Una apuesta a largo plazo

Más importante que la tregua, fue la mediación que desembocó en ella. Algo muy parecido a una luz al final del túnel debe haberse insinuado para que Benjamín Netanyahu detuviera la ofensiva militar, antes de haber desarticulado la totalidad del aparato atacante en la Franja de Gaza.

La tregua en sí misma, por su fragilidad, parecía insignificante. Pero su mentor fue Egipto. Eh ahí la novedad. Por cierto, no es novedosa una mediación egipcia, porque el rol de El Cairo ha sido precisamente mediar entre israelíes y árabes desde los acuerdos de Camp David entre Sadat y Beguin. Lo novedoso es que a esta mediación no la efectuó Hosni Mubarak, sino el gobierno de la Hermandad Musulmana que preside Mohamed Morsi. Este es el hecho significativo y, si se quiere, razonablemente esperanzador. Lo demás es historia repetida.

No es nuevo que Ezedim Al Kasem y la Jihad Islámica lancen proyectiles contra Israel. Tampoco que el Estado judío responda con un asesinato selectivo, eliminando ahora a Ahmed Jabary, el jefe del brazo militar de Hamas. Al fin de cuentas, así eliminó al mismísimo Ahmed Yassin, venerado fundador y líder de esa organización ultra-islamista, entre tantos otros.

Las novedades estuvieron en las acciones militares: el debut de los misiles iraníes Fajr-5 llegando hasta Tel Aviv y Jerusalén y el exitoso bautismo de fuego del escudo de misiles anti-misiles bautizado “Cúpula de Acero”. Lo demás es historia repetida.
También es historia repetida que el mundo parezca sancionar más a Israel por las víctimas civiles que causa. Es curioso porque Hamas, igual que Hizbolá en el Líbano, apuestan a ganar en la dimensión mediática de la opinión pública internacional sumando cadáveres de niños. Quizá por eso en la ciudad de Gaza nunca hay refugios antiaéreos para la población civil, ni eficaces sistemas de alarmas.

Los misiles lanzados contra Israel causan menos daño, pero no porque los lancen exclusivamente contra objetivos militares, sino porque la población civil atacada dispone de alarmas y refugios para protegerse.

Es curioso que la opinión pública mundial y la prensa no repudien la estrategia de victimización del propio pueblo que pone en práctica Hamás cada vez que inicia una confrontación que sabe a ciencia cierta los estragos que causará en su desamparada población. Una estrategia cruelmente eficaz, debido a la ausencia de repudio internacional a la ausencia deliberada de adecuados sistemas de protección para mujeres, niños y ancianos. Aunque esto no exonera a Israel de su propia responsabilidad para con ese pueblo palestino, encerrado en una auténtica ratonera territorial en la que la vida digna en un Estado independiente es, sencillamente, inviable.

Pero todo esto es historia ya conocida. Ese nudo gordiano que nadie sabe como desatar; el laberinto donde se han perdido las mejores intenciones negociadoras de propios y ajenos. Lo nuevo es el protagonismo que insinúa la Hermandad Musulmana y que ha generado una expectativa, aunque tenue, en los gobiernos de Israel y los Estados Unidos.

El mensaje no estaba en la tregua anunciada, sino en que al anuncio lo efectuaran en El Cairo el canciller egipcio Mohamed Amr y la secretaria norteamericana de Estado, Hillary Clinton. En esa escena se insinuó la posibilidad de un horizonte distinto para un conflicto que se volvió letárgico.

La Hermandad Musulmana es la organización que inspiró a la mayoría de los grupos integristas del Oriente Medio. Entre ellos, Hamas. El jeque Ahmed Yassin fue discípulo de Hasan Al Banna, el egipcio que creó la Hermandad Musulmana en la primera mitad del siglo XX. De regreso a Gaza, Yassin fundó la organización de socorros mutuos Al Muyama teniendo por modelo a la entidad egipcia.

Desde ese parentesco es que el actual gobierno egipcio influyó sobre Hamas para lograr esta tregua, la que no tendría mayor relevancia si el actual gobierno de Egipto no hubiera insinuado el horizonte verdaderamente novedoso que, a juzgar por la expectativa que despertó en la administración Obama y en Netanyahu, dejó entrever en esta mediación.

En ese horizonte, la influencia iraní es conjurada por la irrupción de un nuevo polo político liderado por Egipto, Turquía y Qatar, y al que ya respalda el gobierno tunecino surgido tras la caída de Zine Ben Alí en el inicio de la llamada “Primavera Árabe”.
Todos tienen en común lo que podría denominarse “fundamentalismo moderado”, corriente que crece en todo el mundo árabe y que, de momento, se muestra más eficaz que el secularismo naserista y sus variantes a la hora de poner en retroceso al ultra-islamismo que lucha con métodos terroristas para imponer teocracia y sharía.

