancia que había para las diligencias que se hubiesen de hacer y defensas de los reos; demás de que el castigo y demostración que en este caso se suele hacer, sería muy más a propósito donde se cometió el delito para ejemplo de los demás (...).16

Todas estas cartas y otras del mismo tenor no fueron aceptadas por los inquisidores en México. Las informaciones que llegaban desde las Filipinas sobre la vida de libertinaje en la cual participaban miembros de las órdenes religiosas en Manila, los intereses comerciales de los sacerdotes y las pugnas entre los inquisidores y las órdenes religiosas, no crearon en México una actitud de confianza que permitiera conceder a la Inquisición de Manila derechos de actividad soberana.

El paso más adelantado por parte del Consejo en México fue el decreto del 28 de noviembre de 1612, por el cual
(...) que por la distancia que hay, y la dilación que se pude seguir, rebaje la carcelaria a los reos, soltándolos con una caución juratoria después de haberse sustanciado y concluido el proceso.17 

El deseo de los inquisidores de Manila de independizarse de México coincidía con el deseo de los comerciantes manileños de excluir a mexicanos y peruanos del comercio entre Manila y las Américas. El volumen del comercio y las ganancias fueron tan impresionantes, que hispanoamericanos viajaban a Manila para hacer directamente sus compras sin el intermediario manileño. Desde Manila, se enviaron peticiones a la Casa Real, solicitando la eliminación de las inversiones mexicanas y peruanas en las Filipinas. En esta pugna tomaron parte también, por ambas partes, sacerdotes y miembros de órdenes religiosas.

El gran mercado para las mercancías filipinas estaba en Perú. De comienzos del siglo XVII poseemos descripciones que hablan del lujo y la extravagancia en Lima y en Potosí. En la calle de los Mercaderes, en Lima, se compraban sedas chinas, porcelanas y joyas asiáticas en grandes cantidades.

En su carta a la corte real, el virrey Monterrey escribe en 1602:
Todos viven en gran lujo. Todos se visten en seda. La ropa de las mujeres es tan rica, que no tiene comparación con otros lugares del mundo.18

El comercio siguió a pesar de todos los intentos de limitarlo y de imponerle gravámenes e impuestos. De Manila a Acapulco y de ahí a Panamá, Guayaquil y Callao. En las memorias de un judío portugués de la época se lee: “Todos comercian, de virrey a arzobispo, comercian en secreto o con socios secretos”.19

En México, tanto el sector civil como el eclesiástico tenían interés en no quedar al margen de ese comercio, también llegaban a México informes acerca de los excesos cometidos por los inquisidores de Manila, cuyo pináculo fue el caso del gobernador de las Islas, don Diego Salcedo.

Salcedo, natural de Bruselas, llegó a Manila en 1663. Una de sus primeras disposiciones fue regular la salida de los galeones hacia Acapulco. Ello le ganó la enemistad de la mayor parte de la población. A su vez, las diferencias que tuvo con la orden dominica predispuso a los frailes en su contra. Y por encima de todo esto, fray Joseph de Paternina y Samaniego, agustino y comisario del Santo Oficio de Manila, ya enemistado con el gobernador por no haber éste nombrado a su sobrino en un alto cargo, supo que Salcedo se había hecho amante de una mujer casada que antes había concedido sus favores a dicho sacerdote.

Paternina irrumpió una noche, con todo el rigor del Santo Oficio, en la casa del gobernador, lo acusó de herejía y dictó contra el auto de prisión en causa de fe20.  El gobernador murió camino a México, a causa del cruel castigo infligido por sus captores. En 1671 la Inquisición de México declaró nulo e injusto el proceso al gobernador, restituyó sus bienes a sus herederos, y privó a Paternina de su comisariato.

En su actuación, la Inquisición de Manila tendía también a tomar parte en discordias internas, como los procesos contra expulsados de la orden de San Agustín. Dicha tendencia predominaba en el comisariato, que utilizaba a testigos nativos contra soldados españoles y civiles holandeses, alemanes o ingleses que llegaban a las islas accidentalmente o en tránsito. Esos hechos provocaron la oposición de los gobernadores, las restantes órdenes religiosas y los comerciantes.

La más significativa fue la actitud de los jesuitas, única orden religiosa que se atrevió a oponerse al Santo Oficio. Varias disputas fueron llevadas ante el tribunal de México para su resolución. La Inquisición en Manila se esforzaba en impedir el trabajo de los jesuitas en el interior de las Filipinas, acusándolos de inmoralidad en sus relaciones con la población local. Los miembros de la Compañía de Jesús no podían consentir en que se tocara a ninguno de sus miembros, ni se atentara de modo alguno contra las prerrogativas que a su juicio les correspondían. En ello recibieron el apoyo de la población local.