Los líderes turcos Abdulá Gül y Recep Tayyip Erdogán lograron el primer gran éxito del fundamentalismo moderado, al vencer a los ataturquistas y gobernar Turquía con buenos resultados. Por eso inspiraron al movimiento Nahda (renacimiento) que gobierna Túnez, al Partido de la Justicia y el Desarrollo de Marruecos (nombre directamente tomado del partido de Erdogán y Gül) y también a la Hermandad Musulmana, aunque fue la organización egipcia la primera en realizar la revisión de la que surgió el fundamentalismo moderado que inspiró al modelo turco. En rigor, la inspiración de los hermanos musulmanes estaba en su propia historia. Cuando la lideraba su creador, Hasan al Bana, en la primera mitad del siglo XX, no proponía tener la sharía como ley civil, sino inspirar estas leyes en la sharía, y como sistema político elogiaba la monarquía parlamentaria de los británicos.

La radicalización caracterizada por un aborrecimiento visceral hacia la cultura occidental, llegó bajo la gravitación de Sayyid Qutb. Pero aquel fervor extremista y teocrático comenzó a perder terreno ante el avance de una camada de dirigentes jóvenes y pragmáticos.

El hecho es que esta nueva posición política es la que está en asenso en los países árabes. El ultra-islamismo puso en retirada al secularismo, y ahora el fundamentalismo moderado pone en retroceso al ultra-islamismo. Y este fenómeno merece ser observado con expectativa favorable.

En el complejo tablero del Oriente Medio, Turquía y Egipto intentan conjurar la influencia iraní. A ese polo político se sumó Qatar. El diminuto emirato de la dinastía Al Thani empezó a mostrar voluntad de protagonismo desde la creación de la cadena Al Jazeera en 1996. Confirmó esa voluntad ayudando, junto con los gobierno de Egipto y Turquía, a la rebelión sunita contra el régimen sirio de Bashar el Assad.

Por cierto, no es la primera vez que liderazgos musulmanes disputan áreas de influencia. Las traiciones y los giros copernicanos jamás pueden descartarse. Pero Netanyahu no habría detenido la contraofensiva sobre Gaza, si no hubiera atribuido un margen de credibilidad a lo que parece susurrar la nueva diplomacia egipcia.

Como Israel no descarta una acción militar contra el proyecto nuclear iraní, necesita desmantelar todas las baterías misilísticas de su alrededor. Por eso era importante continuar la operación militar hasta destruir el último lanzamisiles Fajr-5, y Kasan y Katiusha y de todo tipo de proyectil de los que habitualmente lanzan sobre Ashkelon y demás ciudades del sur israelí. Pero más importante es no abortar la más mínima posibilidad de modificación del escenario político. Sobre todo si el cambio prometido, aunque no implique sumar aliados, permita restar enemigos.

Ese es el punto difícil de entender. Para un país como Israel, si bien lo óptimo sería acrecentar el número de aliados, resulta estratégicamente vital disminuir el número de enemigos que tiene su existencia en ese territorio. Por eso es importante que Hamás, y por ende la Franja de Gaza, se aleje del eje chiita Teherán-Damasco-Hizbolá, acercándose al nuevo polo político en ciernes que intentan moldear los gobiernos de Egipto, Turquía y Qatar.

Si eso ocurre, el siguiente paso sería la reunificación política de Gaza y Cisjordania, lo que preocupa al presidente de la ANP Mahmud Abas porque Hamás, siguiendo la tendencia predominante en la región, podría poner fin al poder secular que representa Fatah.

La Hermandad Musulmana podría propiciar un cambio de Hamás respecto a la existencia de Israel, aunque exigiría a los israelíes concesiones significativas para el nacimiento de un Estado palestino que sea territorialmente viable. Israel debería aceptar la lógica de tal exigencia. Incluso por el beneficio que tendría para su propia imagen, que desde hace tiempo viene perdiendo batallas en la dimensión de la opinión pública mundial.

No es fácil confiar. Al fin de cuentas, el emir qatarí Ahmad al Khalifa al Thani llegó al trono traicionando a su propio padre, Khalifa al Ahmad al Thani, quien a su vez reinaba desde que traicionó a su primo. También es difícil confiar en el presidente egipcio, quien en una muestra de dudosa ética política, aprovechó el reconocimiento a la tregua que logró su mediación para tomar medidas que ponen su poder  claramente por encima de las leyes. No obstante, dar una oportunidad a Mohamed Morsi sigue siendo la mejor alternativa.

La tregua es frágil porque en Israel no es cabalmente comprendida y, principalmente, porque Hamas no controla a la totalidad de los grupos jihadistas de la Franja de Gaza. El liderazgo de Ismail Haniye a duras penas rige sobre el Ezedim al Kasem, brazo armado de su partido religioso. Pero en los últimos años crecieron en Gaza expresiones más extremas, como el salafismo.

Pero lo más importante de lo sucedido en noviembre no fue la tregua entre Israel y Hamás, sino la mediación que desembocó en ella. El desafío es comprender esta compleja realidad.

ISSN: 1022-9833

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