A todos los asuntos de los que se ocupaba la Inquisición de Manila, debemos agregar la llegada a las islas de conversos moros de Andalucía, quienes, para alejarse de la vigilancia en España, se trasladaban a las Filipinas. Allí se hicieron sospechosos de contactos con elementos musulmanes en las islas del Pacífico y Malaya.

Todos estos factores, muy específicos de las Filipinas, llevaron en 1749 a un nuevo intento de formar en Manila un tribunal independiente del Santo Oficio. Esta vez, don Francisco de Rauzo decidió elevar la petición al Inquisidor General en Madrid, sin pasar por México. Las razones que dio fueron las siguientes:

Por un fin tan de la gloria de Dios y que a vista de tantas naciones idólatras, mahometanas, cismáticas y herejes de todas sectas, que concurren y trafican por Manila, se conserve la fe católica pura ilesa y limpia de toda mancha (...) y siendo el Tribunal de la Santa Inquisición del toque de nuestra Santa Fe, si en algún dominio, reino o provincia de el Rey Católico, nuestro Señor, era necesario este Santo Tribunal, es en las Filipinas.

Son tan diferentes las costumbres de los asiáticos y las correlaciones de los grandes imperios de China, el Japón, el Mogol y otros reinos adyacentes, que los inquisidores de México, si quisieran cuidar de aquellas cristiandades con el acierto debido, debieran consultar a los teólogos que viven en aquellas misiones y de consultas y respuestas en tanta distancia, se originaría la confusión que se lamenta tanto en la gran China.

(...) Para este fin y para hacer cara a la herejía, se necesitaba en Manila la frente irresistible de un tan responsable tribunal.21

Nunca se tomó resolución alguna respecto de esta propuesta, que fue pasada de Madrid a México.

La Inquisición de Mánila no encontró mayor oposición al tratar de perseguir a los judaizantes, y no limitó sus esfuerzos paira lograrlo. Uno de los casos más típicos es el Antonio Díaz de Cáceres, natural de Portugal, capitán de la nave “Nuestra Señora de la Concepción”, que partiera de Acapulco hacia Manila el 29 de diciembre de 1589, cuando la mayoría de su familia fue encarcelada en México por el delito de judaizar (entre ellos su esposa doña Catalina de León y de la Cueva) y él mismo buscado por el tribunal. La historiadora Eva Alejandra Uchmany escribe lo siguiente, bajo el título “Un viaje fantástico”.22

Desde Manila, la nave siguió a Macao. Allí los portugueses encarcelaron a Díaz por ser español y decidieron enviarlo a Goa, India, sede de las autoridades del Santo Oficio portugués. Díaz, consciente de su posición de criptojudío, logró evadirse de su prisión y volver ocultamente a su propio barco, que partía hacia las Filipinas. La nueva tripulación lo descubrió, lo encadenó y lo llevó a Manila, donde fue condenado a muerte por el gobernador. En este caso, la Inquisición de Manila, para debilitar al gobernador, logró su liberación, y en 1592 Díaz ejercía como escribano público del Santo Oficio. Cuando logró recuperar su nave, Díaz viajó a Acapulco, donde después de una serie de aventuras pudo reunirse con su familia. En 1596 su esposa fue de nuevo encarcelada y luego quemada por “relapsa en la creencia de la ley de Moisés”. Antonio Díaz de Cáceres fue obligado a abjurar de la ley de Moisés y a pagar una elevada multa, y fue sometido a tormento. No se le propinaron azotes por “ser hombre de distinción y haber servido al rey”.23

Bajo el título “Judío Errante”, Uchmany nos informa acerca de Ruy Pérez, de 70 años de edad, de origen portugués, denunciado por pertenecer a la nación judía. De los testimonios en su proceso se sabe que él y sus hijos Antonio Rodríguez y Manuel Fernández24 huyeron de Portugal, donde su familia fue quemada por la Inquisición. En Goa fueron denunciados como judaizantes y lograron escapar a Malacca. Descubiertos allí, se embarcaron a Macao, donde “chicos y grandes lo tenían por judío y de casta de judíos”. Ruy Pérez y sus hijos escaparon en un barco japonés a Nagasaki. En Nagasaki “(...) todos los portugueses y aun japoneses lo tenían por judío”. Ruy Pérez y su hijo Manuel Fernández huyeron a Manila. En 1597 fue encarcelado; en el interrogatorio a fray Juan de Maldonado surgió que “Ruy Pérez no comía carne de puerco, mandaba degollar gallinas, no se quitaba la gorra cuando pasaba junto a una cruz”. Fue embarcado hacia México en septiembre de ese mismo año, y murió en alta mar.

En 1646, de la misma manera, el alcalde mayor de Pampanga, Filipinas, don Antonio Váez de Acevedo, fue recluido en prisión por judaizante. La mayor parte de sus bienes fueron embargados por el fisco de la Inquisición.

Además de las actividades mencionadas, la Inquisición de Manila se ocupaba de la censura de libros, prohibiendo varios libros de historia, enciclopedias y hasta textos eclesiásticos escritos por sacerdotes católicos. En el caso de la búsqueda de libros heréticos en casa de un señor Fallet, se encontraron “imágenes lascivas” y se le acusó de poseer un vidrio mágico que le permitía “ver desnudas las mujeres”. El resultado fue la confiscación de sus bienes.25

La toma de Manila por los ingleses el 15 de octubre de 1762 causó un trastorno considerable en la actividad del Santo Oficio en las Filipinas. Cuando el comisario Pedro Luis de la Sierra debió entregar el archivo inquisitorial, prefirió quemarlo. La Inquisición fue posteriormente restablecida en Manila, pero su papel fue mucho menor.

Las Cortes liberales decretaron la abolición de la Inquisición en todo el territorio de la monarquía española en 1810. Restablecida por Fernando VII, fue definitivamente abolida por Real Orden el 9 de marzo de 1820.

La dependencia de las diversas jerarquías en las Filipinas respecto de México llegó a su fin con la liberación de América Latina del dominio español. Esa liberación privó a las islas de su centro, y facilitó la ocupación norteamericana de las mismas.

En cuanto a las colonias portuguesas ligadas directamente a Lisboa —Goa, Timor, Macao— las mismas continuaron bajo el dominio portugués hasta mediados del siglo XX.


Notas

1Gaspar de San Augustino, Conquistas de las Islas Filipinas, 1565-1616, Ma¬drid, 1975, p. 48.
2 Frédéric Mauro, “Merchant Communities 1350-1750”, en James D. Tracy, ed., Rise of Merchant Empires. Long Distance Trade in the Early Moderm World 1350- 1750, University of Minnesota, 1990, cap. VIII, pp. 266-270.
3  José Toribio Medina, El tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las islas Filipinas, Santiago de Chile, 1899, p. 13.
4  Gaspar de San Augustino, op. cit., p. 38.
5  William Lythe Schurz, The Manila Galleon, Manila. Historical Conservation Society X, 1985, p. 39.
6  Abraham A. Newman, Medina, Historian of the Inquisition, Washington, Organization of American States, 1960.
7  José López del Castillo y Kabangis, “Contribución de Medina a la bibliografía de las Filipinas”, en Maury A. Browsen, ed., José Toribio Medina, humanista de Amé¬rica, Santiago de Chile y Washington, 1969, pp. 131-135.
8  José Toribio Medina, El Tribunal..., pp. 21-25.
9  Id., pp. 24-27.
10  Newman, op. cit.
11  Eva Alejandra Uchmany, “Criptojudíos y cristianos nuevos”, en Issachar ben Ami, ed., The Sepharadi and Oriental Jewish Heritage, Jerusalem, 1982, pp. 85-87.
12  José Toribio Medina, op. cit., p. 33.
13  Uchmany, op. cit., p. 101.
14  Medina, op. cit., p. 101.
15  Ibid., p. 40; Seymour B. Liebman, The Inquisitors and the Jews in the New World. Summary of Procesos 1500-1810, Coral Gables, 1976, p. 60; Eva Alejandra Uchmany, La vida entre el judaísmo y el cristianismo en la Nueva España, 1580-1606, México, 1992, pp. 70-73 y 143-161.
16  Medina, op. cit., pp. 36-38.
17  Id., p. 39.
18  Schurz, op. cit., p. 295.
19  Ib., p. 237.
20  José Montero y Vidal, Historia general de Filipinas, desde el descubrimiento de dichas islas hasta nuestros días, Madrid, 1887, pp. 334-337.
21  Medina, op. cit., pp. 141-147.
22  Uchmany, “Criptojudíos...”, pp. 88-94; Uchmany, La vida..., pp. 55-60; Seymour Liebman, Los judíos en México y América Central (fe, llamas e Inquisición), México- Madrid-Buenos Aires, 1971, pp. 233-250.
23  Uchmany, Criptojudíos..., pp. 95-99.
24  Para evitar persecuciones a toda la familia, los conversos usaban apellidos diferentes para cada miembro; de este modo, si se encarcelaba a un hermano, el otro podía huir.
25  Medina, op. cit., pp. 134-135.

ISSN: 1022-9833